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12 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA JUEVES, 22 DE NOVIEMBRE DE 2018 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO LO QUE HAGA FALTA ¿Qué habrían hecho Macron, May o Merkel si un diputado escupiese a su ministro? A UNQUE es absolutamente impensable, pues la elegancia institucional y el respeto mutuo son muy diferentes y no campa por allí ningún makoki arrabalero equiparable a Rufián, vamos a imaginar que los diputados independentistas escoceses abandonan airados la Cámara de los Comunes tras una gresca con el ministro de Exteriores. Pero al pasar por delante del titular del Foreign Office, al que acaban de llamar fascista a voces desde su bancada, uno de esos diputados nacionalistas del SNP va y le escupe. El ministro se revuelve airado y denuncia de palabra el salivazo, señalando con gestos al supuesto agresor. ¿Qué habría pasado tras una escena tan cutre y execrable? ¿Los ministros y diputados conservadores se inhibirían? ¿O saldrían en tromba a condenar la agresión a su ministro? Evidentemente, Theresa May como Macron, Merkel o cualquier líder mínimamente normal condenaría de inmediato y en los más duros y claros términos tan repugnante agresión, reveladora de una ínfima calaña moral. Además, las relaciones con el partido separatista quedarían rotas. ¿Y qué hizo el PSOE ayer? Pues en buena medida dejar vendido a Borrell. Dolores Delgado, que no pierde ocasión de equivocarse y que tenía a su lado al ministro atacado, tuvo como primer reflejo pedir a Borrell que se calmase, en lugar de defenderlo. Adriana Lastra, que estaba justo detrás de él, se escaqueó diciendo que no vio bien si hubo escupitajo. GrandeMarlaska, que también estaba a un paso, a lo suyo. ¿Por qué tan vergonzantes inhibiciones? Pues porque todos saben que desde que Sánchez llegó a La Moncloa en el Gobierno impera una consigna: pase lo que pase, prohibido molestar a los partidos separatistas que mantienen como presidente a un candidato que había perdido por goleada las elecciones. El Ejecutivo es rehén de quien lo sostiene. Por eso este mismo martes, en la víspera del escupitajo de ERC a Borrell, había pasado lo siguiente: el PSOE se opuso a una moción para evitar los indultos a presos golpistas; anuncio por boca de Celaá que dará barra libre a la Generalitat para acabar con el español en sus escuelas; y se abrieron seis nuevas embajadas catalanas con el consentimiento silente del Gobierno. Ayer, ya tras el ataque a Borrell, otro concesión más a los socios separatistas: destitución fulminante del abogado del Estado que se había atrevido a proponer delito de rebelión para Junqueras y compañía. Un par de horas después del acoso de ERC a Borrell, Sánchez dio por fin señales de vida. Lo hizo vía Facebook, donde subió un comentario sobre lo sucedido. El texto supuso una nueva decepción. En lugar de llamar por su nombre a los únicos culpables de lo sucedido, los diputados de ERC, evitó citarlos e hizo condenas genéricas sobre el mal tono parlamentario, llegando a comparar el escupitajo con las críticas que le hace Casado graves insultos las llamó) Se hace muy duro que los españoles estemos gobernados por una persona que no es capaz de plantarse frente a Esquerra cuando acaba de escupir a uno de sus más importantes ministros. Los juegos malabares de Sánchez para no molestar a los golpistas son en realidad lo más grave de toda la oprobiosa jornada de ayer. Urgen elecciones. CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC ¿MONTESQUIEU VUELVE? A partir de 1985, la jerarquía judicial no es otra cosa que un seudópodo del Leviatán que lo decide todo F UE aquel analfabeto ilustrado, Alfonso Guerra, quien acuñó la consigna. González, para entonces, había ejecutado ya a Marx. Procedía asesinar ahora a Montesquieu. Era la gran ofensiva contra el Estado democrático. Impensable en un país con tradición constitucional. Indiferente aquí. Montesquieu ha muerto proclamó el capataz socialista. Corría el año 1985. Gobiernos de diverso perfil han gobernado España desde entonces. Ninguno ha movido un dedo para resucitarlo. ¿Cómo se gestó aquel asesinato? 1985. Al Ejecutivo lo movía un dilema específico: los recursos ante el Constitucional sobre sentencias de aborto. En ese marco dicta el vicepresidente su sentencia: Las leyes no pueden permanecer paradas por doce personas que además no han sido elegidas por las urnas El argumento es idéntico al esgrimido anteayer por el Doctor Sánchez: sólo los electos parlamentarios poseen legitimidad. La jerarquía judicial debe, pues, obedecer al Parlamento. Así se hizo. Así se ha seguido haciendo. Hasta que Marchena, anteayer, rompió la baraja. La democracia no es las elecciones. No lo es sólo. Elecciones, las ha habido en todas las dictaduras. La democracia es un protocolo que el tal Montesquieu acuña en fórmula seca: Es necesario que, por la disposición de las cosas, el poder contrarreste al poder Lo que el autor del Espíritu de las leyes está profetizando es la emergencia de una máquina de mando colosal: el Estado moderno. Consumada la centralización administrativa, económica y militar por las monarquías absolutas, el mundo europeo se enfrenta a un dilema crítico: ¿cómo sobrevivir a un dispositivo de poder cuyas dimensiones lo penetran todo, vida pública como privada? La respuesta de Montesquieu fija el hasta hoy único procedimiento funcional: desintegrar las tres instancias sobre las que ese poder reposa ejecutiva, legislativa y judicial autonomizarlas y contraponer sus procedimientos e intereses; que la potencia del Estado se oponga y refrene a la potencia del Estado, que no sea un poder único y despótico el que haga pasar su apisonadora sobre los individuos. El Estado democrático no se asienta sobre la colaboración de sus instancias: ésa es la lógica de los despotismos. El Estado democrático se asienta sobre el conflicto insoluble entre ellas. Los totalitarismos entendieron que era ése el mecanismo que había que quebrar para imponer una eficaz dictadura: los jueces fueron puestos al servicio de un Ejecutivo que ejercía como voz del pueblo. Y Europa naufragó. En rigor, no hay más división real de poderes que la que puso en marcha la Revolución Americana: Presidencia, Cámaras y Magistrados proceden de mecanismos electivos independientes. Es, en parte, el modelo que adapta De Gaulle a Francia con la V República. El sistema español nada conoce de esas divisiones: ejecutivo y legislativo son extensiones de lo mismo, con origen partidista en las mismas urnas. Y, a partir de 1985, la jerarquía judicial no es otra cosa que un seudópodo del Leviatán que lo decide todo. Un presidente de gobierno que posea mayoría absoluta es, en España, un dictador electivo. El caso de Felipe González, en el esplendor de sus mayorías absolutas, debiera servirnos como escarmiento: crímenes de Estado, corrupción, impunidad sin límite... ¿Es que nadie va a decirle a los jueces lo que deben hacer? recriminaba el jefe al presidente de la Audiencia cuando su monopartidismo empezó a derrumbarse. Eso nos trajo el asesinato de Montesquieu. Eso nos sigue trayendo.