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LAS VIOLETAS Desde que el sol de Marzo, rasgando las nubes, dice al invierno que se vaya por donde vino, en compañía de sus brisas heladoras y sus copos de nieve, la tierra, agradecida se estremece. en espontánea evolución y envía al hombre su primera sonrisa en e! cáliz de una ñor que se llama violeta. Las violetas coinciden siempre con el Carnaval, con los primeros requesones de Miraflores, con las alcachofas valencianas y con los cardillos (verdura de mi particular aprecio) ¡A diez céntimos ramitos de violetas! Así que oigo la proclamación oficial de la flor emblemática en boca de esOs heraldos llamados ramilleteras, que Madrid pone al servicio de los aficionados, el júbilo primaveral inunda mi alma, y de pronto quisiera refundir mis cinco sentidos en vino solo para aspirar la vida sutil, pasajera y aromática de las violetas. Porque puedo asegurar que, tratándose de esas ñores, me contento con el olor, como suele decirse vulgarmente. ¿Qué nos dan en esa fragancia misteriosa que nos hace soñar y amar la vida? Algo hay que vive y palpita en esos efluvios magnéticos; algo que se adhiere á nuestro ser y nos enerva, después de excitar poderosamente nuestra sensibilidad; algo que liega al alma humana y se confunde con ella, haciéndola entrever el infinito. ¡Ya lo creo que hay! Hay el alma de la violeta, que, al desprenderse de su casta envoltura, vuela convertida en aroma, y se refugia en nosotros por instinto de asimilación, y nos aviva el sentimiento místico, y afirma nuestra fe en Dios, que ha creado á las violetas castas, puras, inmaculadas, para nuestro recreo. Voy á relatar una historieta, ó por mejor decir, un rasgo, en que las violetas juegan un papel principal. Iba yo cierto día de Marzo por la calle de la Montera. Junto á San Luis, una mujer pobremente vestida pregonaba ramitos de violetas. Eran sin duda las primeras que habían logrado brotar bajo las heladas capas de nieve que cubrieron la tierra hasta entonces. Junto á la ramilletera había un pobre cojo, tiritando de frío. En esto pasó por la acera de enfrente una niña como de unos ocho años, acompañada de su doncella. Al ver los ramos de violetas, la niña se acercó, tomó un par de ellos, y alargando á la ramilletera una moneda de dos reales, la pidió la vuelta.