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ABC SÁBADO, 7 DE ABRIL DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA VERDADES DOLOROSAS Pero no hay error más calamitoso que querer encontrar en el corazón (podrido) de Europa el remedio a nuestras calamidades I España no estuviese enferma y gangrenada, este amargo trago de la crisis catalana serviría como revulsivo; y los españoles renegarían de los demagogos y señalarían sin temblor las causas de su calamidad. Pero España está enferma y gangrenada, así que nos ocurrirá lo mismo que en la narración de las Siete Copas del Apocalipsis, donde después de que se derrame sobre el mundo cada una de las plagas los hombres, en lugar de renegar y arrepentirse de sus errores... ¡perseveran en ellos! Para solucionar cualquier calamidad hay primero que detectar sus causas y actuar contra ellas. Pretender solucionar las calamidades utilizando sus causas como remedios es locura; pero este es el camino de perdición por el que se nos obliga a transitar, cuando nos dicen que los remedios contra el separatismo son Europa y la Constitución. La Constitución de 1978, en su afán por lograr el consenso sin renunciar a los apaños, dio carta de naturaleza a la mayor perversión política que uno imaginarse pueda, según la cual las ideas contrarias a la supervivencia de la comunidad política pueden tener cabida, con tal de que sea por vías democráticas Tamaña perversión sólo es concebible en una época que ha renunciado a conocer la naturaleza de las cosas y se conforma con cambalaches de la peor índole. ¿Cómo se puede siquiera concebir que en el seno de una comunidad política S se considere legítimo defender ideas que atentan contra su integridad? Pues esto es lo que permite, ampara y patrocina nuestro orden constitucional; aberración que sólo pudo ocurrirse a personas que antepusieron los intereses coyunturales sobre los principios (tal vez porque no los tenían) Es inevitable que una perversión de fondo tan monstruosa acabe provocando la descomposición de la comunidad política que la permite. Pero no hay error más calamitoso que querer encontrar en el corazón (podrido) de Europa el remedio a nuestras calamidades. El engendro europeísta fue creado para que los pueblos invadidos de nieblas germánicas pudiesen someter a los pueblos bendecidos por la claridad latina. Y este engendro ha desnacionalizado por completo España, ha aminorado el patriotismo hasta extremos de consunción y ha creado un clima postestatal en el que la supranacionalidad europea ha disuelto al modo del aguarrás cualquier signo de pertenencia y vinculación entre los pueblos de España, a la vez que nos ha convertido en rehenes de burocracias extranjeras vacías de toda idea moral. Y esas burocracias anhelan ver a España convertida en un eterno duelo a garrotazos goyesco. Esa es la España pintoresca y tremendista que les gusta, esa es la España que complace sus anhelos de supremacía. Resulta, en verdad, indignante que los demagogos nos hayan embaucado con el cuento de que la solución a la crisis catalana nos vendría de Alemania. ¡De la nación que nos ha enfermado con todas las plagas imaginables, desde aquella plaga inaugural extendida por un fraile amargado hasta las plagas más chuscas, como aquel krausismo que entregó España a las logias! Sólo a los demagogos se les puede ocurrir que de semejante mezcla explosiva de constitucionalismo y europeísmo, causas principales de los males que nos han enfermado y gangrenado, pueda salir el remedio que nos salve. Mientras no aceptemos esta verdad dolorosa y perseveremos en el error no haremos sino atraer nuevas plagas sobre nuestras cabezas. España sólo se podrá salvar si sigue aquel consejo que Ángel Ganivet, parafraseando a san Agustín, nos ofrecía en el Idearium español: Noli foras ire; in interiore Hispaniae habitat veritas IGNACIO CAMACHO CONVENCIÓN SIN CONVICCIÓN El PP se siente en un bucle de contratiempos entrelazados, bajo la impresión indefectible de despeñarse cuesta abajo UY a fondo tendrá que emplearse Mariano Rajoy en la convención del PP si quiere infundir confianza y aliento a sus deprimidos cuadros. El presidente está acostumbrado a resistir asedios, pero no es el hombre más idóneo para transformar un estado de congoja en otro de entusiasmo. La capacidad de motivación no figura en el catálogo de virtudes de su liderazgo. La va a necesitar sin embargo porque, aunque en Sevilla huele a feria, el partido se halla en estado de abatimiento y zozobra, a punto de desmayo. No se trata ya de que militantes y dirigentes noten en el cogote el resuello apremiante de Ciudadanos, sino de que son ellos mismos los que empiezan a verse rezagados. La reunión de este fin de semana, pensada para galvanizarlos, llega en un momento de pánico. Con las encuestas en contra, Cifuentes acorralada y Puigdemont liberado, la nomenclatura popular se siente en un bucle de contratiempos entrelazados y bajo la impresión indefectible de despeñarse cuesta abajo. El pesimismo en torno a la presidenta madrileña se ha vuelto espeso, pegajoso, compacto. Con ella presente, en busca de una foto con Rajoy, no va a haber otro tema real de conversación ni modo de eludir el morbo mediático. En la capital de los ERE, la oportunidad de rentabilizar el juicio al régimen socialista se ha disipado. La cabeza de Cifuentes huele a pólvora a corto o medio plazo. El mastergate tiene mala pinta, agravada por incómodas revelaciones a cada rato; la dirección esperaba que la comparecencia del miércoles despejase de dudas el cónclave sevillano pero en vez de eso ha servido para recrudecer el escándalo. Sus compañeros no saben exactamente a qué se enfrentan porque la interesada, cerrada en banda, no está dispuesta a revelarlo. La apoyan sin convicción, con la boca pequeña y temerosos de que una hoguera que no controlan les queme las manos. Podían resistir mal que bien la trituradora de las televisiones y el toma y daca político, pero ahora están ante el peor escenario: la intervención de la Fiscalía y el sálvese quien pueda en la Universidad Rey Juan Carlos. Es la última clase de asuntos que puedan servir para generar autoestima o insuflar ánimos. Y por si fuera poco para enrarecer este ambiente de moral resquebrajada, la justicia alemana lo ha viciado aún más con su varapalo. La excarcelación del prófugo Puigdemont desautoriza a la justicia española, al Gobierno y a todo el Estado; da alas al independentismo y deja en el país un sentimiento derrotista, impotente, de fiasco. Es un golpe serio para toda la nación, pero más aún para un marianismo al que el conflicto catalán se le ha atascado. El partido entero es consciente del coste electoral de la revuelta de octubre y de quién lo está rentabilizando. Y les va a resultar a todos muy difícil aparentar coraje y energía cuando en su procesión interior desfila un cortejo de malos presagios. M JM NIETO Fe de ratas