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ABC JUEVES, 12 DE ABRIL DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 11 EL CONTRAPUNTO UNA RAYA EN EL AGUA ISABEL SAN SEBASTIÁN MOFA ALEMANA SIN RESPUESTA No consigo explicarme el silencio del Gobierno, salvo que su objetivo sea dejar a Puigdemont indefinidamente en Alemania T RES jueces alemanes de una corte estatal menor se mofan del Tribunal Supremo de España y a nuestro Gobierno le parece bien. O al menos no le parece lo suficientemente mal como para quejarse pública y ruidosamente al país que ampara tamaña afrenta por boca de su ministra de Justicia. ¡No doy crédito! La noticia me pilló en el corazón de los Estados Unidos, donde una bofetada semejante habría sido respondida con la contundencia debida, fuese cual fuese el inquilino de la Casa Blanca: Trump, Obama, Clinton o Bush. Ningún presidente habría puesto mansamente la otra mejilla, como ha hecho Mariano Rajoy, apelando al respeto debido a la independencia judicial. ¿Acaso la necesidad de acatar la decisión de un tribunal extranjero impide a nuestro líder patrio defender la dignidad gravemente atacada de nuestra más alta instancia nacional? Porque eso es exactamente lo que han hecho esos tres togados de Kiel. Anteponer su criterio, escasa o nulamente informado, al de la corte de casación española, haciendo mangas y capirotes de los principios en los que se basa la Justicia con mayúsculas, la euroorden cursada por el juez Llarena y desde luego la Unión Europea, constituida por naciones libres, democráticas y presuntamente movidas por los mismos ideales. No entro a valorar los motivos que han llevado a esos tres jueces alemanes a proteger con tal celo al prófugo Carles Puigdemont, acusado de rebelión y malversación de caudales públicos. Habiendo residido en Alemania (Frankfurt am Main) me consta la condescendencia ciertamente altiva e impregnada de supremacismo con la que nos miran a los españoles muchos compatriotas de la señora Merkel. Tal vez de supremacistas a supremacista se hayan reconocido entre sí y alumbrado una corriente natural de simpatía, nacida de un sentimiento común de superioridad con respecto a lo español. Tal vez el prestigio local y o las influencias del carísimo abogado contratado por el golpista haya pesado más en la decisión de esos magistrados que cualquier argumento jurídico. O acaso haya que buscar razones todavía más oscuras y por ende menos confesables. En lo que atañe a la señora Katarina Barley, representante del ala izquierda del socialismo germano, es de suponer que le habrá bastado la satisfacción de propinar una patada a un Ejecutivo de derechas y, de paso, crear un problema a la canciller con quien se ve obligada a gobernar pese a detestarse mutuamente. ¿Qué más le da a ella lo que ocurra en Cataluña? Es probable que ni siquiera sepa situarla en un mapa. Existen muchas causas susceptibles de explicar el desplante tan gratuito como intolerable sufrido por el juez Llarena, el Tribunal Supremo y la nación española en su conjunto a manos de tres jueces alemanes, la ministra de Justicia de dicho país y, por consiguiente, Alemania. Ninguna de ellas sirve ni remotamente el interés de la Justicia o los derechos humanos. Antes al contrario, cualquiera de ellas convierte en papel mojado ese gran logro que fue la euroorden, daña gravemente las relaciones de confianza y cooperación que han de regir en el seno de la UE, pone en cuestión el concepto Estado de Derecho de los miembros que la integran y perjudica por tanto la seguridad colectiva y la razón de ser de la Unión. Lo que no consigo hallar es una sola razón que explique el vergonzoso silencio de nuestro Gobierno. La aceptación sumisa de esta ofensa. Salvo que el objetivo de Moncloa sea quitarse el muerto Puigdemont de encima, dejándolo indefinidamente en Alemania, Bélgica o donde sea, con tal de que no aparezca por aquí. En cuyo caso (en absoluto descartable) solo nos quedaría Llarena. IGNACIO CAMACHO EL MONOPOLIO ÉTICO Para cualquiera que no padezca hemiplejía moral, la presión sobre Cifuentes invalida a Errejón como candidato I Cristina Cifuentes cae, y es probable y obligatorio si ha mentido que caiga, Íñigo Errejón no puede ser candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Exactamente por la misma razón: porque disfrutó en condiciones irregulares, y por cierto cobrando mientras al menos Cifuentes pagaba, de una beca de investigación en la Universidad de Málaga. La causa penal sobre este asunto fue archivada; no así el expediente universitario que lo inhabilitó para nuevos contratos al dar por comprobadas dos infracciones: el incumplimiento de la obligación presencial y la percepción de emolumentos incompatibles por asesoría política con la asignación becada. Sustanciada ya la sanción, Podemos lo mantuvo como candidato al Congreso, donde aún ejerce como diputado... junto al profesor que lo enchufó y ahora es su compañero de filas parlamentarias. Las imposturas y falsedades curriculares de dirigentes adversarios que ha aventado estos días el PP en su estrategia del ventilador sólo prueban que la titulitis es un problema transversal en la dirigencia política española, quizá porque muchos de sus integrantes son conscientes de su escasa formación e intentan inflarla con simulaciones y chapuzas varias. Unos episodios son más graves que otros, aunque ninguno resulta ejemplar, y desde luego no sirven para exculpar las presuntas responsabilidades de la presidenta. Si ésta mintió o hizo trampas se tiene que ir y no hay más que hablar, por mucho sesgo tendencioso que sufra la derecha en el juicio social de sus comportamientos. Pero el caso de Errejón constituye un paradigma flagrante de supremacía autoconcedida, de doble rasero. Cometió una irregularidad contrastada en el mismo ámbito académico y además aspira al preciso cargo que ocupa la protagonista del actual escándalo. De toda la nomenclatura radical- populista, él es el postulante menos adecuado. La presión que su partido ejerce sobre Cifuentes lo invalida por razones obvias para cualquiera que no padezca esa clase de hemiplejía moral que divide la vida entre malos y buenos o entre propios y extraños. Quizá ésa sea la razón, siquiera estética, por la que se mueve en un discreto segundo plano, posponiendo la formalización de su candidatura ante la impaciencia de un Pablo Iglesias que le urge a presentarla. El líder de Podemos no aprecia ninguna contradicción ni impedimento, ni rebaja una micra de arrogancia. Está acostumbrado de forma natural a que el simple hecho de proclamarse de izquierdas conceda a cualquier sujeto una posición de ventaja y lo sitúe automáticamente en el lado correcto, en ese monopolio ético en el que está prohibido arrepentirse de nada. Qué cómodo debe de ser ir por el mundo con ese desparpajo tan prepotente y desenvuelto, con esa autoconvicción sectaria, con esa confortable y blindada certeza de que todos los que no son como uno circulan en la dirección equivocada. S JM NIETO Fe de ratas