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BLANCO Y NEGRO 43 cuente de cordial afecto y amistad entrañable, no puede impunemente, prodigarse como le prodigamos nosotros. Por allí viene y hacia mí se dirige el Hércules de nuestros salones, el gran Carlos Valiente, que se pasa la mayor parte del día en un gimnasio higiénico, haciendo ejercicios de pesas y me pongo á temblar; sé lo que me espera: im apretón de manos que me dejará acardenalada la mía por mucho rato, si ya no es que disloca ó tritura todas mis falanges. Carlos Valiente no lo hace á mal hacer, no señor; á él se le figura que no me lastima, porque es así, muy bruto de su propio natural, y cuando me quejo, se ríe de la gracia; cree que lo hago en broma y que me da mucho gusto que me den con la badila en los nudillos. Pues cata allí otro apunte, cuya mano he de estrechar asimismo, mal que me pese; es Juanito Bitolas, memo de solemnidad y encanijado de nacimiento. Este es para mí lo mismo que yo para Valiente; la más ligera presión de mi mano descompone la suya; mano que él me entrega á discreoión, como se arroja al gato un manojo de cordilla. Siempre que Juanito Bitolas echa en la mía su mano blanda, me parece oírle decir: Ahí la tienes; haz de ella lo que mejor te parezca experimento la sensación misma que experimentaría si me obligasen á tomar un ejemplar de esos que se conservan en espíritu de vino en algunos gabinetes de nuestros establecimientos de enseñanza y me dan ganas de soltarla con violenta sacudida, diciendo: ¡Puf! ¿Qué quiere usted que haga yo con esto? Pues no sé si es este peor que el apretón de manos de aquel sietemesino que por allí pasa y que tiene siempre las manos recubiertas por un sudor viscoso y frío, que producen el efecto de algo repugnante que se desliza por entre mis dedos. También veo allí al famoso Alzayola, maestro de esgrima en sus buenos tiempos y que conserva de su profesión un par de manos que parecen forradas con papel de lija. Éste da la mano con premeditación y ensañamien to: primeramente coge con su mano derecha la derecha de su víctima, después echa la izquierda sobre la parte de mano que su infeliz amigo dejaba aún al descubierto; y en esta postura permanece todo el tiempo que dura la conversación, que suele ser larga. Pero hay que advertir que la mano derecha del ex profesor no cesa ni un momento de moverse nerviosamente, para dar expresión á lo que él va hablando, y la mano izquierda resbala sin cesar de un lado á otro, como si tratase de pulir la piel del amigo; cuando mi pobre mano salga de aquel potro, estará descoyuntada por las brutales presiones avasalladoras de la una, y manará sangre por el continuo frotamiento de la otra. Y hay quien pone empeño, al dar la mano, en demostrar su afecto sacudiendo, no solamente la mano, sino el brazo, como si pretendiese arrancarle de su sitio, y hay quien hay quienes hacen muchas barbaridades. Por todo lo cual creo- -salvo mejor parecer de ustedes- -que, siguiendo el ejemplo prudentísimo de las señoras, deberíamos nosotros suprimir de nuestro saludo el apretón de manos, que habría de reservarse para casos muy solemnes y muy contados, en que las manos- -impulsadas por el coraaón- -se estrechasen casi inconscientemente. Estos apretones de manos traducirían además un verdadero cariño y serían símbolo de sinceras amistades. A. SÁNC HEZ P É R E Z