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-Valea eso, señorita, que son las primeras. ¡Un real cada ramito! -exclamó la niña con un sentimiento de admiración mezclado de pena. Y dejando los ramos en el canastillo, recogió la moneda y se la dio al pobre, verificando en uno tres actos sublimes por su ingeniosa espontaneidad: v. una lección á la ramilletera, -una limosna bien entendida, w, y un triunfo sobre sí misma al sacrificar su deseo. No hubieran hecho otro tanto muchas personas de edad madura. En el orden literario (no quiero decir moral) figura una creación híbrida, repugnante, producto de una imaginación enferma, muy dada á singularizarse. Aludo á la Violeta de Alejandro Dumas hijo, cantor de las traviatas melancólicas y de los vicios dorados. Esta violeta no tiene perfume; es un epigrama sangriento de sí misma. La violeta que yo ensalzo es la que reina en los hih h. cos jardines, junto al lirio de majestuoso tallo; es la que Salomón proclamó soberana de los jardines de Oriente; la que el hijo del rey David divinizó en sus cantos como el emblema bendito de la pureza; la que adornó los retablos de las Hadónos y los altares en las fiestas de María; la ñor délos ángeles; la flor de los amores misteriosos y de las vírgenes bizantinas; la ilusión de las almas castas. Ninguna flor tiene, pues, como la violeta olorosa, tan bellos títulos de nobleza; ninguna simboliza mejor el idilio de la primavera. Un ramo de violetas colocado en el pecho ó en la cabeza de una joven, es un lazo tendido al azar; es el amor que desfallece y con la aljaba en la mano busca un blanco de carne y hueso donde herir, aunque sea levemente; es la manifestación de los deseos no definidos, de los sueños de color de rosa, de los decaimientos del espíritu, de las ilusiones juveniles y de la esperanza.