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8 ENFOQUE DOMINGO, 26 DE AGOSTO DE 2018 abc. es ABC Una agente del equipo de investigación SOCO (Scene of Crime Operations) inspecciona, en Manila, el cadáver de un toxicómano abatido en la guerra contra la droga PABLO M. DÍEZ Guerra sucia contra la droga en Filipinas Dispara primero, pregunta después PABLO M. DÍEZ ENVIADO ESPECIAL A MANILA Sin contar las catástrofes naturales que me ha tocado cubrir, en una semana en Manila haciendo reportajes sobre la guerra sucia contra la droga he visto más cadáveres que en toda mi vida. Desde ayer y hasta mañana, en ABC publicamos una serie de artículos sobre la sangrienta cruzada del presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, contra el shabú En tagalo, así se conoce a una potente metanfentamina que, fumada sobre papel de aluminio, tiene enganchados a cuatro millones de personas, sobre todo en los barrios de chabolas que abundan en Manila, los más miserables de Asia. Con el fin de acabar con los robos que protagonizan los drogadictos para pagarse sus dosis, Duterte ha respondido con más violencia, poniendo precio a la cabeza de los narcotrafican- tes y ordenando a la Policía disparar primero y preguntar después. En los dos años que lleva en el poder, han caído más de 4.400 sospechosos, una media de seis al día. Pero la cifra real podría ser mucho mayor porque hay 23.500 crímenes sin resolver, muchos de ellos cometidos por escuadrones de la muerte formados por policías y pistoleros al servicio del Gobierno. Así lo revela el sicario que hoy entrevistamos en páginas de la sección de Internacional. Mientras el histriónico Duterte agita la bandera del miedo y la seguridad para ganarse el voto de las clases medias y altas, los grandes narcos se libran de la caza por la corrupción reinante y el objetivo apunta a los toxicómanos y camellos de poca monta. En la violenta Filipinas, donde los guardas jurados de los bancos y centros comerciales vigilan armados con recortadas, el dinero vuelve a marcar la frontera entre la vida y la muerte. A pesar de todas estas injusticias y desigualdades, la pobreza, el tráfico siempre atascado y la contaminación, los filipinos siguen sonriendo y disfrutando de la vida como si se fuera a acabar mañana. Porque, precisamente, eso es lo que les espera a muchos. INTERNACIONAL