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LOS T O R P E S UE si hay variedad? Infinita. rj No se parecen unos á otros más que en la esencia. Pero pertenecen á diferentes gremios. Por ejemplo, el que no sabe hablar, que hay muchos de esta clase. c ¡l Pedirle que no equivoque las palabras, las señas del domicilio de cada persona que se las da y los nombres propios, es como pedirle imposibles, v De éstos conozco á una porción considerable, y algunos instruiditos. ü n amigo mío de esos que van á citas siempre que escriben, es un ejemplar curiosísimo. Él escribe de todo con igual desenfado, y allá van disparates á donde va su gusto. Si quiere recordar el desastre de nuestra marina en Trafalgar, ya se sabe que escribe Lepante y viceversa; días pasados se deshacía en elogios de D. Juan de Austria, con motivo de su santo, y le colgaba la derrota de los turcos en Trafalgar. El corrector de la imprenta, que también pertenece al gremio, le advirtió con sumo comedimiento: Aquí falta algo, señor don Fulano, en mi humilde sentir. ¿Qué falta? -preguntó el otro. -Pues me parece- -continuó el corrector- -que habrá usted querido decir: Trafalgar square, ¿eh? Cuentan de un actor dramático muy apreciable y muy bien apreciado, que se equivocaba todas las noches sinnúmero de veces en la representación. Cuando esto le ocurría, se encaraba con el compañero que estaba con él en escena, y le decía: -Haga usted el favor de atender á su papel y no equivocarme. Si estaba solo en escena, se dirigía al apuntador para increparle igualmente, diciéndole: -O apunta usted bien, ó sálgase de la concha, porque para este viaje no se necesitan alforjas. Solamente que en alguna ocasión, al pronunciar estas amonestaciones, se equivocaba también, y decía: -Haga usted el favor de apuntar á la concha, que para estas alforjas no se necesita viaje. O cualquier otro disparate análogo. Si le gritaba el púbKco, al retirarse entre bastidores, excitado por la manifestación general, aun se equivocaba más. Animales! -refunfuñaba. -Después de que son otros los que me salvan, se equivican á mí. El gremio de los que no saben oír es también numeroso. Lo mismo da decirles cualquiera cosa que contársela á una olla zamorana. La especialidad de los que no saben andar es digna de estudio. Sujetos que no van por la calle sin pisar las faldas á cuantas señoras hallan al paso, y los talones á cuantos transeúntes les preceden en su marcha. En el teatro nunca llegan á su butaca sin frotar con las rodillas en el vientre á cuantas personas ocupan las butacas de su misma fila, y sin llevarse el sombrero ó un puñado de cabellos de alguna señora de las que ocupan la fila inmediatamente anterior.