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ABC DOMINGO, 2 DE JUNIO DE 2019 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL RECUADRO UNA RAYA EN EL AGUA ANTONIO BURGOS HOY NO ENVIDIO A LOS INGLESES España salió ayer por la Puerta del Príncipe de su propio orgullo de nación, de Reino L OS símbolos no siempre los carga el diablo. Hay veces en que los cargan los ángeles, y tal ocurrió ayer. En la parada militar del Día de las Fuerzas Armadas, la tribuna real estaba colocada justo frente a la Puerta del Príncipe de la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, de la que (como de las cuatro restantes de España, Ronda, Valencia, Granada y Zaragoza) Don Felipe VI es hermano mayor. La tribuna de este Día de España, de la mejor España, estaba donde tenía que estar: frente a la puerta por donde sacan a hombros a los triunfadores en las corridas que se celebran en Sevilla. Y España salió ayer por la Puerta del Príncipe de su propio orgullo de nación, de Estado, de Reino. De Patria. Hay pocas veces en que en España se sienta que estamos por fortuna en un Reino, elegido por el sufragio universal de los siglos Parece que hay como una vergüenza colectiva por proclamar lo que somos, una Monarquía Parlamentaria que nos devolvió las libertades, árbitro y garantía de la democracia. Como también nos avergonzamos a veces de nuestros Ejércitos o de la Guardia Civil que ahora cumple 175 años defendiendo los valores supremos de la ley, del orden y del honor. Pues bien, todo esto ayer se puso de manifiesto a la orillita del Guadalquivir como en el romance de la Reina Mercedes del monárquico Rafael de León. Unos Ejércitos que son garantía de la Constitución y sus primeros cumplidores, y que defienden la paz desde hace 30 años allá donde la convivencia entre naciones está amenazada y las poblaciones civiles en riesgo. Nuestros Reales Ejércitos, los defensores de España, pasaban con lo mejor de sí mismos en el desfile, que por celebrarse en Sevilla, que aunque fluvial, es puerto de mar, podía enorgullecerse de lo mejor de la Fuerza Terrestre, de las Reales Fuerzas Aéreas y de la Real Armada, con sus buques surtos en el río donde Fernando III fundó en 1248 la Marina de Castilla al reconquistar la ciudad que luego sería la conquistadora de sus amores hasta la muerte. Cuando en el Reino Unido de la Gran Bretaña veo cómo el pueblo llano se enorgullece de su Reina, de las instituciones de su Corona, de las tradiciones de la Corte de San Jaime, y lo he escrito varias veces, siento envidia. Aquí, aunque sólo sea en contadas ocasiones, y ayer fue una de ellas, en la Convidá a Patria y a Monarquía del Día de las Fuerzas Armadas, muchos nos sentimos orgullosos de contemplar esta proclamación de principios constituciones, históricos, hasta si me apuran, estéticos. Da orgullo sentir la presencia del Reino de España, el peso de su Historia, el papel de sus instituciones armadas en estas celebraciones, como la de ayer en Sevilla, donde el Reino de España, como un torero en triunfo, salió por la Puerta del Príncipe de una plaza de toros junto a la que tiene su monumento ecuestre Doña María, la Condesa del Barcelona, la augusta abuela del Rey, símbolo de la suprema continuidad dinástica, que también lo hizo todo, como Don Juan en palabras a Don Juan Carlos, por España, todo por España En pocos lugares como en Sevilla puede España encontrar a un pueblo que vibra y siente estas cosas como propias, como ayer se vio la unión de los Ejércitos con el pueblo, con la que llaman sociedad civil bajo la suprema comandancia de Su Majestad el Rey. Y junto al río que fue Puerto y Puerta de las Indias, donde es más fácil, por decirlo con verso de Pemán en la estrofa final de su himno para el Ejército del Aire, sentir la gloria infinita de ser español Tanto es así, que una vieja amiga, conociéndome, cuando terminaba el desfile, cuando en el río estaban los buques de la Armada, cuando sobre el cielo quedaban los colores de la Bandera trazados por la Patrulla Águila, me dijo: Espero que hoy no hayas envidiado a los ingleses... IGNACIO CAMACHO EL ESCRIBA SENTADO El libro de Martín Prieto sobre el juicio de Tejero debería servir de modelo en cualquier enseñanza de periodismo serio UANDO Cuartango, Arcadi o Pablo Ordaz recopilen en libros las excelentes crónicas sobre el juicio del procés que están escribiendo, los pondré en mi biblioteca junto al volumen en que Martín Prieto reunió su relato para El País del Consejo de Guerra que juzgó el cuartelazo del 23 de febrero. Se llama Técnica de un golpe de Estado título prestado de Curzio Malaparte, y debería servir de modelo en cualquier facultad que aspire a enseñar periodismo serio. Es un paradigma de precisión narrativa, manejo de fuentes, detallismo ambiental y claridad de conceptos; un texto esencial, de escritura limpia y estilo terso, que por sí solo eleva a su autor a la categoría de maestro. MP se la ganó además con otros muchos méritos, en diferentes destinos y cabeceras y en el cultivo de géneros diversos, desde el artículo al reportaje, desde la jefatura de información a la corresponsalía en el extranjero. El polémico tertuliano y columnista en que se convirtió en sus últimos tiempos era sólo el final del recorrido de un periodista monumental, brillante, culto, versátil y completo. A finales de los ochenta, cuando volvió del Cono Sur inolvidables sus trabajos sobre las caceroladas contra Pinochet y sobre la causa contra los militares argentinos rompió con acritud con su periódico de siempre y con Felipe González, del que había sido amigo bastante íntimo. En Diario 16 y en El Mundo formó con Umbral, Burgos y Raúl del Pozo un imbatible cuarteto articulístico, y con Luis del Olmo, Herrero y Martín Ferrand renovó los formatos de opinión en el medio radiofónico y televisivo. Una vez me contó que en Buenos Aires se había acostumbrado a dormir con el transistor encendido, metáfora real del sentido de la vigilia con que se tomaba el oficio. El instinto implacable de la tribu. Tras la gran bronca de desgaste que supuso la etapa terminal del felipismo devino en una especie de buda de humor imprevisible y cuerpo pesado que solía derrumbar en un sillón durante los cócteles cortesanos. Nunca fue fácil de tratar porque gastaba talante de lobo estepario y lo mismo ejercía de conversador formidable que se envolvía en cierta hosquedad de misántropo. En una ocasión desapareció sin dejar rastro y, como estaba amenazado por ETA y había tenido con las juventudes batasunas un célebre encontronazo, durante unas horas provocó en la profesión un ataque de pánico. Él era así, individualista, visceral, ácido, directo y bizarro. También escéptico ante la política y el poder, refractario a la corrección biempensante, blindado ante el halago; para proteger su libertad de criterio se había confeccionado un disfraz de huraño. Su gran lección fue la de no permitir jamás influencias ajenas, de nada ni de nadie, cuando se sentaba al teclado. Había aprendido, como Montanelli, que la independencia de un periodista reside, en última instancia, en sue palle en sus redaños. C JM NIETO Fe de ratas