Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO, 18 DE AGOSTO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 11 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA INMIGRACIÓN INVIABLE En una nación apóstata ningún inmigrante es recibido con amor; pues sin ayuda sobrenatural es imposible el amor al enemigo N ADIE se atreve a reconocer que las sociedades fundadas en el multiculturalismo y la laicidad son, a la larga, inviables. Los pueblos nos recordaba Unamuno sólo se convierten en auténtica comunidad mediante la religión; y, cuando se pretende fundar una comunidad política sin una religión que la amalgame, sólo se puede alcanzar un sucedáneo fundado en la liga aparente de la aglomeración Entonces empieza la avalancha de inmigrantes; y salta hecha añicos esa liga aparente. En una nación donde existiera una comunidad fundada en la religión, la integración de los inmigrantes sería muy sencilla. Quienes no profesaran la religión fundante y fundente de la comunidad y no estuviesen tampoco dispuestos a abrazarla elegirían motu proprio otros destinos; y los que la profesaran o estuvieran decididos a abrazarla encontrarían el camino expedito y los brazos abiertos. La religión actuaría a la vez como puerta abierta y muro insalvable, sin necesidad de efectos llamada ni concertinas. La natural desconfianza que pudieran despertar entre muchos nacionales las personas de otra nacionalidad o raza la vencería en mayor o menor medida la ayuda sobrenatural, dependiendo del mayor o menor grado de sincera religiosidad que hubiese en esa nación; aunque, desde luego, cualquier menosprecio o muestra de racismo hacia los inmigrantes sería duramente castigada. Y, en cualquier caso, las muestras de xenofobia serían muy inferiores a las muestras de verdadera hospitalidad, que sólo es posible allá donde anfitrión y huésped se saben hermanos (por ser hijos del mismo Padre) En una nación multicultural y laicista (o sea, apóstata) ningún inmigrante es recibido con amor; pues sin ayuda sobrenatural es imposible el amor al enemigo (y no hay enemigo más evidente que el extranjero) Quienes los reciben con los brazos abiertos no lo hacen por amor, sino porque quieren utilizarlos políticamente, azuzando en la sociedad los antagonismos Laclau dixit que facilitan la dinámica revolucionaria; cuando no por odio sibilino a la religión de la que han apostatado. Y quienes los rechazan lo hacen porque quieren también explotar políticamente el miedo de muchas pobres gentes, que contemplan la llegada de inmigrantes como un asalto a su maltrecho bienestar No hace falta decir que en estas naciones nunca puede haber auténtica hospitalidad y mucho menos integración: la hospitalidad es suplantada por unos servicios sociales (tan frenéticos en apariencia como íntimamente desganados, y aun asqueados) que se pavonean ante las cámaras; pero, a la postre, el destino de esos inmigrantes es el gueto en los arrabales, que se tornará más conflictivo a medida que su población aumente y las condiciones de vida de sus pobladores sean más menesterosas. Las naciones así son, a la larga, inviables; y, mientras duran, no hacen sino sembrar discordias intestinas, a medida que crece su deterioro. En estas inviables naciones multiculturales y laicistas (o sea, apóstatas) es todo tan repugnantemente falso que hasta la Iglesia tiene que resignarse a su desnaturalización, para sobrevivir. Así, vemos cómo la Iglesia ejercita con los inmigrantes todas las obras de misericordia... corporales, a la vez que renuncia a la encomienda para la cual fue fundada, que no es otra sino hacer discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo Y, renunciando a su misión primordial (la salvación de las almas) se convierte en un capataz solidario al servicio del multiculturalismo y el laicismo (o sea, de la apostasía) Porque, allá donde hay auténtico amor, sólo puede florecer el amor falsificado. IGNACIO CAMACHO VICTIMISMO ANTE LAS VÍCTIMAS La memoria del atentado era un pretexto: en el relato paranoico de los nacionalistas, las únicas víctimas son ellos SE gesto de Torra, el de presentarle al Rey a la esposa del exconsejero encarcelado Forn, revela la convicción de los independentistas de que las verdaderas víctimas son ellos. Es lo único que les importa, el encaje de su relato paranoide en cualquier clase de acontecimiento. En la primera fila del acto de ayer estaban los familiares de los muertos, varios de los cuales eran por cierto extranjeros, pero al presidente catalán sólo le interesaba resaltar la ausencia de su correligionario preso. Al proclamar héroe civil a Forn, junto al mayor Trapero obviando la responsabilidad de ambos en el aparato de seguridad que cometió graves fallos previos el separatismo trata de mezclar la memoria del atentado con la del golpe de octubre y el referéndum: una manipulación procaz y sectaria, marca de la casa, con la que manifiesta de nuevo su ruindad impúdica, su grosera impostura, su esencial instinto fraudulento. Era una ingenuidad pensar que la mentalidad nacionalista renunciaría siquiera por un día a la exhibición de su martirologio torticero, pero hacerlo ante los deudos de los difuntos, desviando su protagonismo y pasando por encima de su sufrimiento, revela una falta de escrúpulo ignominiosa, un andamiaje moral abyecto. No cabe llamarse a engaño. La conciencia victimista, inoculada desde las instituciones autonómicas con una perseverancia sin desmayo, ha arrastrado a una parte de la sociedad catalana a un delirio de ensimismamiento trastornado. La monomanía persecutoria se ha convertido en el leit motiv político que guía el pensamiento de muchos ciudadanos firmemente convencidos de vivir bajo la opresión de un régimen autoritario. En esa ofuscación emocional colectiva no hay circunstancia ni acontecimiento que escape a un enfoque de agravio. Es el paroxismo de la cultura de la queja, de la externalización del fracaso: un desvarío autocompasivo que inventa un daño para señalar como único culpable al Estado. Sólo que hasta ahora, el lamento no había llegado al grado de suplantar el rol de las víctimas auténticas. El nacionalismo deformaba la realidad, creaba una mitología o tergiversaba la Historia con una ficticia narrativa de la independencia. Utilizaba su habilidad propagandística para construir un poder político basado en la gesticulación plañidera. Pero nunca se había atrevido a reclamar un papel preponderante por encima de la tragedia ajena. El atentado de las Ramblas le empujó a una dinámica de histeria que atravesó esa frontera con el designio de transformar el shock social en una cínica estrategia. Lo que Torra escenificó ayer supone una desaprensiva adulteración de la conciencia: escamoteó la importancia cenital de los caídos para señalar como prioridad institucional a los líderes de la revuelta. Eso es la Cataluña oficial de hoy: una estructura corrompida por una miseria moral tan imperdonable como obscena. E JM NIETO Fe de ratas