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ABC MIÉRCOLES, 3 DE OCTUBRE DE 2018 abc. es conocer SOCIEDAD 41 REUTERS REUTERS Junto a estas líneas, equipos de rescate trasladan los cadáveres a fosas comunes para ser enterrados (arriba) A la dcha. la mezquita de Palu, arrasada por el agua PABLO M. DIEZ EFE que arrasó el paseo marítimo llevándose por delante los coches, motos y edificios que encontró en su camino. Éxodo de una ciudad sin luz ni comida Sin electricidad ni agua ni comida desde el viernes, cuando fue sacudida por un terremoto de magnitud 7,5 que desencadenó un potente tsunami, todo el mundo quiere marcharse de Palu. Con sus tiendas, restaurantes y hoteles cerrados, el éxodo se ha desatado en esta ciudad de 300.000 habitantes. Mientras cientos de personas esperan en el aeropuerto a ser evacuadas por los Hércules de transporte del Ejército indonesio o por algunos vuelos comerciales que llegan desde Macasar, la capital de la isla de Célebes, los pocos afortunados que pueden conseguir gasolina cargan sus coches hasta los topes para lanzarse a una odisea hasta Poso, la siguiente ciudad importante más cercana. Como muchas carreteras han sufrido corrimientos de tierra, un trayecto de unos 200 km puede llegar a durar un día entero. Con el miedo en el cuerpo, las familias pasan las noches a las puertas de sus casas o de lo que quede de ellas por miedo a las frecuentes réplicas. En medio de una oscuridad total, tampoco hay combustible para los generadores eléctricos de gasóleo. Desesperados, grupos de jóvenes deambulan entre los escombros con tubos de goma y botellas de plástico para reventar los depósitos de los vehículos destrozados por el terremoto y robarles la gasolina. Todos quieren marcharse de esta ciudad muerta y en ruinas. Todos menos los periodistas, ansiosos por llegar a la zona cero de esta catástrofe. Aunque en principio no había billetes para los vuelos comerciales desde Macasar, ABC consiguió plaza en un pequeño avión de hélices que el lunes se quedó sin despegar. Una vez en Palu, la compañía Tell Telkom ha habilitado dos centros de prensa con una conexión a internet que va y viene, y donde los periodistas dormimos en el suelo. Cargando con botellas de agua, galletas y noodles instantáneos, los reporteros nos disponemos a pasar aquí los próximos días para llegar a las zonas más afectadas y conocer la verdadera magnitud del drama. Peor el terremoto Entre las ruinas, se cuela el hedor de los cuerpos en descomposición sepultados bajo los cascotes, que llega a aturdir cuando alguien abre la bolsa naranja donde yace el cuerpo de Shallom Cinara Elmira, la sobrina de ocho años de las hermanas Diana y Alde. Sin poder contener el morbo, algunos curiosos se abalanzan de inmediato para ver el cadáver y hasta hacerle fotos con el móvil. Como si el espíritu de la pequeña se vengara por tan irrespetuosa curiosidad, su estado es tan lamentable que hace vomitar a algunos. Entre lágrimas, la madre acompaña al cortejo fúnebre cuando se la llevan en el saco naranja para enterrarla siguiendo el rito católico que profesa la familia, minoritario en este país musulmán. En el interior de la ciudad, la devastación no la causó el tsunami, sino el terremoto, que tumbó los edificios como si fueran casitas de papel. En el hotel Roa- Roa, que se vino abajo cuando se quebraron las plantas segunda y tercera, los equipos de rescate siguen buscando a una treintena de sus huéspedes con perros adiestrados. De momento se han recuperado siete cadáveres, incluyen- do tres este martes, y siete personas con vida, pero una de ellas falleció después en el hospital. No me puedo creer que haya ocurrido esta tragedia porque construimos el hotel hace cuatro años y estaba preparado para resistir hasta un terremoto de magnitud 8 explica su dueño, Denny Liem, visiblemente conmocionado. Aunque asegura tener seguro, está por ver si cubrirá una causa de fuerza mayor como un terremoto y una investigación tendrá que determinar la solidez de la estructura del RoaRoa, una de las postales del horror de esta tragedia. Como una bomba Cerca de allí, sobre el centro comercial Ramayana también parece haber caído una bomba. Bajo su derrumbada fachada amarilla, unos grupos de jóvenes tratan de sacar la gasolina de los coches destrozados y otras entran a través de las ventanas rotas para llevarse lo que necesitan en estos días de escasez. Viví el tsunami del Índico en 2004, del que todavía tengo pesadillas, y ahora me ha tocado este terremoto se lamenta Merry Agustina Sibarani, todavía traumatizada por el temblor. Superviviente de dos catástrofes, no tiende dudas en afirmar que esto ha sido como el tsunami de hace catorce años