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4 II) A MODI- RNA Enclavado en el centro de lo que en un día fué paseo exclusivo de reyes, y antes obra y teatro de las galantes hazañas que en honor y para distracción del rey Felipe IV y su corte esplendorosa, organizaba con auríferos resplandores aquel intrigante cortesano que se tituló Conde- Duque de Olivares; despidiendo al beso del sol rayos de luz y llamaradas de fuego; sombreado por los árboles bajo cuyas copas tantos idilios se habrán representado; refrescado por las pulverizaciones que esparce el agua de las cascadas que tienen todo el encanto de la naturaleza y el refinado gusto del arte; sirviendo de vaso colosal á exóticas plantas que llevan en sus anchas y aterciopeladas hojas la prueba vigorosa de la vegetación de las cáhdas tierras que las vieron nacer, se levanta airoso, esbelto, elegante, como la copa de Champagne de origen bohemio en medio de la mesa cubierta de rosas y claveles, nuestro Palacio de Cristal, que hoy sirve de Salón de primavera. Dadas las avalanchas positivistas y la escasez de buenos productos artísticos que señalan las corrientes modernas, sólo la idea de celebrar bienalmente una exposición merece todo nuestro asombro, como le merecería la dueña de un cuarto piso que se esforzase por colocar en él, con su estufa correspondiente, un í- gííeí de baile.