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ABC VIERNES, 1 DE MARZO DE 2019 abc. es opinion OPINIÓN 13 EL BURLADERO UNA RAYA EN EL AGUA CARLOS HERRERA CRÉAME, EXCELENCIA, ESPAÑA ES OTRA COSA Avergüenza que el grupo parlamentario que sustenta al Gobierno de España se comporte como una pandilla de extremistas E L análisis sereno de la actitud del grupo parlamentario socialista tras las palabras tranquilas, justas y sensatas del presidente peruano, Martín Vizcarra, en el Congreso de los Diputados, corresponde no a un comentarista político sino más bien a un psiquiatra. El máximo representante de un país admirable por su trayectoria histórica y por su envergadura cultural, tan solo clamó por las libertades cercenadas en Venezuela y por la necesidad de lanzar hacia la prosperidad democrática a una sociedad condenada a la tiranía de uno de los experimentos comunistas (o socialistas, pero esto lo digo yo y no lo dijo él) que en el mundo reciente han sido. Como es sabido, fieles a la recomendación del prescriptor, los diputados socialistas y los sicarios de Podemos no se dignaron a aplaudir las palabras del peruano. La razón se pierde en los mares nauseabundos de la política. Este columnista entiende que aquellos que han hecho negocio con el régimen venezolano se nieguen a aplaudir un discurso que les condena: los sicarios de Chávez y Maduro, aquellos que cobraron para desarrollar en España sus proclamas políticas, los que han aplaudido sus desmanes, los que han justificado y celebrado cada recorte de libertades, los que han desmentido la realidad hasta el ridículo de asegurar lo de las tres comidas diarias, en toda lógica no pueden aplaudir a quien reclama que se acabe con un sistema perverso como el que conde- na a Venezuela a la noche más negra de la miseria y la tiranía bolivarianas. Entendido lo anterior, queda una duda cuya incógnita deberían despejar los miembros de la bancada socialista: ¿Por qué se negaron a aplaudir las palabras del presidente de Perú en un claro ejemplo de descortesía elemental? Imaginemos respuestas. Una de ellas, la más benévola, consiste en no querer encender conflicto diplomático. Absurdo. España, aunque a regañadientes, ha reconocido a Juan Guaidó y, por lo tanto, censura a quien detenta el poder efectivo traducido en represión y violencia contra los ciudadanos desafectos. Otra, la segunda, puede radicar en la condición que el grupo extremista que les apoya en la Cámara haya establecido para continuar con la colaboración parlamentaria, ahora y más adelante: si quiere apoyos para sus proyectos legislativos debe comprender que contra la Venezuela de Maduro, nada de nada. Esta segunda manifiesta la pequeñez política de un grupo mayoritario que debería exhibir mucha mayor personalidad ante la defensa de las libertades esenciales. No es descartable que sea posible, por inverosímil que pueda parecer. Y una tercera y más grave: que no estén de acuerdo con el fondo del asunto, es decir, que no crean que Maduro y la basura que le rodea y le defiende, como el indeseable Cañamero (portador de una camiseta con en lema Yo con Maduro sea merecedor de reprobación manifiesta del Parlamento español. Conociendo la larga colección de paniaguados, verbeneros y mediopensionistas que pueblan la bancada socialista, no resulta extraño que su comportamiento coincida con cualquiera de las tres explicaciones. Este PSOE de Sánchez ha llevado hasta la excrecencia el pensamiento político de su líder, debidamente desarrollado en un volumen de manifiesta debilidad literaria e ideológica Manual de Resistencia y ha llegado hasta el inexplicable y lanar comportamiento desarrollado en una sesión solemne en la que lo más moderado que han provocado es el sonrojo. Efectivamente avergüenza que el grupo parlamentario que sustenta al Gobierno de España se comporte como una pandilla de universitarios extremistas al uso de lo que se gasta en las peores asambleas. Le pedimos perdón al presidente peruano: puede que barran en las próximas elecciones como aventura el CIS, pero créame, Excelencia, España es otra cosa. IGNACIO CAMACHO EL LIMBO DEL CAMBIO Hay riesgo de que los andaluces no noten pronto el cambio. La esperanza es un capital político que se gasta muy rápido ES y medio después de su puesta en marcha, el nuevo Gobierno andaluz continúa frente al reto decisivo de demostrar que ya no siguen mandando los mismos. El PSOE ha gobernado tanto tiempo que se ha fundido con la autonomía al punto de generar un espejismo en el que se refleja, con notable desconcierto, el flamante bipartito, cuyos miembros empiezan a considerar un éxito el hecho de pasar inadvertidos. Quizá esperaban una oposición fiera y sin respiro, una inmediata toma de las calles por nubes de chalecos amarillos, y se han encontrado con que no pasa nada porque el susanismo tiene una derrota que digerir y Podemos anda sumido en sus pleitos intestinos. Así, tal parece que el nuevo panorama no se lo acabasen de creer ni los vencedores ni los vencidos, y tras la manoseada historicidad del relevo la vida política de Andalucía se ha instalado en un limbo que por su propia naturaleza no puede ser otra cosa que ficticio. El Gabinete de Juanma Moreno se arrepentirá de este tiempo perdido en el que está desperdiciando la ocasión de imponer un tono distinto y de marcar su propio ritmo. Al poder hay que llegar aprendido para marcar las pautas con determinación desde el principio. Y lo que los ciudadanos están viendo es un equipo titubeante y tímido, que ha tenido que mantener a muchos directivos anteriores por falta de banquillo y que amaga con reducir su programa de regeneración a un vago conformismo adaptativo. Ayer, la Junta y el Parlamento conmemoraron el Día de Andalucía sin ofrecer nada nuevo. Más allá del cambio de presidente, el ambiente era idéntico al de otros 28 de febrero, una fecha cuya trascendencia simbólica la de una sociedad en demanda de autogobierno se diluyó bajo la hegemonía socialista en una autocomplaciente ceremonia de medalleo con ciertos tintes folclóricos de miarmismo rociero. No es, sin embargo, en el protocolo donde se espera un replanteamiento, sino en la energía con que las instituciones expresan su voluntad de progreso. Hasta ahora no se nota casi nada parecido a esto. Además de la renovación imprescindible de cuadros intermedios, faltan decisiones, falta impulso estratégico, falta autoconfianza y falta concreción en los proyectos. En seis semanas apenas se ha aprobado una brumosa bajada de impuestos mientras uno de los nuevos consejeros confesaba en un rapto de sinceridad la imposibilidad material de crear los prometidos 600.000 empleos. Y el ciclo electoral va a dejar en suspenso cualquier compromiso que entrañe miedo a una situación de conflicto o de riesgo. Pero el riesgo real es el de que los andaluces no noten pronto el cambio. Porque ése es un capital político que se gasta muy rápido, porque lo peor que le puede ocurrir al PP y a Ciudadanos es que la gente acabe aceptando que los resortes del mando continúan intactos y porque no hay mayor fracaso que una esperanza convertida en chasco. M JM NIETO Fe de ratas