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ABC DOMINGO, 26 DE AGOSTO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA ALGO TRAE EL POTOMAC ÁLVARO VARGAS LLOSA ¿HABRÁ IMPEACHMENT Parece que va a haber Donald Trump para rato L A sentencia contra un exjefe de campaña de Donald Trump y la autoinculpación de un antiguo abogado todoterreno del presidente han disparado las conjeturas sobre un impeachment del tremebundo personaje. ¿Será destituido? La respuesta es: no. Para la destitución del presidente, tendría que ocurrir una de dos cosas: que los demócratas capturen ambas cámaras del Congreso en los comicios de noviembre o que la presión popular por el impeachment sea de tal calibre que la mayoría republicana gane bastante más rebanándole al jefe el occipucio que salvándole el pellejo. Ni lo uno ni lo otro están hoy en perspectiva. Las encuestas otorgan a Trump una aprobación alrededor de 40 por ciento parecida a la de otros presidentes. Pero más importante que esto es lo que piensan sus votantes. Trump goza, en la base del partido, de una popularidad a prueba de balas. Casi un 90 por ciento de los republicanos lo respaldan; apenas 3 o 4 por ciento de los votantes de Trump cree que la sentencia contra Paul Manafort (un exjefe de campaña) y la autoinculpación de Michel Cohen (antiguo abogado del ahora presidente) revelan el patrón de conducta de la actual Casa Blanca. La mayoría ve hechos aislados o no sigue el asunto con interés. Manafort ha sido condenado por hechos no directamente relacionados con Trump y Cohen, que ha acusado al presidente de haber ordenado los pagos a dos mujeres que retozaron adúlteramente con él, es visto menos como el delator de un delito que como la víctima de una fiscalía que le ha puesto mucha presión para pactar un acuerdo de colaboración. El impeachment es un juicio político. La Cámara de Representantes acusa y el Senado juzga. En ambas tienen mayoría los republicanos. ¿Cuántos republicanos destituirían hoy a Trump sabiendo que eso provocaría una furibunda rebelión de la base contra ellos? El Partido Republicano ha pasado a ser el partido de Trump. Gracias a los inscritos recientes que comparten su credo nacionalpopulista y a los que se han convertido por desafección contra la élite, el partido es ahora el ejército civil del presidente. El republicanismo ha tenido muchas caras, desde la libertaria hasta la evangélica, pasando por la que lindaba, en tiempos de Nelson Rockefeller, con las posturas del partido rival o la más reciente de los neocons Hoy es el nacionalpopulismo de Trump el que marca la pauta. Queda la otra opción: un Congreso demócrata. Es probable que los demócratas ganen las elecciones de noviembre. Es probable, pero menos que lo anterior, que capturen la Cámara de Representantes; en cambio, es sumamente improbable que logren la mayoría en el Senado. Todavía las cifras no auguran un tsunami electoral como el que dio un gran vuelco al poder legislativo en 1994, en tiempos de Clinton, y 2010, en los de Obama. En la Cámara baja, los republicanos tienen 241 escaños contra 194 de los demócratas. La oposición necesita veinticuatro más para conquistarla e iniciar la acusación constitucional. Pero donde las cosas se ponen color de hormiga es en el Senado. Aunque la mayoría republicana es exigua (51 contra 49) sólo se renovará alrededor de un tercio de la cámara y los demócratas defenderán 26 escaños, de los que diez están en estados donde Trump ganó las presidenciales, mientras que los republicanos defenderán sólo nueve. Sin una estampida de los votantes de Trump, no habrá, pues, un vuelco en el Senado. Aun si lo hubiese, ¿estarían interesados los demócratas en un impeachment a pocos meses de la campaña para las próximas elecciones presidenciales sabiendo que se convertirían en un referéndum sobre esta decisión? Parece, pues, haber Trump para rato. IGNACIO CAMACHO SER FRANCOS El Gobierno busca un debate destemplado para etiquetar de franquista a quien rehúse implicarse en su fragor cainita Ni vivimos del pasado ni damos cuerda al recuerdo (Gabriel Celaya) L elegir el procedimiento unilateral, el del decretazo, para desenterrar a Franco, el Gobierno ha demostrado que busca un debate destemplado y largo. Quiere resucitar la memoria de un dictador olvidado para meter su figura en las conversaciones domésticas, en las de los bares y el trabajo. En vez de procurar un consenso que nadie habría podido negar, porque hasta los herederos admiten que los restos no yacen en el lugar adecuado, Sánchez pretende una polémica ruidosa que invada los medios y la calle de rencores arcaicos y garantice que las televisiones extranjeras le abran hueco en sus telediarios. Se trata de un viejo truco para disimular la ausencia de proyecto y de relato; si no tienes nada que ofrecer para el presente ni para el futuro, enreda todo lo que puedas con el pasado y suelta los demonios de la Historia para que dancen su rito macabro. En una sociedad madura, normalizada en su estructura cívica, este asunto quedaría en un pleito entre el Estado y la familia, un litigio rutinario que resolvería la Justicia. Pero el Gabinete pretende convertirlo, a falta de argumento mejor, en el eje de su acción política, para que todo el que sienta repugnancia, o simple piedad, por el trasiego de cadáveres quede etiquetado de franquista. Franquista el que rehúse participar de este fragor cainita. Franquista el que se oponga, franquista el que dude, franquista el que discrepe del método, franquista el que sugiera que existen asuntos más urgentes en este momento. Franquistas incluso los jueces que llegado el caso pudieran atreverse a anular el decreto. Franquistas los que se nieguen a admitir la prioridad nacional de este ritual tétrico, los que usen su autonomía de pensamiento para reclamar nuevas ideas en un tiempo nuevo. Franquistas los que consideren que pasar página del guerracivilismo no fue un error apocado sino un valiente acierto. Franquistas los españoles que deseen un país moderno y libre, al cabo de tantos años, de odios añejos y de estériles resentimientos. Franquistas quienes exijan que sus dirigentes se ocupen de los vivos antes que de los muertos. Franquistas quienes estén hartos de que la vida pública salga de la obsesión enfermiza por las trincheras y los cementerios. El gran estigma está preparado para recaer no sólo sobre la derecha y sobre la Iglesia, sino sobre cualquiera que cuestione la importancia imperativa de esta lúgubre agenda o solicite su encaje en una reflexión más serena. El formidable aparato de propaganda de la izquierda está listo para arrollar a quien disienta, aunque sea por simple pereza, de esta operación de obligatoria polaridad maniquea. El tribunal socialpopulista va a dictar condena incluso contra la indiferencia. Que, hablando francamente, va a ser la actitud más digna y sensata de protesta. A JM NIETO Fe de ratas