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68 BLANCO Y NEGRO Cuando las tintas melancólicas y cenicientas del otoño anuncian al mes de Octubre ¡Qué felicidad! ¡Qué alegría! ¡Ocho meses por delante para divertirse! ¿Quién piensa en estudiar? Desde 1. de Enero -apunta el estudiante en su carnet, -será otra cosa. Año nuevo, vida nueva... si la vieja no fué agradable. ENERO. -La verdad es que después de unas vacaciones tan prolongadas como las de Navidad, no se tienen ganas de coger los libros. Además, los bailes de máscaras tienen un atractivo En concluyendo los bailes, á estudiar. FEBBEEO. ¡Todo se ha de poner mal! Este año ha habido bailes extraordinarios que han venido á empalmar las fiestas carnavalescas con las religiosas de Semana Santa. Y ante todo ¡santificar las fiestas I ABRIL. -Lo cierto es- que los refranes son verdades de Pero Grullo, que la experiencia ha dado el regium exequátur, y que las mañanitas de Abril son las más sabrosas para pasarlas en la cama Verdad que los exámenes se aproximan con pasos agigantados; pero aprovechando bien el mes de Mayo ¿Quién calcula lo que se puede hacer en treinta días? MAYO. -Todo parece conjurarse contra los exámenes. ¿Quién había de pensar que en las fiestas de San Isidro no iba á llover? Pues ¿y domingos? ¡más que ningún otro mes! ¡Y el Corpus! ¡Y toros! ¡Y carreras! ¿No se tiene en cuenta que los tribunales no guardan consideraciones con nadie y que ios estudiantes necesitamos algún momento para estudiar? ¿TJhinam gentium sumiisf Y llegan los exámenes. Y al finalizar una tarde, cuando los rayos del sol crepuscular alumbran tibiamente los claustros universitarios, dándoles aspecto de convento trapense, por la amplia puerta que conduce á los mismos sale un enjambre de muchachos con caras tristes, aire compungido, y en cuyo semblante se adivina una fatídica palabra: ¡SUSPENSO! Dos asuntos, además del que dejo ya tratado, ocupan y preocupan la atención de cuantos se creen al corriente de los asuntos palpitantes. Uno de ellos és la polvareda que acerca de la novela novelesca ha levantado M. Marcel Prevost, sirviéndose de las columnas de Le Fígaro para exponer sus opiniones acerca de la novela que concluye y la novela que se impone; el otro es acaso más peliagudo, puesto que se refiere á la determinación adoptada por los peluqueros de elevar los precios á todos los servicios que prestan al público masculino. Los literatos franceses Daudet, Zola, Coppée, -Marmier, Bergerat, Delpit, Claretie, Malot, Mirbeau y cien más, que unidos á otro ciento de españoles suman una cantidad respetable de opiniones, discuten algo así como una cosa que no puede merecer discusión. ¿Es novela de lo que se trata? Pues lo novelesco se impone, y lo que podrá y deberá discutirse es precisamente todo lo contrario: si se hizo bien al admitir como novelas verdaderos estudios filosóficos, financieros, criminalistas ó médicos. La reacción, pues, que solicita Prevost, no es tal reacción, sino continuación de la marcha ordinaria de las cosas, en la cual principalmente el genio del autor de El Dinero ha abierto un paré atesis, continuado con mala fortuna por sus imitadores, que no saben huir de lo malo del maestro y no pueden tener lo bueno suyo. En nuestro teatro sucede hoy cosa parecida, y el público rechaza á silbidos obras que no tienen más defecto sino el de ser tan malas como sus hermanas aplaudidas el año anterior. ¿Quiere decir esto que pueda discutirse si deben ó no los autores emprender de nuevo el camino sano y recto del que se han separado momentáneamente? ¡Todo lo contrario! Con las producciones literarias pertenecientes á escuelas que sólo la moda y el gusto pasajero del público sostienen, acontece lo que con los caprichos de las modistas: sirven el tiempo que tarda en aparecer otra novedad. Un retrato con dos años fecha, siempre aparecerá ridículo. Las túnicas griegas, que tienen algunos más de historia, son eternamente artísticas. Una espléndida cabellera, suelta, flotante, sobre los hombros alabastrinos de una mujer, será de continuo bella, á diferencia de los peinados que sólo obedezcan al capricho del peluquero qué hoy cobra por solo un servicio lo que antes pagaba dos. De tal suerte se había acostumbrado el madrileño al tradicional letrero: Se afeita, corta ó riza el pelo á real que es seguro le va á costar, de ahora en adelante, amoldarse á leer otra cantidad, casi tanto trabajo como el pagarla. El peluquero ha comprendido la alta misión que en nuestra sociedad desempeña, y hace valer sus derechos. El peluquero moderno en nada se, parece al barbero que retrata ün sarao y una soírée; los mismos que antes se hacían la barba con una nuez, y cara al sol, hoy son afeitados pulcramente en sillones de terciopelo, y delante de venecianos espejos ¿Pueden hoy subsistir los precios de antaño? Los resultados de la huelga de mancebos lo dirán, como yo digo: ¡Bienaventurados los calvos y lampiños, que no tienen que preocuparse de estos detalles capilográficos! -P r