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ABC JUEVES, 22 DE NOVIEMBRE DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL CONTRAPUNTO ISABEL SAN SEBASTIÁN GRANDE MARCHENA ¿Es consciente Cosidó de lo perjudicial que resulta su permanencia en el Senado para su amigo Casado? A diferencia de otro juez que se ha pasado al lado oscuro, dejando su grandeza reducida a un apellido, Manuel Marchena acaba de dar una lección de dignidad merecedora de ser recordada. Debe de resultar difícil renunciar a presidir el Tribunal Supremo y el Consejo General del Poder Judicial; declinar acceder a lo más alto de la Carrera que uno ha servido con lealtad, sabiendo que acredita méritos sobrados para ocupar ese puesto. No habrá sido una decisión sencilla de tomar, pero era la única compatible con la defensa de una Justicia escarnecida, enfangada por unos políticos carentes no solo de escrúpulos, sino de la mínima inteligencia exigible a quienes nos gobiernan. Está por ver si este gesto basta para frustrar las maniobras de los golpistas catalanes, que esperan librarse de una condena altamente probable cuestionando la imparcialidad de los magistrados llamados a juzgarlos. Dada la tendencia imperante en las instancias europeas, más vale ponerse en lo peor. Porque si a la manifiesta irresponsabilidad mostrada por nuestros dirigentes sumamos la escasa o nula relevancia que la España actual alcanza en el seno de la Unión, llegamos a la conclusión de que todos los elementos apuntan a un veredicto desfavorable. Lo sucedido el 1- O en Cataluña fue un golpe de Estado en toda regla, de eso no hay duda. Como tampoco la hay de la terrible torpeza, debilidad, de- sunión y cobardía con la que el Estado, excepción hecha del Rey y de algún magistrado, ha respondido a la asonada. Cada día que pasa se añade un nuevo capítulo al relato de este desastre. Marchena ha hecho lo que tenía que hacer, anteponiendo la honra a la legítima ambición, a costa de un gran sacrificio. Ha obrado del único modo posible para tratar de salvar la durísima instrucción en la que Pablo Llarena se ha dejado la paz personal y la libertad de movimientos. Ha escupido su desprecio a quienes pretendían convertirlo en un títere al servicio de sus intereses y se ha ganado con ello el respeto de los españoles. ¿A qué esperan los otros protagonistas del esperpento para actuar en consecuencia? No es de recibo que Dolores Delgado siga siendo ministra de Justicia. Ni un minuto más. Ya resultaba intolerable después de escuchar las grabaciones de su compadreo cuartelario con el inefable Villarejo, pero ahora su dimisión (o cese) se convierte en un clamor. Su inepcia es manifiesta. Su carencia de principios salta a la vista. Y no porque filtrara o dejara de filtrar el contenido de una negociación en sí misma repugnante, como dicen sus interlocutores del PP en esa subasta de togas, sino porque participó en ella. Delgado ha traicionado su condición de fiscal y todo lo que representa. Su presencia en ese Ministerio constituye un insulto a la Carrera judicial. ¿Y qué decir de Ignacio Cosidó? ¿Es consciente de lo perjudicial que resulta su permanencia en el Senado para su amigo Pablo Casado? A tenor de lo sucedido en las últimas semanas, no ha demostrado tener mucho ojo este último seleccionando a sus pretorianos, y ahora le faltan arrestos para fulminarlos cuando es preciso. ¿Por qué se fió de un hombre capaz de traicionar a las víctimas del terrorismo haciendo bandera del chivatazo del bar Faisán mientras estuvo en la oposición, para olvidarse del asunto apenas llegó a Interior? ¿No era ese indicio suficiente de su dudosa moralidad, o es que se trataba de un olvido compartido? España, huérfana de liderazgo, contempla atónita su propia destrucción. Falta grandeza, falta decencia, faltan hombres como Marchena, capaces de anteponer el deber a la conveniencia. IGNACIO CAMACHO BORRELL, ORGULLO CAUTIVO El ministro vive en trágica contradicción consigo mismo: esos tipos que le escupen son los que le permiten serlo D JM NIETO Fe de ratas AN ganas de aplaudir a Borrell, como ayer hicieron los diputados de Ciudadanos, cuando se planta frente a la chulería del independentismo con esa hidalguía tan suya, ese señorío entre noble, displicente y altivo. Pero también inspira algo de lástima ese orgullo baldío porque esos tipos que le insultan y escupen, esos niñatos faltones ante los que se pone digno, son los que le permiten ser ministro. Esa gente es la que lo ha elevado al poder, la que otorga a su jefe respaldo político, y a un hombre de su inteligencia debe de resultarle ingrato gestionar esa contradicción consigo mismo. O ver cómo el aplauso, tan merecido, brota de los escaños de sus rivales y no de los de sus compañeros de partido. O aceptar que el Gobierno del que forma parte como una especie de cuota residual del constitucionalismo no deje de hacer guiños de complacencia a quienes lo tratan como un enemigo. O ser consciente, como sin duda lo es, de que esa pertenencia lo sitúa fuera de sitio, obligado a defender por su propia cuenta sus convicciones, su trayectoria, su honor y su prestigio. El presidente ni siquiera fue capaz de expresarle su amparo sin echar un capote a sus desleales aliados. Ningún líder que se precie y desee ser respetado dejaría pasar una ofensa semejante a uno de sus colaboradores más preclaros. Sánchez, sin embargo, la diluyó en el contexto genérico de un bochornoso espectáculo en el que se incluyó como víctima del ambiente crispado. De modo oblicuo, ventajista, sesgado, sugería la responsabilidad de la oposición en el escándalo, renuente a condenar directamente a los que habían vejado al único miembro de su equipo dispuesto a conservar el decoro necesario. Pero Rufián y sus colegas no son del PP ni de Ciudadanos, cuyos representantes jamás han traspasado, en el legítimo ejercicio de la crítica, el ruin umbral de la deshumanización que supone un escupitajo. He ahí la metáfora de este momento infame de la política que el sanchismo ha propiciado: el envalentonamiento matonil, el camorrismo fatuo de unos golpistas que se sienten impunes en el agravio porque todo el tinglado presidencial, desde el Falcon hasta el reparto discrecional de cargos, depende de su pulgar hacia arriba o hacia abajo. Porque son los caseros que tienen la llave de la Moncloa donde su inquilino duerme de prestado. Y su manera de recordárselo es ese sucio, barriobajero escarnio con que se consideran consentidos para humillar a un ministro como el señorito que maltrata a un criado. Esto va a acabar mal, y ese final torcido tendrá un responsable. El que se escuda en el sean quienes sean para ocultar que son quienes son, y él lo sabe, los causantes de un clima envenenado que sólo puede conducir a un tóxico desenlace. El que para agarrarse a un poder que ha escalado sin apoyos estables transige sin rubor al denigrante tráfico de favores con una caterva de rufianes.