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ABC LUNES, 29 DE ABRIL DE 2019 abc. es opinion OPINIÓN 17 CAMBIO DE GUARDIA DIARIO DE UN OPTIMISTA GUY SORMAN PRIMAVERA ÁRABE: SEGUNDO ACTO Si se interpretan correctamente las revueltas sudanesa y argelina, resulta evidente que los pueblos ya no quieren una dictadura militar, y tampoco una ayatolacracia al estilo iraní E N Sri Lanka, unos fanáticos apelan al islam para asesinar católicos; en Nueva Zelanda, un fanático que invocaba a Cristo asesinó a musulmanes. No nos dejemos manipular: neguémonos a confundir al loco de Cristo con el cristianismo y a los locos de Alá con los pueblos musulmanes. Estos, en su inmensa mayoría, buscan la libertad, y no el martirio. En Indonesia acaban de elegir presidente a Jokowi, liberal auténtico, frente a un candidato apoyado por los integristas. Dirijamos la mirada también a Argelia y Sudán, donde se desarrolla el segundo acto de la Primavera árabe El primer acto comenzó en diciembre de 2010, en Sidi Bouzid, Túnez. Un vendedor ambulante, Mohamed Bouazizi, fue multado y abofeteado por una mujer policía. Esta humillación lo llevó a inmolarse con fuego, lo que provocó una revuelta popular en todo el mundo árabe- musulmán. Por desgracia, esa primavera árabe de 2011 no instauró la democracia ni la libertad económica en el conjunto de la región. La desorganización del movimiento democrático y el apego de sus líderes a un socialismo arcaico no les permitieron fundar una nueva sociedad. El caos benefició a organizaciones islamistas como los Hermanos Musulmanes en Egipto, igual de intolerantes que los dictadores militares. Dadas las circunstancias, los occidentales, en lugar de apoyar a los demócratas, se amoldaron al regreso de déspotas como el mariscal Al Sisi en Egipto. Pero la Primavera Árabe aún no ha terminado. Desde 2011, las monarquías de Marruecos, Jordania, Arabia Saudí y Kuwait han tenido que limitar sus restricciones a la sociedad: bocetos de Parlamento, elecciones más libres, una prensa más abierta, más derechos para las mujeres, incluso en Arabia Saudí, son ecos de la revuelta inicial. Y he aquí que los levantamientos populares en Argelia y Sudán han conseguido que se vayan dos de los más arraigados dictadores árabes y musulmanes, Omar al- Bashir y Abdelaziz Buteflika. Probablemente sea solo el principio. Evidentemente, la violencia sigue siendo posible y la salida incierta; hasta ahora, solo Túnez logra transitar sin demasiados enfrentamientos hacia un régimen liberal. ¿Cómo explicar el carácter totalitario de los regímenes establecidos en el mundo árabe- musulmán? Hasta la Primavera árabe, los dirigentes occidentales, sobre la base de un Abdelfatah Al- Sisi conocimiento superficial de las culturas árabes y del islam, consideraban que ese despotismo era el régimen natural que mejor se adaptaba a estas naciones. Después de los atentados terroristas que culminaron el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y de los éxitos electorales de los Hermanos Musulmanes en Egipto y Jordania, a los occidentales también les pareció que el despotismo era la mejor garantía frente al islamismo. Pero, si se interpretan correctamente las revueltas sudanesa y argelina que se desarrollan ante nuestros ojos, resulta evidente que los pueblos ya no quieren una dictadura militar, y tampoco una ayatolacracia al estilo iraní o de los Hermanos Musulmanes. Sencillamente, aspiran a una democracia liberal, perfectamente compatible con el islam moderado, una religión basada en la responsabilidad personal y la relación directa de cada creyente con su Creador. Y, a fuerza de centrarnos demasiado en el islam, descuidamos los fundamentos económicos de las dictaduras árabe- musulmanas. En Sudán, igual que en Argelia, el despotismo solo es sostenible si se basa en la explotación de los recursos naturales: los militares en el poder confiscaron la renta del petróleo para reclutar unas Fuerzas Armadas y una Policía omnipresente. Para que la gente se quede tranquila, estos regímenes distribuyen migajas en forma de viviendas gratuitas y empleos ficticios. Así funcionaba también la Libia de Gadafi y así resisten las monarquías saudíes, las del Golfo Pérsico y la de Marruecos. Lo que los economistas denominan maldición de los recursos naturales explica en gran medida la falta de desarrollo económico, aparte de la producción de energía, y la ausencia de democracia, porque los déspotas confiscan la renta. De modo que la orientación a la baja de los precios del petróleo y el gas, una tendencia