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14 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA DOMINGO, 29 DE JULIO DE 2018 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO SIR MICK Un formidable entretenedor y, a su modo, un caballero sir Mick le acaban de caer los 75. Afortunadamente lo han pillado meneando el trasero por estadios atestados, como Twickenham, que todavía lo aclaman. Personaje bipolar, en las tablas es Mick, el cantante congelado en el tiempo, un entretenedor extrovertido y descarado, capaz de embutir su cuerpo cerbatana, fibroso y añejo, en ropas de pavo real tan exuberantes que en cualquier otro anciano darían vergüenza ajena. En la vida real o en la irreal, pues el show es su auténtica existencia se transforma en sir Michael Philip Jagger, un inglés de libro, como ya anuncia su careto de guiri, ese rostro cuarteado de viejo marinero indiferente. Sir Mick vive en Chelsea frente al parque de Battersea, no lejos de su batería Charlie, y gasta un termostato emocional difícil de calentar. Lejos quedan los colocones y el logo luciferino. Hoy, reserva y buena educación, la propia de un ex alumno de la London School of Economics (de donde lo apartaron el blues, la armónica y un gañancete con orejas de soplillo que conoció en el tren suburbial, un tal Keith) Cuando su novia alta y gótica, la diseñadora L Wren Scott, se ahorcó en Manhattan, el golpe alcanzó a Jagger en Perth, Australia, de gira con sus Stones. Acababa de cenar en un restaurante y estaba departiendo de críquet y fútbol con el camarero, que resultó ser inglés. Un auxiliar se le acercó y en voz queda le comunicó la desgracia. Jagger empalideció, pero todavía se esforzó por completar su charleta social con el camarero. La cortesía inglesa. Jagger ha sido un mujeriego en serie y un certero polinizador (raro es el noviazgo sin bebé) Su padre era profesor de gimnasia, el primero que apareció en televisión enseñando a los ingleses a hacer flexiones. El niño Mick lo acompañó en alguna de aquellas peliculillas. Los Jagger y los Richards vivían en la Suburbia hoy infinita del sur del Gran Londres. Keith ha contado que los parques de juegos de su niñez eran los solares astillados por las bombas del Blitz. En un país donde la ubicación social ronda lo patológico, los Richards eran clase media- baja, mientras que los Jagger eran clase media con aspiraciones. El matrimonio (a ratos divorcio) Mick- Keith ha sido la bendición y la maldición de Jagger, rehén de por vida de los Rolling Stones. El cantante ha puesto el método, el sentido del negocio y la laboriosidad que los ha agigantado. Pero nunca ha ocupado el corazón del aficionado como Richards, quien lo dejó tirado con la banda a cuestas en su década perdida de zombi- yonqui y que hoy parece un guitarrista cubista, que perpetra las clásicas con acordes tan minimalistas que cuesta seguirle el hilo. Nada de ese desaliño se verá en sir Mick, que continúa ofreciendo las más altas prestaciones (preso del deporte, comiendo como un pajarito y catando su bodega exquisita solo a cuentagotas) Me gusta Jagger, que nunca quiso ser un palizas sermoneador, solo un extraordinario entretenedor, nieto del music hall y líder en los sesenta de un futuro posible. Hoy, con la edad de Felipe González, aún sigue pidiendo Satisfaction en las tablas, porque sabe que en ningún lugar va a ser mejor. A PROVERBIOS MORALES JON JUARISTI PREHISTORIAS Una buena lectura, de extensión perfecta para el verano, sobre el arte prehistórico NA conferencia oída en Soria, el pasado 18 de julio, al arqueólogo Juan Antonio Gómez Barrera, que presentaba su biografía de Blas Taracena Aguirre (1895- 1951) alumno de Antonio Machado que llegó a director del Museo Arqueológico Nacional, volvió a despertarme la necesidad de leer sobre prehistoria. Así que, ya en Madrid, la emprendí con un libro recién aparecido en la Colección Ensayo de La Huerta Grande: Releyendo la Prehistoria, del catedrático de Prehistoria de la Universidad de Cantabria Manuel González Morales. Lo he devorado (el libro, no al prehistoriador) en un par de sesiones. González Morales ha reunido artículos y conferencias publicados e impartidas con anterioridad, con un nexo común: el del arte parietal del Paleolítico, y, en particular, el de la parte española de la región francocantábrica, empezando, claro está, por Altamira. El primero de los ensayos reivindica la figura de Marcelino Sanz de Sautuola, pero también la de Émile de Cartailhac, que se ha querido oponer a aquél como su implacable detractor y perseguidor. Con muy buen sentido, González Morales subraya la cordial relación que ambos personajes mantuvieron siempre desde unas posiciones científicamente solventes aunque enfrentadas: Sautuola defendía la hipótesis de la antigüedad de las pinturas de Altamira; Cartailhac se negó a aceptarla durante varios años por parecerle insuficientemente fundada. La admitió finalmente, cantando una ho- U nesta palinodia, su Mea culpa d un sceptique (1902) González Morales atribuye la leyenda de la enemistad de Cartailhac y Sautuola al prehistoriador y sacerdote Jesús Carballo (1874- 1961) que tuvo vara alta en la arqueología cántabra durante muchos años del pasado siglo. Pero, sobre todo, arremete contra el infame guión de la película Altamira (2016) de Hugh Hudson. González Morales observa que es absurdo imputar a la Iglesia acusación alguna de fraude contra Sautuola: una Altamira paleolítica reforzaba los argumentos antievolucionistas de la jerarquía eclesiástica. Por el contrario, fueron investigadores comisionados por la Institución Libre de Enseñanza los que más duramente se enfrentaron a las tesis del prehistoriador cántabro. Otro de los artículos más sabrosos es el de la relación entre trenes, balnearios y descubrimientos de pinturas rupestres. La relación entre aguas termales y asentamientos humanos en el paleolítico ya había sido sostenida por algún prehistoriador (o prehistoriadora) en tiempos recientes. González Morales recoge la idea, pero le da un sesgo sorprendente: desde la segunda mitad del XIX se construyen balnearios junto a los manantiales de aguas termales en distintos puntos de la zona francocantábrica. Dada la alta demanda de este tipo de establecimientos por el nuevo turismo mesocrático, aparecen líneas ferroviarias para facilitar el acceso a los mismos. Los prehistoriadores se benefician de estas nuevas modalidades de transporte y alojamiento, y los descubrimientos se multiplican exponencialmente. Una sola reflexión de González Morales no me resulta convincente: la apelación al origen africano del homo sapiens (los pintores de Altamira fueron negros, afirma) para combatir las reclamaciones xenófobas y racistas contra la inmigración. El argumento subyacente quizá no sea racista, pero no se sostiene. Que nuestros lejanísimos antepasados fueran de piel oscura, ¿que tiene que ver con el rechazo o la simple prevención ante las oleadas migratorias actuales? Es una pena que el autor, sensible en general a los desmanes de la corrección política cuando de ciencia se trata, no sepa verla en sí mismo cuando trata de dar lecciones de política como científico.