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ABC MARTES, 24 DE ABRIL DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 15 VIDAS EJEMPLARES TRIBUNA ABIERTA LA POLÍTICA, EN EL BASURERO POR VÍCTOR TORRE DE SILVA El descrédito generalizado de la política resulta muy peligroso, porque tras la crítica así, globalmente se esconde una deslegitimación del sistema democrático A polémica generada en estas últimas semanas en relación con el título de máster de la presidenta de la Comunidad de Madrid, y con otros títulos académicos dudosos que han aparecido en el horizonte, supone un golpe más, el enésimo, al prestigio de los que se dedican a la política. Cuenta Juan José Laborda, antiguo presidente del Senado, que una de las mayores satisfacciones que tuvo en los comienzos de su vida pública ocurrió poco después de las elecciones generales de 1977, en las que resultó elegido senador por Burgos. Una señora que por su apariencia y conversación mostraba que no le había votado se le acercó, en el paseo del Espolón, y le expresó lo orgullosa que estaba de que él hubiese sido elegido por la provincia y lo mucho que esperaban los burgaleses de su trabajo parlamentario. Como destaca el propio Laborda, hoy en día esto sería inconcebible. Ahora que se cumplen cuarenta años de la Constitución cabe preguntarse: ¿qué ha pasado con la política en España? ¿qué ha ocurrido para que en los últimos barómetros del CIS, desde noviembre de 2017 a marzo de 2018, los españoles respondan que el primer problema nacional, tras el paro y la corrupción, es los políticos en general, los partidos y la política Desde luego, la política se ha profesionalizado hasta extremos insólitos. Hemos hecho de la política, más que una profesión, un sacerdocio, incompatible con cualquier otra cosa. La combinación de las leyes electorales, los reglamentos parlamentarios y las normas locales exigen casi siempre una dedicación absoluta a la política, excluyente del resto de ocupaciones. Además, si uno la deja e intenta trabajar en alguna empresa, pública o privada, enseguida viene la acusación de puerta giratoria de haberse beneficiado de su cargo anterior. Sólo los funcionarios públicos tienen posibilidad de salir de esta jaula más o menos indemnes, con lo que no es extraño que estén sobrerrepresentados en los distintos partidos, como destacó ABC el pasado 16 de abril. Todo esto produce endogamia. Si el único futuro profesional del político es la política, parece lógico que quiera progresar y que patrimonialice su propio partido: el partido pertenece a sus líderes y toda persona ajena que se incorpore es visto como un rival, con desconfianza. Por lo mismo tampoco se intenta atraer a nadie, más allá de algún fichaje con impacto mediático, cada vez más difícil. Se establece así un verdadero muro de separación como el que propugnaba Jefferson entre Iglesia y Estado, sólo que esta vez entre sociedad y política. La endogamia implica también una pérdida de talento notable. Ya no son los más inteligentes ni los más preparados los que se dedican a la política, los filósofos a los que aludía Platón en La República. Es gente que por circunstancias diversas en su juventud optó por esa profesión. Además, esta dinámica refuerza de modo colosal la jerarquía interna de los partidos. Como fuera de ellos no hay ningún futuro profesional, el jefe no solo tiene la zanahoria de la promoción interna, sino también el palo capaz de arrojar a las tinieblas exteriores. La situación desemboca entonces en una ausencia absoluta de crítica interna. Por si fuera poco, esto determina una escasa resistencia a la corrupción. El que no sabe hacer otra cosa que trabajar en la política posee poderosos incentivos para mirar a otro lado y no denunciar prácticas corruptas. Y una vez que las conoce, es fácil que pase a ser encubridor, y luego cómplice, y luego tal vez autor... Sin duda, la corrupción ha sido un elemento esencial para el desprestigio de la política en España. LUIS VENTOSO QUE VAYA OTRO ¿Por qué nos tiene que representar un tío que nos desprecia? L Festival de Eurovisión es espuma