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BLANCO Y NEGRO No hay que decir si se proporcionarán lances desagradables. Si los individuos de esta especialidad usan bastón, se convierten en animales feroces y es preciso adoptar precauciones contra ellos. La autoridad debiera prohibir el uso del bastón, y conceder licencia para llevarle únicamente á loa ciegos, á los que le necesitan para apoyo y á las personas que, por certificaciones competentes, demostraran que lo son. Pero siendo libre el uso del bastón, vamos por esas calles los transeúntes pacíficos en continuo peligro. Porque algunos de esos van haciendo molinetes, como si estuvieran solos en el mundo, sin consideración al prójimo, y otros se ensayan para tambores mayores, y otros, con el bastón en ristre, marchan picando al sujeto que les precede en la acera, como si aguijonearan ganado vacuno para obligarle á seguir su camino. De esos que siempre llegan tarde al tren y al espectáculo y á todas partes, hay también cosecha. Para subir en algún coche del tranvía en marcha agarran indefectiblemente la capa de algún caballero que va en la plataforma, ó la falda de cualquier señora. Al tomar el coche por asalto, huyendo de una carreta tirada por dos buej -es vitalicios, que venía en dirección contraria á la del tranvía, hace pocas noches, uno de esos individuos, torpe de suyo y á más de la secreta, topó en un vacío á una señora que iba en la plataforma posterior. La mujer gritó, no solamente por causa del dolor que le había ocasionado el derrote, sino que también asustada, creyendo que el que embestía era uno de los pares que arrastraban la carreta. -Creí que era un buey- -dijo con voz entrecortada. Y el sujeto replicó: -Vea usted lo que habla, que soy autoridad. ¡Ay, hijo! basta que usted lo diga. Habrán tropezado ustedes con varios ejemplares de caballeros blandos de boca, que no la abren una vez sin rociar la cara de su interlocutor. ü n hombre así no tiene precio para colocado en un patio como fuente de vecindad. Cuando va á decir ó á escupir algo, es necesario retirarse dos pasos y advertirle que cierre el grifo. Nada diré de los que ensanchan con el dedo los ojales del prójimo, como decía el fabulista, si el prójimo lo consiente. Ni del que rompe ó mancha cuanto halla al alcance de sus manos. En fin, hay hombres que no aciertan ni á morirse. Varios amigos de un conocido usurero de Madrid habían recibido en diversas ocasiones noticias de la muerte del benéfico sujeto. Pero nunca se confirmaban las noticias. Así le decía indignado un noticiero de un periódico madrileño: -Hombre, me pone usted en ridículo, porque ya he publicado el suelto con la muerte de usted, y ahora no se confirma. Por esto se explica la noticia que publicó un diario de mucha circulación: Por fin murió ayer D. Fulano. Se lee entre líneas: Gracias á Dios que caj -ó ese besugo. 5 Y lo que replicaba aquel individuo al enfermo que, después de tres días haciéndese el mortecino, pedía un poco de agua: No hay agua ni aguardiente. A morirse, á lo que estamos. Porque hay personas torpes hasta para eso.