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EA herrero de oficio, pero tan pobre, que no tenia hierro para forjar, ni dinero, ni crédito para adquirirlo. No tenia tampoco parientes, ni amigos, ni más compañía que un perrillo á quien puso el adecuado nombre de Miseria. u n a tarde estaba el tio Pobreza á la puerta de su herrería, cuando vio acercarse dos personajes que, aunque desconocidos para él, no podían ser más importantes. Eran nada menos que Jesucristo, montado en una muía, y San Pedro, que la llevaba del ronzal. Jesucristo, con aquel dulcísimo acento que tanto le caracterizaba, dijo al tío Pobreza: -Hermano, ¿te atreverías á poner á mi mulita una herradura que le falta? -Aun cuando no es ese mi oficio precisamente, lo haré con gusto si encuentro con qué forjarla. Busca por aquí, busca por allá, no encontrando ni un mal pedazo de hierro, metió en la fragua uno do sus martillos, y en un dos por tres hizo la herradura y se la colocó al animalito. Cuando hubo terminado su tarea, díjole Jesucristo: -Hermano, ¿cuánto quieres por tu trabajo? -Nada- -contestó el tío Pobreza- -porque me parece que tú andas tan sobrado como yo. -Sin embargo- -repuso Jesucristo- -puedo concederte los tres dones que me pidas. El tío Pobreza le miró entre sorprendido y subyugado por la divina influencia de su interlocutor. -Pídele el Paraíso- -le dijo San Pedro por lo bajo. -Para eso hay tiempo- -respondióle el herrero con incrédula sonrisa. -Quisiera que nada de lo que yo meta en mi bolsillo pueda salir de él sin mi consentimiento. -Sea- -dijo Jesucristo. -Veamos lo segundo. -Pide el Paraíso- -volvió á decirle San Pedro. -i Bajadme en paz! -replicóle el tío Pobreza algo amostazado. -Quisiera también que todo el que se siente en esa única silla que poseo, no pueda levantarse sin mi voluntad. -Concedido. Eeflexiona bien, y pide el último don. ¡El Paraíso! -apuntóle San Pedro afanosamente. ¡He dicho que me dejéis en paz, viejo impertinente! Quisiera, por último, que todo aquel que se suba al castaño que hay en mi corral, no pueda bajarse de él sin mi permiso. Concedido también este último don, Jesucristo y San Pedro continuaron su camino. El tío Pobreza, á pesar de sus tres dones, permanecía tan pobre como siempre, y su perrillo Miseria enflaquecía hasta transparentarse.