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BLANCO Y NEGRO 19 Cuando llega el perfumado mes consagrado á la Eeina de los Angeles, no pasa día sin que una fiesta distinta consuma la atención del madrileño. Carreras dé caballos, que con exactitud cronométrica atraen la lluvia qu. e barniza los campos y festonea de perlas los aleros de los tejados y los hierros de las rejas; corridas de toros, con la brillantez del fuego y el oro y la sangre; concursos de canes, que obligan á algunos hombres á envidiar la suerte de los perros, ya que, según el poeta, hay perros en este mundo que valen más que las personas; exposiciones como la que ha organizado el Círculo de Bellas Artes en el edificio pomposamente calificado de palacio de cristal, y á la que dedicaremos preferente atención en el próximo número, y, para complemento, la romería clásica de San Isidro, con sus rosquillas berroqueñas; sus pitos de barro adornados con flores de trapo, que después en las casas pobres son colocados en tarros y fanales, delante y para embellecimiento de la Virgen de la Paloma ó el Carmen, revestidas con puntillas y abalorios; sus kabilas de forasteros y la desesperación de cuantos tienen necesidad de alojarlos en sus habitaciones. La romería de San Isidro, aun cuando el calendario no la rezara, el calorcillo enervante, el olor de la fresa y de las rosas, las voces del que pregona el requesón de Miraflores y las plantas de claveles dobles los anuncios de los circos y el cierre de los teatros invernales, detalles de Mayo, la denunciarían. La. romería de San Isidro, el humilde Patrón de los madrileños, podrá no tener la dulzura de las romerías gallegas ó la atmósfera vigorosa de las vascongadas, pero tiene en cam io mucho color local de difícil mixtificación. Desde la Cuesta de la Vega, dominada por el Alcázar, hasta el pontón de madera, un cordón abigarrado, formado por seres humanos y otros que sólo lo parecen, gesticulan, gritan, chillan, conducen botijos y tocan desaforadamente los pitos del Santo; en el pontón tantas protestas y riñas como monedas hay que abonar por el paso, y en la cuesta que conduce á la ermita tantas veces copiada por Ortego, la leche de las Navas en combinación con el agua de Lozoya, las municiones vendidas como torrados, las rosquillas de Fuenlabrada hechas en Lavapiés, los licores compendio de la fantasía y el alcohol, y los productos de la escultura en su aplicación á la festividad de San Isidro. Cuando comparo los polos que señalan dentro de una misma profesión las cabezas de ministros, que, tjasadas en diez céntimos y fabricadas de cartón, son pregonadas por la pradera, y la estatua que del héroe de la guerra de la Independencia, D. Jacinto Ruiz, modelada por nuestro querido amigo y colaborador Mariano Benlliure, ha sido inaugurada en la Plaza del Rey, y de la que Romea ha hecho el adjunto precioso apunte, no puedo por I V f