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BLANCO Y NEGRO 71 Antolín era víctima de sus furores. ¡Á ver! -le decía. -Tráeme el cerato simple. -Allá va corriendo. -Bájame el frasco de aceite de almendras dulces. -Aquí está, D. Isidoro. -Machaca inmediatamente dos adarmes de sal de higuera. Si tardas en machacarla, te reviento. Don Isidoro no sabía que Genoveva amaba al mancebo; pero cualquiera diría qué estaba enterado de todo, á juzgar por la fiereza con que era tratado Antolín. Éste soportaba las ridiculeces de su principal, y aun tenía bastante fortaleza para decirle de cuando en cuando: -Don Isidoro, tiene usted muy pronunciada la vena del entrecejo. ¿Está usted malo? ¿Quiere usted que le prepare un cocimiento de ñor de malva con adormideras? -Lo que quiero es que nadie me hable; tengo hoy un desasosiego horri- ble. Al primero que me lleve la contraria, lo deshago. Entretanto, los amores de Genoveva y Antolín se deslizaban plácidamente en aquel nido farmacéutico. Ella soñaba con la dicha de ser esposa, y él tomaba á menudo un vasito de la limonada purgante de citrató de magnesia para normalizar las funciones digestivas, porque el amor por un lado, y la contrariedad por otro, turbaban la marcha feliz é independiente de sus digestiones. Y así pasaron tres meses, durante los cuales Genoveva y Antolín, presa de la desconfianza y el temor, no hacían más que decirse: -Papá es muy bruto, Papá tarda en enterarse; pero en cuanto se entere, pobres de nosotros! Genoveva amaba la poesía, y Antolín era bastante poeta, pero poeta de tapadillo, de esos que versifican en la sombra y guardan los frutos de su mente en un cartapacio, para que, á lo sumo, sean conocidos por las generaciones venideras y nunca por sus coetáneos. Pero como Genoveva le exigía versos á cada rato, él, no pudiendo sustraerse á los deseos de su amada, escribía todos los días sonetos, odas y romances mientras preparaba iin emplasto ó ponía á cocer un linimento. Con la pluma en la mano derecha y el mortero en la izquierda, Antolín se consideraba feliz, y más de una vez había echado á perder un cocimiento para cuidar de unas redondillas amorosas dedicadas á la cintura de Genoveva ó á un lunar peludo que la misma osten- taba en la parte de abajo de la boca. íÁ ellai Á mi tesoro Á mi cielo Á la silfide de mis venturas Á la hada de mis ensueños Á mi Genoveva idolatrada Estos y otros títulos sonoros encabezaban las composicÍ 5 nes poéticas de Antolín. Una tarde ¡horror! una tarde el mancebo enamorado acababa de componer un colirio, y al propio tiempo una dolara relativa al amor y á las erupciones cutáneas, cuando surgió inopinadamente la figura de D. Isidoro, que traía en la mano una bizma con destino á un diputado provincial resentido del cuarto trasero. ¿Qué haces? -preguntó el boticario al ver que su dependiente manejaba, ora el almirez, ora la pluma. -Estoy despachando una receta- -contestó Antolín. Don Isidoro se precipitó sobre el papel, donde la mano del poeta había comenzado á escribir io siguiente: 1 mi G- enoveva, con motivo del divieso que le ka brotado cerca de la rabadilla.