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ABC VIERNES, 20 DE JULIO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 EL BURLADERO UNA RAYA EN EL AGUA CARLOS HERRERA MERCROMINA VS. CIRUGÍA RECONSTRUCTIVA ¿Qué moral puede tener la tropa viendo a sus dos expresidentes incomunicados e incomunicables? L PP no le sientan bien según qué experimentos, y esta elección de líder por parte de la militancia, corroborada o no por procuradores en un congreso posterior, está dejando el patio con demasiadas manchas de sangre, de esas que coagulan, se pegan y son difíciles de aclarar (la sangre de la derecha española parece que coagula de forma diferente a como lo hace la de la izquierda) Digamos que trámites de refriega como los que se viven en el ámbito popular resultan más asimilables en el PSOE por su tradición más festivalera y por estar más acostumbrados a los alborotos y enfrentamientos: en el PP por el contrario, des, de que Aznar refundara la vieja AP sólo hubo escaramuzas (no declaradas como enfrentamientos) en el congreso de Valencia y en el tiempo en el que el Líder Supremo ultimaba los detalles de su Libreta Azul. Lo demás no ha tenido nada que ver con este endemoniado invento de primarias que le ha impuesto al PP... el resto de partidos. Una vez llegados a este punto y una vez elegido a presidente a, será curioso observar cómo hará la Ejecutiva victoriosa para unir un partido que está hecho unos zorros, con una brecha monumental de por medio y con enemistades afloradas de difícil reconversión. Muchos piensan en las primarias norteamericanas, esas en las que los candidatos del mismo partido se arrean sin contemplaciones y que, después, pasada la elec- A ción, protagonizan reconciliaciones espectaculares: hay claras diferencias, los norteamericanos llevan muchos años en ello, en el indisimulable pragmatismo, y los partidos no son más que maquinarias electorales activables cada cuatro años. Aquí un partido es una maquinaria burocrática incapaz del letargo invernal que viven en EE. UU. los pocos funcionarios que mantienen viva la estructura. En esta España cualquier partido es una suerte de megaministerio, delegaciones incluidas, que jamás descansa y jamás deja descansar. El nuevo líder popular deberá hacer frente, pues, a tareas delicadas. Le espera un negro panorama judicial, una reconstrucción complicada y un panorama electoral incierto. El Gobierno de Sánchez ya se encarga de ir tejiendo un nuevo cordón sanitario semejante al que urdió para desalojar a Rajoy del poder, solo que esta vez aspira a darle carácter permanente: de ahí su insistencia con Franco o sus intentos de situarles en la ultraderecha. Las elecciones municipales y autonómicas, por demás, de no llegar a tiempo con el partido engrasado y las cicatrices cosidas, pueden suponerle perder los feudos que aún le quedan y obligarles casi a una refundación. ¿Qué habrán de pensar muchos candidatos viendo esta guerra disimulada de vídeos con que acusar al rival de indefinición ideológica, ser más de lo mismo o no tener experiencia? ¿Qué moral puede tener la tropa viendo a sus dos expresidentes absolutamente incomunicados e incomunicables? Ante ese panorama, es difícil saber quién tiene asegurados más votos, porque los electores suelen mentir en ocasiones y Nuñez Feijóo aún no ha decantado su dedo a la hora de escribir este suelto (es hasta probable que desee un líder que pase el trámite de este tiempo para no comerse él el marrón y aparecer como salvador dentro de dos años) pero a quien resulte ungido me permito aconsejarle algo: vendan la sede de Génova, externalicen la administración del partido y muévanse a una zona de expansión en la que construir una sede de paredes transparentes donde, sin obviar elementos fundacionales esenciales, comiencen un reload visible por toda la sociedad en el que no dejen áreas vacías para el crecimiento de otras formaciones políticas. Pocas ideas, si quieren, pero claras. Y algo más que mercromina para sanar los rasguños: cirugía reconstructiva, a poder ser. IGNACIO CAMACHO JEREMÍAS Llarena está solo como un profeta en el desierto. Su razón jurídica se ha vuelto antipática en el actual contexto P JM NIETO Fe de ratas RODUCE tristeza escribirlo, pero el juez Llarena se está quedando solo. Y no solo ante el peligro sino solo en la soledad de su esfuerzo por perseguir y castigar el golpe del separatismo. Con el Gobierno en vías de desistimiento, la Fiscalía buscando el modo de ponerse de perfil, Ciudadanos en un papel testimonial de oposición en Cataluña y el PP momentáneamente desaparecido, el magistrado del Supremo es casi el único representante del Estado empeñado en que no quede impune un flagrante delito. Y aunque la desidia general no parece haber menoscabado su autonomía ni aflojado su ímpetu, empieza a producir cierta melancolía contemplarlo cada vez más desasistido, más desamparado, más aislado en el centro de un laberinto jurídico. Como si hacer justicia sobre la insurrección de octubre se hubiese vuelto un fastidio, una obsesión personal suya, un rollo cansino. Llarena es en estos momentos una especie de héroe civil abandonado en medio de un páramo. Con todos los defectos que pueda tener su prolija instrucción, constituye la última barrera institucional que el independentismo todavía no ha saltado. El suyo es un cometido incómodo porque de repente en la política se ha producido un cambio de escenario y la maquinaria procesal que investiga la rebelión se ha convertido en un conflictivo estorbo para la construcción de un nuevo relato. El presidente Sánchez y sus aliados disimulan mal lo mucho que les convendría una rebaja de los cargos para que el juicio contra los líderes de la intentona no estropee su estrategia de aplacar los ánimos. Pero el juez, que ha levantado con paciencia y tesón el mapa completo del motín, no está dispuesto a componendas que malversen su trabajo. Rodeado de un ambiente de voluntaria incuria se ha tomado con estricta responsabilidad la dirección del sumario. Su decisión de rechazar la extradición condicional de Puigdemont representa un gesto de indeclinable coherencia. Protege el principio de igualdad ante la ley contra una intromisión externa, e introduce en su escrito una razonada protesta. Porque no se trata de una discusión técnica ni de discrepancias entre colegas sino de que el tribunal alemán, en su extravagante fallo, ha otorgado a una versión de parte rango de prueba y ha decidido por su cuenta que ni el referéndum ilegal ni la declaración del Parlamento catalán pretendían juicio de intenciones la consecución real de la independencia. Ningún profesional de la toga podría aceptar esa superficial injerencia que cuestiona su estatus jurisdiccional con prejuiciosas conjeturas e hipótesis torticeras. Sin embargo, esa obstinada energía de criterio deja una sensación de braceo contra corriente en el actual contexto. Pertrechado de una razón que se ha vuelto antipática en un marco sobrevenido de silencioso apaciguamiento, Llarena se mueve con el aire jeremíaco, casi doliente, de un profeta en el desierto.