Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO, 6 DE OCTUBRE DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA LA PURITANA CELAÁ El ocultamiento que la ministra ha hecho de su Villa Meona nos sirve para explicar el mecanismo psicológico del puritanismo hipócrita S IEMPRE hicieron bromas nuestros clásicos de la mala lengua castellana y peor vizcaína (por utilizar la expresión cervantina) de las gentes de Vizcaya; y también de su tosquedad y propensión a la cólera. Pero ni Cervantes ni Quevedo, a quienes tanto gustaba retratar jocosamente a los vizcaínos, habrían hecho carrera con la ministra Celaá, que es mujer finísima en su expresión, con delicadezas lingüísticas que nos hacen temer que cualquier día suelte Bilbado o bacalado De momento ya ha atribuido a Aristóteles una sentencia que Aristóteles nunca escribió; y también ha soltado un símil extrañísimo que admite todo tipo de lecturas jocosas, al definir el gabinete del doctor Sánchez, más molido que cibera, como un equipo de granito, perfectamente engrasado Pero la expresión de la ministra Celaá destaca sobre todo por su cualidad sibilina y su afectación de virtud, envuelta siempre en los terciopelos de la hipocresía. Y así, muy exquisita y elegantemente, se ha despachado contra la prensa, acusándola de utilizar informaciones que vienen del chantaje y de lugares oscuros Entre esos lugares oscuros debemos contar, a partir de hoy, el Registro de la Propiedad, donde a Celaá le han encontrado una nueva Villa Meona que no había incluido en su declaración de bienes. Afirmaba La Rouchefoucauld, con su habi- tual pesimismo, que nuestras virtudes son, con mucha frecuencia, vicios disfrazados pues, en efecto, el vicio gusta mucho de adornarse con las plumas de pavo real de la virtud. Este ocultamiento que la ministra Celaá ha hecho de su Villa Meona nos sirve para explicar el mecanismo psicológico del puritanismo hipócrita, que en su afán por parecer intachable proyecta una sombra de pecado sobre lo que nada tiene de pecaminoso; llegando a cometer los más terrible pecados por ocultar aquello en lo que ningún pecado había. Nada malo hay en ser dueña de una casa con media docena de baños, aunque revele un prurito de higiene tal vez excesivo. Pero la ministra Celaá, con exceso moralista típicamente puritano, se avergüenza de ser rica y piensa que declarar sus riquezas la retrata como una persona viciosa; por lo que las oculta ladinamente, como nuestros primeros padres ocultaron su inocente desnudez, revelando así su pecado. El puritano ve la sombra del vicio allá donde no hay vicio alguno; y acaba incurriendo en todos los vicios, en su afán por adornarse con las plumas de pavo real de la virtud. Pero este episodio bochornoso, además de delatar a la puritana Celaá, revela el fondo de monstruoso puritanismo en el se asienta la moderna actividad política. Pues, ¿por qué se obligan nuestros políticos a mostrar su patrimonio? Porque necesitan farolear de su honestidad. Y el hombre virtuoso nunca farolea de sus virtudes, al contrario de quien se sabe íntimamente vicioso. Resulta, en verdad, hilarante que una clase política que ha hecho de la corrupción (material, pero sobre todo moral) su hábitat natural recurra a tales aspavientos y afectaciones de virtud. La ministra Celáa ha actuado, en fin, como Eva, la primera puritana de la Historia, a quien Dios le había pedido que no comiese el fruto del árbol prohibido. Pero cuando la serpiente la incita a comerlo ella se inventa que Dios le ha prohibido también tocarlo, añadiendo a la prohibición originaria una delirante prohibición de cosecha propia. Y la serpiente entiende que esa prohibición supletoria revela que, en el fondo, Eva está dispuesta a infringir la prohibición originaria, como efectivamente hizo. Siempre los puritanos acaban siendo los peores libertinos, aunque lo disfracen muy sibilinamente. IGNACIO CAMACHO EL SIGLO EN LA BOCA Aznavour triunfó cantando con elegancia conmovedora los matices del fracaso, la nostalgia, la soledad y la derrota E murió Charles Aznavour y por aquí andábamos hablando de Torra. Francia lo ha despedido ayer con una ceremonia de honores en los Inválidos, bajo la estatua de Napoleón, envuelto en la bandera tricolor como si fuese un hombre de Estado. Lo fue, en cierto modo, porque representaba la memoria emotiva de un país cuya identidad cultural se está diluyendo en el vértigo de su propia Historia. Decir que era un clásico no le hace suficiente justicia a un hombre capaz de llevar el siglo XX en la boca; el tiempo radiante, ambicioso, eufórico de gloria, en que París constituía el símbolo cosmopolita de la superioridad intelectual de Europa. Piaf, su gran amiga, su consejera, su mentora, le llamó con cariño le genie con el genio idiota. Pero era listo, memorioso, sagaz, valiente, hiperactivo, y con su menuda elegancia supo convertir una voz contraindicada en una marca, un estilo, una impronta con la que envolvió más de mil canciones de una sentimentalidad noble, digna, conmovedora. Su paradoja es que quizá nadie haya triunfado cantando con tanta distinción todos los matices del fracaso, de la tristeza, de la soledad y de la derrota. Como la nostalgia es un género tradicional del articulismo, no quiero recordarlo en esas últimas giras de nonagenario en las que asombraba, apoyado que no sentado en un taburete, con su resistencia y su poderío. Prefiero evocar una noche ya muy lejana en el Olimpia parisino, cuando solo en el escenario concluyó una canción bailando agarrado consigo mismo. Vuelto de espaldas, meciendo apenas sus pies en un palmo bajo un foco sencillo, su propia mano cosquilleaba en su nuca como si le acariciasen los dedos de un amor perdido, quizá el del marino de Emmenez- moi acaso el del romance del adolescente y la maestra que acabó en el abismo del suicidio. Y aquella prestancia galante, aquel bizarro hechizo con que manejaba un pañuelo que dejó caer, al final de La bohème en un gesto de orgullo exquisito. Qué tipo, qué empaque, qué presencia, qué dominio. Qué inolvidable oficio de artista empeñado en el compromiso de hacer de cada actuación un prodigio. Era el vestigio de un mundo que ya no existe, que tal vez entonces ya había acabado aunque todavía lo iba a reconstruir miles de noches hasta cumplir los 94 años. Era el recuerdo de ese París brillante, magnético y arrebatado que aún reconozco aquí en los trazos elegíacos de Gómez Marín y de Cuartango; la ciudad que fascinaba a los españoles ávidos de atrapar su encanto, casi recién salidos de la oscuridad y del atraso. Aznavour lo rescataba de la tradición, lo embellecía con su caballeroso desgarro y con un guiño de flâneur dandy te lo depositaba en los brazos. Todo el mundo sabía que era una mera convención, un pacto de mutua piedad con la melancolía del pasado, pero no ha habido nadie como él para interpretar esa bellísima, dulce complicidad en el engaño. S JM NIETO Fe de ratas