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BLANCO Y NEGKO 23 muy inquieto por el andén, porque habían transcurrido algunos minutos más de la hora y no se escuchaban aún los ecos de la bocina del guardaagujas. Al cabo éstos resonaron en el espacio, llenando de júbilo el corazón del ioven, ni más ni menos que si esperase á alguna persona querida, después de prolongada ausencia. Pasa el tren por las placas giratorias, ruido que Pepe escuchaba siempre estremeciéndose de felicidad; avanza el monstruo de hierro, como llamaban antes á la locomotora, y el tren se detiene. Los mozos abren las portezuelas, y Pepe los imita con una solicitud digna de mejor causa. Pero al hacer girar la portezuela de una beilma. dos niños rubios, dos ángeles de cuatro á seis años, se precipitan en sus brazos. Rico! ¡Monínl- -le dicen entre beso y beso. Esto entusiasma á Pepe, quien después de colocar á los dos bebés en el suelo, ayuda á bajar del coche a la mamá. Ella le mira radiante de alegría, le sonríe con amor, pone el pie en el estribo, pero no toca al suelo, sino que lanzando un tierno suspiro, se suspende del cuello de Pepe, cubriéndole el rostro de ósculos apasionadísimos. ¡Señora! -exclama él sorprendido; ¿qué significa- -Nada me importa que nos vean: esto es muy natural. Y continuaba su tarea amorosa. En vano procuraba Pepe desasirse: la vehemente dama le estrechaba con una fuerza imposible de dominar por medios suaves, el rostro pegado al suyo y articulando un torrente de frases cariñosas. Además, los dos niños se le habían abrazado á las piernas. De modo que el pobre no podía moverse. En esto avanza presurosamente por el andén otro gabán de pieles, es decir, otro señor que se parecía mucho á nuestro maniático; revuelve la vista en todos sentidos, y lanzando una interjección, una palabreja, se precipita sobre Pepe Alerce, y ¡válgame Dios, cuántos palos descargó sobre el infeliz I Se movió el escándalo consiguiente, y Creo que el lector lo habrá comprendido todo, puesto que estamos al final. Creo que no habrá que decirle que la señora, entre trasnochada y deseosa, y con la complicidad de una lamentable semejanza, había tomado á Pepe Alerce por su esposo; que éste llegó con algún retraso al andén, y que viendo á su esposa abrazar y besar á un desconocido, había tomado inmediata venganza de lo que él consideraba una ofensa.