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VIDA MODERNA Las damas han sustituido sus enormes sombreros de fieltro y plumas por los vaporosos de tules y flores; los días son largos y risueños paxa todos, como si todos fuéramos niños; los crepúsculos tienen las tintas de grana que envidian las muchachas anémicas; las alamedas de la Castellana y el Retiro se cubren de toldos del color del manto de la Esperanza; las canastillas que adornan y perfuman las gradeiías de las iglesias, rebosan de claveles rojos y lirios azules; el sol calienta y fortalece como el cariño de las madres; esmaltan las mesas los tonos de fuego de los rábanos y las fresas; circulan por las calles niñas vestidas de blanco qtie acaban de hacer su primera comunión las esquinas de las casas, las fachadas de los derribos y el frontispicio del Veloz- Cluh se adornan con los enormes carteles que detallan las carreras de caballos, y que por su forma recuerdan á los que anuncian las ferias de Córdoba y Sevilla, ¿Quién puede dudar que estaraos en plena saison de. primavera? La utilidad y conveniencia de la celebración de las carreras de caballos, podrá discutirse todo cuanto quieran sus aficionados y enemigos; pero lo que no puede negarse es que constituye en nuestra sociedad un elemento estético digno del capítulo con que Pepe Ramón Mélida encabeza la historia de aquella mujer voluptuosa y genial, arqUeóloga y fútil, elega; nte y despreocupada, que él bautizó con el nombre de Luisa Minerva. De todos los momentos que ofrece el espectáculo cuya vida verdadera comenzó en Inglaterra, ninguno como el en que se decide el triunfo del favorito y la campana da la señal para la última vuelta, y las mujeres, sostenidas en el bastón de la sombrilla de encaje y sosteniendo el sandwich ó la tallada copa de Champagne, contienen la respiración, siguen con la mirada las peripecias de la lucha, yerguen su cabeza, arquean su cuerpo, se elevan sobre las puntitas de los pies haciendo crujir las flexibles ballestas del coche, sienten dentro de, su pecho la intranquilidad del jugador, se agitan nerviosamente, y al verse, triyíafar en su pari couple, estallan con sus vocecitas dulces en un ¡hurra! apasionado, estridente, ac? iriciador. La tarde declina y el desfile de las carreras se impone. En multitud apiñada, cientos de ómnibus, berlinas, jinetes, hreaJcs y mail- eoachs, se desbordan como humana catarata por el paseó que une al centro de l; i población con el Hipódromo. Los caballos relinchan, briosos y espumantes; las cornetas piden á gritos espació para el coche; los cascabeles repiquetean de placer; los látigos restallan; cruje la seda; el sol arranca con sus luces de grana rayos de fuego á los centelleantes botones de las libreas, á los charolados correajes, á los radios refulgentes de las ruedas; y al poco rato, cuando la noche envuelve de sombras al ambiente, las miles de luces de los coches y las cerilla? que siguen ardiendo en tierra, transforman al paseo en un mar de fatuas fosforescencias, que relucen en medio de un agitado y tenebroso oleaje de carne humana. El Corpus, uno de los tres jueves más relucientes del año, es además una de. las fiestas más risue ñas que la tradición ha conservado. A modo de preludio la anuncia la salida del Dios grande, festejado con colgaduras churriguerescas que dan á las calles aspecto de bazar japonés, y lluvias de aleluyas de todos los colores y oleadas de perfumador incienso; la confirma la colocación del toldo que á manera de sombrilla ó paraguas,