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BLANCO Y NEGRO Hay actores que decoran los versos- -como dice un distinguido escritor- -y gradúan y calculan el efecto, procurando rematar (dar la puntilla, diría yo) las relaciones largas con balbuceos indefinibles, gritos agudos, desplantes inusitados y acción vertiginosa y por extremo recargada hasta que rompe en aplauso atronador el público barato digo... el de las alturas. Un amigo mío llama á esas cosas (que algunos toman por arranques de genio) frioleras artísticas. Yo quitaría lo de artísticas, dejando solamente lo de frioleras. Todos los actores que hacen eso (que debía estar penado por el Código) pertenecen á la compañía imaginaria de que hablo. Lo más cómico de esa compañía seria es el aspecto exterior de sus individuos, particular j colectivamente, ya ejerciendo las funciones de su cargo ó ya como simples mortales dentro de la esfera social, ó familiar, mejor dicho. Hay actor de esos que da un susto al inofensivo camarero- -que le sirve por vez primera, -al pedirle café con media tostada y que asustaría á su mujer (la del actor) á cada momento, si la señora no supiera, por larga experiencia, que aquella ferocidad es pura comedia digo puro drama, mal entendido y peor representado. Dejando á un lado esas pinceladas cómicas del actor sa- io en su vida privada, debo hacer notar lo más saliente de su vida pública, es decir, de aquello que al público pertenece. Trasladémonos á la sala del teatro donde funcione esa compañía. Contraviniendo la costumbre general, llegamos al teatro antes de que principie el espectáculo. Ya sé que esto es de mal tono; pero es de buena educación y, sobre todo, necesario, si uno se ha de enterar del argumento de la obra. Estamos en la sala (el lector y yo) y se levanta el telón para ejeaitar el primer acto. Todavía no ha pasado nada, afortunadamente. El conflicto dramático, las situaciones sentimentales, la catástrofe vendrán luego. Sin eniljargo, desde el comienzo del drama van apareciendo los personajes, tristes los unos, lúgubres los otros, y todos cejijuntos, con la mirada torva, airado el ademán y como diciendo, con sus gestos y con sus actitudes: ¡Lo que va á pasar aquí, Dios mío! Por el amor de Dios (debía decir el público) esperen ustedes á que pasen esas lástimas con razón, lógicamente; que no es cosa de tener el corazón metido en un puño toda la noche, ni deben tomarse los disgustos con tanta anticipación, y sobre todo y principalmente, es absurdo ponerse la venda antes de recibir la herida. A todo lo cual pueden contestar esos actores, que ellos han ensayado la obra, y que estando, como están, en el secreto, deben preparar el ánimo del espectador (como si dijéramos, ayudarle á bien morir) al objeto de que la catástrofe no le sorprenda demasiado. Lo entienden, precisamente, al revés. Para ellos todo es drama, y el mismo color le dan á todo, desde la primera ala última página. Ahora bien: si esta compañía imaginaria descendiera á la realidad artística, ¿habría público que la pudiera resistir? ¿No se explicaría, en ese caso, por modo elocuente, la completa decadencia y la total ruina del género dramático? Preguntas son éstas que pueden contestarse con gran facilidad, sin vacilación de ninguna clase. Pídole á Dios de todas veras que estos desvarios de la imaginación no lleguen á tener consistencia en la realidad. Y ahora un consejo, ó más bien, una indicación, para concluir. Procura- ¡oh, lector discreto! -evitar las malas compañías aunque sean imaginarias. A ¿LjSSi