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26 BLANCO Y NEGRO A los caballeros andantes los untaban con olorosos ungüentos, les vestían camisas de cendal olorosas y perfumadas, y les echaban á manos agua de ámbar y de olorosas flores destilada. De ámbar era el coleto de Cardenio, circunstancia que hizo entender á D. Quipte que persona que tales hábitos traía no debió ser de ínfima calidad. Juan Haldudo, el rico, daba tal importancia á los buenos olores, que prometió pagar la soldada al mozo Andrés con aquellos reales sahumados, del cual sahumerio le hizo gracia D. Quijote. Éste y el escudero afirman que los demonios huelen á piedra azufre y á otros olores hediondos, por no ser posible que ellos huelan á cosa buena trayendo al infierno consigo. En aquella ocasión en que ciertos vapores de Sancho llegaron á las narices de su amo (que tan vivo tenía el olfato) dijo éste que le olía, y no á ámbar, y que se retirase tres ó cuatro pasos allá porque- peor era meneallo. Al soldado, entendía D. Quijote, mejor le está el oler á pólvora que á algalia. Sancho, al ser acogido por los cabreros, se fué tras el olor que despedían de sí ciertos tasajos de cabra que hirviendo al fuego en un caldero estaban; y cuando era gobernador, debió de oler el platonazo que estaba vahando y que le pareció olla podrida, en la cual no podría dejar de topar alguna cosa de gusto y de provecho. Como anuncio de las bodas de Camacho, llegó á las narices del escudero un tufo y olor harto más de torreznos asados que de juncos y tomillos, y advirtió que fiestas que por tales olores comenzaban, debían de ser abundantes y generosas. Y cuando, acompañado de Tosilos, dio fondo al repuesto de las alforjas, ambos lamieron el pliego de las cartas sólo porque olía á queso. Aseguraba D. Quijote ser el buen olor cosa que deleita y contenta, y por dicha causa sin duda ló que más deploró en la transformación de Dulcinea, fué que los encantadores le quitasen lo que era tan propio de las principales señoras, que es el buen olor, por andar siempre entre ámbares y entre flores. Y Sancho, conformándose con la opinión de su amo, dijo que debía bastar á tales bellacos mudar las perlas de los ojos en agallas alcornoqueñas, sus cabellos de oro en cola de buey y todas sus facciones de buenas en malas, sin que se le tocara al olor, pues por él podría sacarse lo que estaba encubierto debajo de aquella corteza. En fin, lo que al buen Quijano le encalabrinó y atosigó el alma fué el tufo de ajos crudos que despedía Dulcinea; tufo tan repugnante para él, que entre los consejos que dio á Sancho se cuenta el de que no comiese ajos ni cebollas, para que no sacasen por el olor su villanería. Semejante odio á tales liliáceos, me parece que debe entenderse con su cuenta y razón, puesto que predicar es una cosa y dar trigo es otra. En el capítulo diez de la parte primera se refiere que amo y mozo se alimentaron en buena paz y compañía con la pobre y seca comida de queso, pan y cebolla, ó sean las viandas rústicas tan apropiadas á los caballeros andantes, que lo más del tiempo de su vida andaban sin cocinero por las florestas y despoblados. En otra ocasión apeteció D. Quijote una hogaza de pan y dos cabezas de sardinas arenques, más que cuantas hierbas describía Dioscórides, aunque fuese el ilustrado por el Dr. Laguna. Tenemos, pues, que al manchego lo que le molestaba, repugnaba é incomodaba, es lo que á todos nos incomoda, repugna y molesta; es decir, la contrariedad entre lo que el entendimiento calcula y la realidad presenta. Creyó con toda justicia que Dulcinea debió oler á princesa, y por esta causa le encalabrinó que oliese á ajos, como le hubiese encalabrinado que oliese á vino, queso ó bacalao. Si alguno de aquellos pequeños diablos de que habla Balzac se entretuviese en cambiar los olores, todos recibiríamos con frecuencia sorpresas parecidas á las de D. Quijote. Si V. amigo D. Ángel, compra- -por ejemplo- -un tan- o de pomada y le huele á Roquefort, tira V. la pomada; y si el Ro-