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72 BLANCO Y NEGRO Don Isidoro no quiso leer más. Levantó la bizma á la altura de la cabeza de Antolin, y la dejó caer pesadamente sobre el mancebo. ü n grito espantoso se dejó oir. ¡Piedad! ¡Piedad para él! -dijeron á espaldas de D. Isidoro. Aquellas palabras procedían de los labios de Genoveva, que se interpuso entre su padre y el joven; pero la bizma cubría la faz de Antolin, y éste rodó por el suelo. Media hora después, libre ya del emplasto, Antolin se dirigió, rápido como u n a flecha, á la estantería de los venenos. Cogió el bote de la estricnina, y apretándole contra su corazón, se lanzó sobre D. Isidoro. ¿Qué vas á hacer, desgraciado? -gritó Genoveva. ¿Vas á envenenarte? -No- -contestó Antolin. -Voy á rompérselo á t u padre en la cabeza. Pero no pudo realizar su deseo, porque el boticario, al ver la actitud decidida del joven, sujetóle el brazo, diciéndole cariñosamente -Antolin, tranquilízate y cásate con la muchacha. No hay argumento má, s convincente que el de los porrazos. ¡Así son casi todos los sujetos irascibles de este bajo m u n d o! Lris TABOADA. CANTARES La amo tanto, á mi pesar. Que aunque yo vuelva á nacer. La he de volver á querer Aunque me vuelva á matar. AMOROSOS Aunque esté muerto de cierto, En nombre suj o llamadme; Si no respondo, enterradme, Porque de cierto estoy muerto. Desde que perdí el encanto De mi primera pasión, No he entrado en mi corazón Por no morirme de espanto. Me causas tanto pesar, Qoe lie llegado á presumir Que mucho me debe amar Quien tanto me hace sufrir. No esperes que una mudanza Me dé la tranquilidad, Que amo en ti más la esperanza, Que en otras la realidad. Cuantos te han tratado y tratan, En tu amor aprender suelen. Todos, las penas que duelen; Yo, los dolores que matan. Todos pagan la traición Con el odio y el puñal; Yo te pague el mismo mal Con el amor y el perdón. P cc n