Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MIÉRCOLES, 15 DE AGOSTO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 11 TIEMPO RECOBRADO PERFIL DEL AIRE PACO ROBLES VIRGEN DE AGOSTO Cada uno con la suya. Con la de su pueblo, con la de su ciudad, con la de su barrio o su aldea. Y Dios encarnado en la de todos E L Café de Flore está cerrado. Por reforma, dice el cartel que aparece en un cristal que no refleja los rostros de aquellos intelectuales franceses que le pusieron cara, voz y pluma al existencialismo que marcó el mayo del 68. De todo aquello hace medio siglo. El tiempo suficiente para conseguir la necesaria perspectiva que nos permita el ejercicio del análisis. Si cogemos el bisturí desinfectado de la objetividad, veremos que aquello supuso un avance justo y necesario en algunas cuestiones que aún no se habían resuelto, como era el caso del ominoso racismo. Sin embargo, el fracaso se adueñó de la revolución de aquellos estudiantes cuyo confort nada tenía que ver con el de los obreros que no se sumaron a la causa. En el Café de Flore, Sartre impartía doctrina sobre la náusea mientras saboreaba los mejores cócteles y se ligaba a las periodistas que iban a entrevistarlo. Todo de juguete. Como el tuiteo o el feisbuqueo de hoy. Revolucionarios del pijerío. Intelectuales que viven divinamente del sistema que quieren combatir. Y que se dedican a criticar al populacho porque no les llega a los talones de su estética. De aquella pose viene la identificación de lo español con lo rancio. La España negra también era, y sigue siendo para esas mentes preclaras, de colorines. Paradoja que va más allá del absurdo que sirve de piedra angular para la filosofía existencialista. Basta con ver la cara de asco que ponen ante las fiestas como la que hoy se celebra en nuestra nación. La Virgen de agosto se desparrama por el viejo solar patrio en mil y una advocaciones que tienen que ver con la historia, con el lugar, con el rito y la costumbre. Lo religioso se mezcla con lo profano sin problema alguno. Los toros encierran en esos festejos menores los relatos que pergeñó Cela en El gallego y su cuadrilla, o esa novela a medio terminar que nos dejó Ignacio Sánchez Mejías y que el maestro Amorós zurció con precisión de filólogo para situarnos frente a la soledad del héroe. La Virgen de agosto se escribe con la uve de la verbena que canta Serrat, el niño del pueblo seco al que nunca podrá volver porque el paso del tiempo se lo impide. Situado en medio del mes y de la semana, el día de hoy debería hacernos reflexionar. O no. Tal vez la venganza ante la presunta y presuntosa superioridad moral de la progresía que nació hace cincuenta años consista en el silencio. En leer a Juan Ramón Jiménez para verter una lágrima interior por aquel pobre niño que, disfrazado de lo que no era en un día como el de hoy, parecía un niño rico. La venganza consiste en asumirnos como somos, en bailar a la luz de la luna o de las bombillas, en seguir el ritmo de Paquito el chocolatero sin que nos importe lo que puedan pensar los que necesitan que hagamos eso para sentirse, como los sartrianos del Flore, superiores a nosotros. Esta Virgen que vertebra el mes de agosto es el cabo de Buena Esperanza que dobla el verano en dos. Los que estamos de viaje dejaremos el horizonte del mar, de la sierra o de la ciudad soñada para volver a la dura y grata realidad. Desaparecerán las agujas góticas de Notre Dame o de la Conciergerie. No volverá a atardecer sobre las aguas del Sena, o no estaremos aquí para verlo, que a fin de cuentas es lo mismo. Ahora, en este silencio parisino propicio a la visión sosegada del arte, echamos de menos el bullicio, el incienso y la procesión, la vuelta a las raíces que supone siempre la Virgen de agosto. Cada uno con la suya. Con la de su pueblo, con la de su ciudad, con la de su barrio o su aldea. Y Dios, esa rémora para los existencialistas que negaban toda ciencia revestida de trascendencia, encarnado en la de todos. PEDRO G. CUARTANGO EL ARTE DE LA OMISIÓN Al presidente del Gobierno le iría mejor practicar ese arte de la omisión UELO dividir a los escritores en dos categorías. En la primera figuran los autores que se recrean en los detalles y necesitan explicar los hechos de forma minuciosa hasta apabullar al lector. En la segunda incluyo a los que prefieren contar lo esencial y dejar volar la imaginación del que se adentra en sus páginas. Ejemplo de la primera forma de escribir podrían ser Balzac y Dostoievski. El narrador francés describe una calle de París deteniéndose en cada edificio, cada portal, su historia y las personas que lo habitan. O dedica un par de páginas a contarnos cómo está amueblado el comedor de la pensión en la que vive Goriot. Dostoievski necesita una larga novela para explicar los remordimientos de Raskolnikov. Flaubert, en cambio, nos indica que Madame Bovary ha entrado en una calesa con su amante y que ha permanecido allí varias horas con las cortinas cerradas. Le bastan dos líneas para contar lo que a Balzac le hubiera llevado un capítulo de 30 páginas con profusión de detalles de lo que sucedía en el interior. A veces he pensado que genios como Balzac, Dickens y Dostoievski alargaban sus tramas porque eran publicadas por entregas en los periódicos y naturalmente cobraban en función de la extensión. El escritor francés, que siempre tenía deudas y era muy aficionado al lujo, desarrolló una técnica virtuosa para mantener en vilo a los lectores. Esta clasificación de los escritores se puede hacer extensiva a los políticos. Napoleón, Mussolini y Churchill, tres tipos totalmente distintos, eran aficionados a los largos discursos para conmover a su auditorio. Por el contrario, Cromwell, Bismarck y Stalin eran parcos en palabras, quizás porque no necesitaban justificación para ejercer su caudillaje. En España, los nuevos dirigentes como Rivera, Iglesias y Casado pertenecen más bien a la primera categoría. Les gusta hablar y dominan la oratoria, lo cual les suele crear algunos problemas. En cambio, Rajoy era muy dueño de sus expresiones y su parquedad le evitaba meter la pata. Todavía no sé en que clasificación encaja Pedro Sánchez. Dijo que convocaría elecciones de inmediato y cambió de opinión a los pocos días, prometió derogar la reforma laboral y parece que ha abandonado esa intención y, tras descalificar a Torra por supremacista, ahora le tiende la mano para negociar. Desde luego al presidente del Gobierno le iría mejor practicar ese arte de la omisión, que reside en guardar silencio y sugerir sin concretar. Creo que el mayor error de Sánchez ha sido prometer demasiadas cosas en muy poco tiempo. Si no se hubiera comprometido a nada, hoy no tendría ningún problema y muchos le atribuirían un gran talento. Y es que en política es más importante saber callar que dejarse llevar por la tentación de hablar. Por la boca muere el pez, como dice el viejo proverbio castellano. S JM NIETO Fe de ratas