de cerveza. Un desparrame de frivolidad algo locuela, envuelta en láseres, lentejuelas, disfraces inenarrables y un ratio delicioso de frikis por metro cuadrado, tanto en el escenario como en los graderíos de los eurofans Cantantes imposibles. Melodías chicle mil veces regurgitadas. Baladas desgarradas de cartón piedra. Jevis de saldo. Jabatas rompedoras y gachós con pectorales de gladiadores. Pastorcillos del Tirol o Albania sorprendiéndonos con su folclore psicodélico. Poperos de Azerbaiyán o Letonia con tupés que merecen el premio Pritzker de arquitectura con laca. Cantantes españoles más malos que la quina y en los últimos años ridículamente abonados al inglés... Pero ahí, en su desacomplejada insustancialidad pop, radica el indudable encanto kitsch del festival. Eurovisión es lo que los anglosajones llaman un placer culposo en el que todos sucumbimos más de una vez. Sin embargo, aun siendo un asunto menor, el certamen presenta una peculiaridad. A diferencia del Festival de San Remo, donde los cantantes se representan a sí mismos, aquí acuden defendiendo la bandera de un país. Hay una cierta honrilla nacional en juego. España lleva una racha eurovisiva equiparable a los resultados electorales del gran Sánchez: hemos pasado del resbalón al descalabro. Pero este año el país se ha ilusionado con dos chavalillos, Amaia, pamplonica de 19 años dotada de un vozarrón, y su novio televisivo, Alfred, un chico de 21 del cinturón de Barcelona. Fueron promocionados a través de OT y TVE nos ha endilgado su canción hasta en la sopa (raro es el Telediario sin el inefable estribillo) Hasta ahí todo normal: un pasatiempo blanco vendido a través de la habitual mercadotecnia televisiva. Ayer se celebró en Cataluña Sant Jordi, donde se regalan libros y rosas. A solo tres semanas de representar a su país en Eurovisión, el tal Alfred, hijo de Alfredo García y María Jesús Castillo, descendiente de una familia de rumberos, obsequió a su amada con una novela titulada España de mierda del cantante Albert Pla. En algunas de sus ediciones, la portada del libro es una estelada. Qué risa. Ahora unas preguntas: ¿Se permitiría el ocurrente Alfred el lujo de regalar en Barcelona un libro titulado Cataluña de mierda Tengan por seguro que no, porque se lo comerían crudo por facha ¿Está capacitado para representar a España alguien que decide molestar con tan poco juicio a sus compatriotas, que lo han apoyado con afecto y hasta han pagado con sus impuestos su promoción, pues TVE la abonamos a escote? ¿Podemos deducir que algo le pasa al buen Alfred con España, toda vez que en 2014 subió a su cuenta de Instagram fotos pro Diada y pro independencia? Conclusión: sobran triunfitos por España adelante, pues brotan como setas, capaces de hacerle los coros a la gran Amaia con igual solvencia que este muchacho. Así que sería un detalle que mandasen a Lisboa a otro. Muchos españoles no queremos que nos represente un tipo que nos desprecia, aunque sea en un circo musical intrascendente. Y es que el asunto al final no es tan anecdótico: no podemos seguir adulando a gente que nos rechaza. L E ABC El descrédito generalizado de la política resulta, sin embargo, injusto y muy peligroso. Injusto porque en su inmensa mayoría los que se dedican a ella son gente honrada, que quiere prestar un servicio a sus conciudadanos, a veces a costa de sacrificios personales y familiares. Y peligroso porque tras la crítica a los políticos así, globalmente, se esconde una deslegitimación del sistema democrático. La historia está llena de caudillos carismáticos que han implantado sus dictaduras con la promesa de salvar a la Patria de los políticos corruptos La Transición española logró atraer a la política a una oleada de personas con ideales de transformar la sociedad, animadas a dar lo mejor de sí, que prestigiaron la dedicación a la cosa pública. Ojalá, con algunas reformas y no pocos cambios, logremos invertir la tendencia de las últimas décadas y volver a apreciar el noble arte de la política. No sería pequeña empresa. VÍCTOR TORRE DE SILVA ES PROFESOR DE IE LAW SCHOOL