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52 BLANCO Y NEGRO según los casos, defiende de los rigores atmosféricos á la aurífera custodia y alas plegadas sobrepellices de los sacerdotes, más blancas y rizadas que toca de abadesa; la recuerdan los paseos que después de reservar se organizan por la Corte, y en los que lucen las muchachas sus devocionarios de piel de Rusia que acarician los deditos enguantados de blanco, sus rosarios de nácar y filigrana, sus mantillas de madroños con forros de seda, sus vestidos de raso, huecos y pomposos, y manojos de claveles de los colores nacionales. De pocos años á esta parte se ha dado á la fiesta del Corpus alicientes y novedades que nuestros padres no conocieron; y en honor de la verdad, lo que gana con ellas en esplendor, io pierde en la austeridad que toda fiesta religiosa debe tener. El día del Corpus se abren oficialmente las horchaterías, donde la valenciana de tonos de gardenia y almidonada bata de percal, sembrado de casi tantas ñores como llevan en el rodete colocado en la nuca, procura, sirviendo horchatas blancas como la nieve, contrarrestar ios efectos del sol y sus ardores: los toreros, lujosamente engalanados con chaquetillas de felpa y pecheras encañonadas, y anillos de brillantes, motivan el acontecimiento de la tarde en la Carrera de San Jerónimo; y aun bien entrada la noche Lhardy sigue despachando pastelitos y tazas de té. A menudo el día del Corpus queda deslucido por una nube obscura é intempestiva que dispersa al pueblo de Madrid y le retira á sus casas. Entonces, dentro de mí siento algo de lo que experimentaría si viera á una niña que acabara de hacer su primera confesión, llorando desengaños amorosos. Según la distinguida cronista de un flamante semanario de modas, acaba de formarse en París Una sociedad de enfermeras voluntarias, y las caritativas señoras que la componen abandonan sus hogares, sus fiestas, sus paseos, sus abonos, hasta sus elegantes toilettes de diario, es decir, todo cuanto constituye sus vidas, para dedicarse, vestidas humildemente con iin modesto traje de merino negro, sin más adorno que un cuello y unos puños de percal blanco, y provistas de un amplio delantal y la cofia de rigor, al cuidado de los enfermos pobres, y aun para prestar los auxilios que los desgraciados recluidos en los hospitales públicos demanden de la caridad. Las nuevas y aristocráticas enfermeras, á cuj os cuidados tendrán algunos infelices que deber la vida, no sólo cuidan de los menesterosos, sino que á menudo dejan olvidados sus portamonedas bajo la almohada del paciente. Este íntimo trato entre los ricos y los pobres, esta corriente simpática que establece la caridad entre las diferentes clases sociales, podrá sin duda realizar lo que propagandas socialistas, gritos de odio y manifestaciones de rencor no pueden conseguir. La caridad, que no tiene patria ni límites, es el idioma universal que sin palabras nos liga unos á otros. ¡Con qué satisfacción habrán visto los desheredados de la- fortuna el kiosco que unas cuantas damas benéficas han levantado en días pasados en el sitio más céntrico de Madrid, en la calle de Sevilla, donde formando una verdadera fronda á favor de los pobres, han estado rifando objetos de arte y capricho que ellas mismas proporcionaron! Toda la alta sociedad cortesana ha acudido al llamamiento de la caridad, depositando en el kiosco su óbolo, engolosinada con la perspectiva de la posesión de un objeto que tuvo la fortuna de adornar los deliciosos y perfumados secretos de las interioridades de un houdoir, pero realizando positivamente uno de los más bellos mandatos de la religión. El derruido y fantástico palacio del Marqués de Casa- Riera ha servido en otros años para elevarse este pabelloncito de donde saldrán muchos consuelos, muchos socorros y muchas esperanzas. Sobre las ruinas del palacio misterioso se levantará un chalet moderno, y en las felicidades que en él experimenten sus dueños opulentos, tendrán de seguro mucha parte las moléculas de polvo que queden notando en el aire que dé vida á sus jardines y envolvieron las figuras de las damas que un día ejercieren de providencia para los pobres. CÁELOS O S S O R I O Y GALLARDO.