Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ARGUMENTO PODEROSO ¿Por qué era desgraciado Antolín, el mancebo de la botica de Don Isidoro? Porque se había enamorado como un salvaje, aunque sea mala comparación. Don Isidoro, hombre de genio irascible, aunque viudo, tenía una hija llamada Genoveva, rubia, con los ojos azules y la cara erisipelosa, pero agraciada. Cuando Antolín llegó de su país con ánimo de dedicarse al honroso manejo de las drogas, vio á Genoveva repasando unos calcetines paternos, sentada en un baúl, 3 desde aquel punto y hora comenzó á sentir escarabajeos en el corazón. No pasaron inadvertidas para la joven las miradas del mancebo, y como era sensible de suyo, y además Antolín tenía un rostro bastante agraciado y un pescuezo muj limpio, Genoveva se sintió arrastrada hacia él, y una tarde, mientras D. Isidoro asistía al entierro de un boticario que había fallecido por equivocación, á consecuencia de haberse tragado tres cuarterones de pomada de belladona creyendo que era carne de membrillo, Antolín declaró su pasión á Genoveva. -Sí- -le había dicho él; -yo no levanto cabeza desde que vi á usted, señorita, Para mí están de más en el mundo los comestibles, y todo lo que como me sabe á sebo. E s o está muy bien; pero papá es un hombre sin principios y no ha de querer autorizar nuestras relaciones- -contestó ella. -Pties que no las autorice. Con tal de que usted me quiera- Yo H a b l e usted, por piedad. ¡Ay, Antolín! El caso fué que los amores comenzaron á tomar vuelo, y los chicos se amaban como dos mamarrachos. Genoveva decía á su novio á cada paso: -i Ay, Antolín! El día en que papá sorprenda nuestro secreto, nos esti- opea. ¿Cómo? -Tú no sabes todavía quién es papá. Cuando le llevan la contraria se ciega y no ve dónde hiere. Á mamá, que en paz descanse, le tiró un día á la cabeza el bote del jarabe de Tolú, sólo porque le sacó cortos unos calzoncillos. Era, en efecto, D. Isidoro una persona intratable y fea como ningún otro boticario. -Antolín, ¿dónde has puesto la zaragatona? -decía al mancebo echando fuego por los ojos. -Está en el cajón correspondiente- -contestaba el joven. Por toda réplica, D. Isidoro se arrancaba la gorrilla de seda que cubría su cráneo y la arrojaba al suelo con desesperación. Después se ponía á morder lo primero que encontraba á mano, y entonces había que hacerle corriendo una mixtura antiespasmódica para que la tomase y no se muriera de una congestión cerebral.