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12 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA MARTES, 11 DE SEPTIEMBRE DE 2018 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO LA ABUELITA PAZ Su fachada era gratísima, pero a su paso dejaba el caos OY volveremos a soportar el ritual excluyente y fatigoso de la Diada, una marcha separatista montada sobre el insulto al vecino y una lectura mendaz de la historia. En una jornada tan regresiva reconforta recordar que otra Cataluña fue posible: la que cautivaba al resto de España exportando seducción en vez de ofensas. Millones de niños de todo el país sucumbimos al encanto de aquel Barça abierto, cosmopolita y melenudo de Cruyff, Neeskens y Sotil (hoy el club nos ha echado a patadas al volverse abiertamente antiespañol; es imposible querer a quien te detesta) En los años sesenta y setenta del siglo pasado, millones de chavales de toda España comenzamos también a leer con los tebeos de Bruguera, una editorial barcelonesa que inventó personajes que todavía hoy perviven en el imaginario colectivo del país que nos une a todos. Los más célebres, es evidente, son los patosos detectives de Ibáñez, los inmortales Mortadelo y Filemón. Pero los chavales de entonces también nos reíamos, o a veces nos apenábamos, con el hambre insondable del Carpanta de Escobar, o las trastadas que sus Zipi y Zape le gastaban a su progenitor, el redicho don Pantuflo Zapatilla; o con las chapuzas de Pepe Gotera y Otilio, la miopía surrealista de Rompetechos, los vecinos chiflados de la Rúe del Percebe 13... La editorial Bruguera, hija de su época, cascó en 1986. Pero su eco perdura. Uno de sus dibujantes, el pícaro madrileño Manuel Vázquez, incluso se convirtió en carne de leyenda y en 2010 Santiago Segura lo encarnó en una película. Mal sabíamos los niños que nos carcajeábamos con sus viñetas que en la vida real Vázquez era un bala, que llegó a dar con sus huesos en el talego en tres ocasiones, por sablista y hasta por bígamo. Un tarambana incorregible y chisposo, padre de once hijos con mujeres varias, que en los propios tebeos hacía autoparodia de su condición de moroso. De su rotulador salió el gran Anacleto, Agente Secreto (que también tiene su película) y las Hermanas Gilda, la Familia Cebolleta... Pero en 1969 ideó a la que a mí me haría más gracia: la Abuelita Paz. Se trataba de una anciana encantadora, con sus gafitas y su pelo bien compuesto, siempre correctamente atildada y con una sonrisa suave y acogedora en la comisuras de los labios. Pero, ay, aquella buena señora de tan grata fachada tenía un problema: en realidad no se fijaba en nada e iba dejando a su paso el caos. Sus palabras y gestos para la galería, muy bienintencionados, jamás se traducían en resultados positivos, pues circulaba por la vida sin reparar en el detalle, que es donde radica el diablo de las cosas y donde se diferencia la obra bien hecha del mero desiderátum quedabien. La aparente bondad de la Abuelita Paz era una pompa de jabón. Al final hacía más daño que bien. Y ustedes sabrán perdonar el cruce de cables, pues en realidad pretendía escribir sobre Manuela Carmena, quien lo ha hecho tan bien que quiere seguir siendo alcaldesa. Pero la memoria de la infancia me ha llevado por otros derroteros, que nada tienen que ver con tan eficaz política. H VIVIMOS COMO SUIZOS ROSA BELMONTE QUE PASE EL DESGRACIADO ¿Quién puede necesitar un máster en Estudios Interdisciplinares de Género? A ministra Montón ha dicho que hizo un máster para estar mejor formada. No lo necesitaba para trabajar y no lo necesito para trabajar Demonios, no me extraña. ¿Quién puede necesitar un máster en Estudios Interdisciplinares de Género? Eso es más inútil que la g de gnomo o un cenicero en una moto. Y una demostración del negocio absurdo y sacaperras de muchos estudios superiores. De género o de lo que sea. Y ahora que en Silicon Valley pasan de los títulos universitarios. Aunque a lo mejor, Montón (qué apellido) sí necesitaba el máster (no ese, cualquiera) para acceder al doctorado y a dar clase cuando dejara la política. Ha salido la ministra de Sanidad a aclarar que sí hizo el máster, como en la película de Ozores hicieron a Roque III, el trabajo (sobre reproducción asistida) y que puede acreditar su honestidad. Le ha faltado gritar, igual que Serena Williams, que ella no hace trampas, que tiene una hija a la que dar ejemplo (Montón hablaba de su embarazo) La señoritinga privilegiada de Serena Williams ha bramado en tutú (madre mía, si parece Baloo de El libro de la selva cantando y bailando el I wanna be like you con el rey Louie pero sin gracia) bramando, digo, como si de verdad fuera una mujer negra oprimida. Tan oprimida como Beyoncé u Oprah Winfrey ahora mismo. Si la juez de silla hu- L biera sido una mujer no le habría salido tan bien la jugada del falso sexismo, un ejemplo tan nefasto de lo que algunas creen que es el feminismo. Leo en el Washington Post que las mujeres negras son amonestadas en público a menudo cuando cuestionan la autoridad masculina. Hombre. Pero no Serena. Llega a llamar ladrona a una juez de silla y seguramente el resultado habría sido el mismo. Otra sanción. Y claro que tiene en parte razón y que la WTA, la organización femenina de tenis, la apoya. Pero esa escandalera de verdulera normanda, como la Léa de Colette se llamaba a sí misma, es tan impresentable como las Femen a pecho descubierto. Y encima pretenden que no hablemos del tamaño de sus tetas. No las enseñes. Me estás dando permiso. Pero volviendo a la ministra de Sanidad, mi parte favorita es la de No todos somos iguales (pausa dramática) ¡No todos somos iguales! Sonaba al Vámonos de María Jiménez. Que no somos iguales, dice la gente... Que tú eres un canalla y que yo soy decente Pero la ministra parece creer que es así. Y que su caso Nada tiene que ver con otros desgraciados casos Me gusta pensar que quiso decir con los casos de otros desgraciados Y ahí me acordé de la presentadora peruana Laura Bozzo cuando en su espantoso programa (después de que alguna mujer le contara malas experiencias con su marido o su novio) gritaba: ¡Que pase el desgraciado! Y entraba un tipo en el plató como los esclavos en la arena de Coliseo romano. Al pobre infeliz a veces hasta le zurraban. Esto no es el caso Cifuentes, el caso Casado o el caso Montón. Es el caso Universidad (los títulos eran del Instituto de Derecho Público de Álvarez Conde en la URJC) Para los políticos, haber cursado (o lo que fuera) ese máster es una maldición, como para otros haber rodado El conquistador de Mongolia (1956) cerca de un campo de pruebas nucleares. Murieron de cáncer John Wayne, Susan Hayward, Dick Powell o Pedro Armendáriz (enfermó el 41 del equipo) Vale, aquí no hay radiactividad ni cáncer ni muertos, pero sí consecuencias negativas. Muérete por una película de birria y acaba tu carrera por una birria de título. No está Laura Bozzo, pero el paseíllo de desgraciados del máster es un no parar.