inevitable, solo puede desestabilizar el despotismo árabe; los sudaneses y los argelinos aspiran a una democracia normal, también porque constatan el agotamiento del modelo de la renta. Estamos lejos del fantasma islamista que, sin lugar a dudas, los posibles sucesores de Bashir y Buteflika blandirán ante los ojos de los occidentales. No les corresponde a los occidentales desempeñar el papel de árbitros. Las intervenciones en Afganistán, Irak, Siria y Libia dan testimonio de la inutilidad de estas guerras de liberación bajo las banderas de Estados Unidos y de la OTAN. Por el contrario, deberíamos mantenernos a distancia de los reyes, reyezuelos, emires y mariscales que pretenden representar a los pueblos árabes musulmanes. No nos dejemos engañar por sus discursos y rechacemos algunos de sus regalos más llamativos: ¿realmente necesita París que el emir de Qatar financie sus monumentos y museos? También podríamos brindar una bienvenida mejor a los disidentes democráticos del mundo árabe, refugiados en Europa y en Estados Unidos, pues ellos son los posibles sucesores de los dirigentes actuales. De nuestro comportamiento depende en gran medida el porvenir de los mundos musulmanes. Por eso es importante que no olvidemos a Jamal Khashoggi, un periodista saudí refugiado en Estados Unidos y asesinado seguramente por orden del Príncipe Mohamed bin Salman. Esta tragedia invita a una mejor comprensión de las revueltas de hoy, que forjan las naciones del mañana. GABRIEL ALBIAC TANTO TODO PARA NADA Los independentistas decidirán quién gobierna. Al precio justo C UAN feliz es aquel que nace bobo y todo se lo cree... en la sospecha de que esta vez no iban a servir de mucho los trackings que suplieron a las israelitas eludo a los augures de las ocho de la noche. Hago sonar en mi biblioteca los motetes de Philippe Verdelot y silabeo en ellos el texto de los poemas que, para ser cantados por la bella Bárbera Salutati, había escrito en 1526 un ya viejo Nicolás Maquiavelo. La asociación del músico francés y el canciller florentino marca una cima renacentista: la aritmética simbiosis de emoción e inteligencia. Nada mejor para borrar dos horas de desasosiego: de los virtuales sondeos a la seca contabilidad. También, para salir de ese juego de niños crédulos, que se tragan que los asnos vuelan, y dejan todo lo demás en el olvido, una vez que en algo han puesto su deseo Las encuestas son un bonito modo de dar alas imaginarias al deseo antes de que se estrelle. El sosiego de Verdelot y Maquiavelo me guía hacia el estante de la biblioteca en el cual reposa Epicuro y, en sus fragmentos, lo más alto de la sabiduría griega. Y el libro de Epicuro se despliega sobre una invitación firme a huir de las cadenas del afán cotidiano y de la política En diciembre de 2015, hubo elecciones generales: se resolvieron en imposibilidad de formar gobierno. En junio de 2016, volvió a haberlas. Y se resolvieron con un gobierno en minoría y destinado a ser volado cuando mejor conviniera a los golpistas de Cataluña. Ese momento llegó en junio de 2018: cuando Junqueras y Puigdemont hicieron presidente minoritario a Sánchez. Lo de ayer cronifica la tendencia de ya casi cuatro años. En votos, España está dividida por la mitad. Una mala ley electoral trueca ese empate en precarias mayorías parlamentarias, a la merced de partidos marginales. Los independentistas decidirán quién gobierna. Al precio justo. Y tumbarán el gobierno, en el instante en que ese precio no se pague. Realmente, dejarse entusiasmar por la política es cosa de muy necios. Balance. El PP se desintegra. Impera, no el PSOE, sino el partido de Sánchez: lo peor para España. Podemos es un parásito en alza. Los independentistas vencen. Vox es, tal vez, futuro; no presente. Huir, recomienda Epicuro. Pero, ¿y si no hubiera ya vía de huida? Amigos, en tiempos votantes de izquierda, me hacían esta extraña confidencia: he votado a Vox, porque los otros me daban asco No les he reconvenido; a estas alturas del viaje, respeto solo un criterio: cuidar la salud propia y no votar nunca con náuseas. Si uno se empeña en votar. Pero la guerra de verdad comienza ahora: en ella van a jugarse nuestras vidas. Será duro. Hemos vuelto a la casilla cero: a la inestabilidad repetida. Verdelot suena en mi biblioteca: en sus notas, versos que tejen el sobrio amor de Maquiavelo: ¡Oh, santas y quietas horas nocturnas Me llama Tomás Cuesta para darme la única clave seria de esta jornada. Bajo la forma de un endecasílabo de José Hierro: ...después de tanto todo para nada