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ABC MIÉRCOLES, 3 DE OCTUBRE DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 EL RECUADRO UNA RAYA EN EL AGUA ANTONIO BURGOS PISOTEAR LA BANDERA Ese tiparraco separatista no sólo pisoteaba la enseña nacional, nos estaba pateando los sentimientos a todos los españoles O fue Torra. Fue el tío cafre de la gorra. De los CDR. Los independentistas Comités de Defensa de la República que tienen el mismo anagrama que los dictatoriales cubanos Comités de Defensa de la Revolución, esas comisarías políticas que hay en cada manzana de La Habana y donde los vecinos, por turno, hacen de vigilantes y delatores de los que allí moran y donde toda venganza personal tiene su asiento. Fue un bestia de los CDR que poco antes habían sido arengados por el presidente de la autonomía, Joaquín Torra, para que apretaran, como si tuvieran estreñimiento y estuviesen en el excusado. Las turbas y hordas independentistas, para celebrar el cabo de año del referéndum del 1- O que según la cachaza de Rajoy nunca existió, asaltaron la Delegación de la Generalidad en Gerona. Subieron hasta el balcón principal y quitaron la bandera que allí ondeaba y que representaba a nuestra nación por decirlo con versos gaditanos del cuplé de Paco Alba. Y, en su lugar, colgaron el trapo cuatribarrado y estrellado que tienen por bandera independentista, una mala copia de algo tan hispánico como las enseñas de Cuba y Puerto Rico. ¡Ya quisiéramos que en Cataluña se defendiera la lengua española como en Puerto Rico frente al inglés! ¿Y qué pasó con la bandera que allí ondeaba, que quitaron y en su lugar pusieron el trapajo separatista? Pues la tiraron a la calle, y quedó en el suelo. Y nadie se acercó a recogerla y a besarla, que es lo que hubiese hecho cualquier bien nacido. Y en N su lugar, llegó el tío de la gorra, perfectamente identificable en todos los vídeos de TV, y se puso a pisotearla. Con rabia. Con saña. Yo creo que si no le metió fuego fue porque el gachó no fuma y no llevaba mechero. Ese tiparraco separatista no sólo pisoteaba en Gerona la enseña nacional, nos estaba pateando el alma de los sentimientos a todos los españoles. Por cierto que por allí andaban los mozos de escuadra, responsables del orden público en las provincias catalanas. ¿Detuvieron al tío por el delito de ultraje a la bandera de España, en aplicación del artículo 543 del Código Penal, que castiga las ofensas o ultrajes de palabra, por escrito o de hecho a España, a sus Comunidades Autónomas o a sus símbolos o emblemas, efectuados con publicidad Que se sepa, el tío de la gorra, como Torra que lo animó a hacerlo, en un clarísimo delito de odio, no fue detenido por los Mozos de Escuadra. Claro, es que este cuerpo tiene una enfermedad profesional, comprobada en las impunes algaradas y sabotajes del aniversario del 1- O. Esa enfermedad profesional de los Mozos de Escuadra es que igual que otros padecen vista cansada, ellos tienen la vista gorda para todas estas ofensas a la España que les paga, ante las que en vez de ponerse en primer tiempo de saludo ante la bandera se quedan de brazos cruzados. Y lo más triste es que nuestra bandera quedó allí en el suelo, pisoteada, ignorada, sin nadie que la recogiera. Por lo visto, según Ábalos, boca del Gobierno, es algo perfectamente asumible Ni a un perro muerto por un coche en una carretera se le deja así. Lo que demuestra que igual que en 1935 le pusieron La ciudad sin ley a la versión española de la película Barbary Coast de Howard Hawks, ante la inacción y la permisividad del Gobierno de Sánchez el de los aviones, los helicópteros y los guardaespaldas por la neoyorquina Time Square, Cataluña es hoy por hoy la autonomía sin ley Aunque hayan prohibido la Fiesta Nacional, se saltan la Constitución y todas las leyes a la torera, y no se cumplen las sentencias de los tribunales de Justicia. Y No Nada. Bueno, sí pasa: que ni siquiera a nadie se le ocurre organizar un desagravio a la Bandera que nos representa y que simboliza a nuestra Patria, y que muchos, de caqui, juramos un día defender. Promesa que ahora cumplo con la dignidad que ni Torra ni el de la gorra tienen. IGNACIO CAMACHO LA NOCHE DEL VÉRTIGO Los españoles supimos que había Rey en aquel día incierto. Lo que no hubo entonces, y sigue sin haber, es Gobierno I JM NIETO Fe de ratas GUAL que los independentistas celebran como una efeméride cada hito de su golpe fallido, el resto de los españoles deberíamos conmemorar el aniversario de la noche en que el Rey pasó su examen de legitimidad de ejercicio. Sucedió tal día como hoy, con el Gobierno aturdido, en shock ante el éxito propagandístico del referéndum que había dado alas al separatismo. En Cataluña había un ambiente inflamado de fanatismo; piquetes callejeros habían arrinconado a la Policía, bloqueado los servicios y extendido la sensación de que el poder real quedaba en manos de los comités subversivos. Se produjo una situación de verdadera zozobra, con la nación en vilo, la autoridad replegada y el orden constitucional en serio peligro. Una jornada de caos y desequilibrio en la que sólo una institución del Estado supo mantenerse en su sitio. Durante unas horas, España volvió a estar al albur de una de sus cíclicas sacudidas fatales. Se trató de uno de esos momentos fundacionales en que la Historia amenaza con entrar en vértigo incontrolable. Y habría ocurrido si Felipe de Borbón no hubiese echado mano de un instinto político heredado de su padre. Fue el único que entendió que la emergencia requería decisiones de carácter porque la convivencia y la integridad del país estaban a punto de fractura grave. Con el Gabinete escondido, la Justicia bloqueada y la gente en trance, puso la Corona encima de la mesa y reclamó el liderazgo que el pasmo marianista había dejado vacante. No necesitó vestir de uniforme ni apelar a los tanques; le bastó una alocución contundente, categórica, tajante, para dejar claro que la democracia no iba a arrugarse. Siete minutos cortos de palabras precisas, firmes, cabales, devolvieron las aguas bravas a su cauce. Ahora es fácil entenderlo, pero en aquel instante de vacío jerárquico no había al mando nadie capaz de definir una estrategia de alcance. Al dar ese paso al frente, Felipe VI asumió el riesgo de excitar los demonios del republicanismo irredento. La crisis catalana no contaba con el repudio manifiesto que tuvo la intentona de Tejero. El Monarca tenía que elegir, y eligió el criterio correcto: la defensa de las leyes, la supremacía del Derecho. No apeló al diálogo porque no podía hacerlo sin dar oxígeno a los insurrectos. Tuvo muy claro lo que estaba en juego, y ese fue el mérito que ha consolidado su reconocimiento. Lo que hizo fue recuperar para la Monarquía la estima de la mayoría del pueblo tras heredar un Trono en viva merma de crédito. Sí, pagó en Cataluña un cierto precio, pero las circunstancias no estaban para repartir protocolarios afectos, máxime cuando el objetivo de los secesionistas era y sigue siendo el de mandarlo a él y a todo lo que simboliza que es la soberanía nacional a paseo. Los ciudadanos supimos que había Rey en aquel día incierto. Lo que no hubo entonces, y sigue sin haber, es Gobierno.