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ABC LUNES, 2 DE ABRIL DE 2018 abc. es internacional INTERNACIONAL 29 ABDELFATAH AL SISI El oligarca militar Encarna la penitencia sufrida por Egipto tras el fracaso de la revolución de Tahrir. Desprecia la política y ama y cuida al Ejército, al que ha enriquecido con prósperos negocios, contratas y posesión de tierras. XI JINPING Mandarín sin rival No es un macho alfa al uso, pero, en cuanto a barrer rivales, no tiene igual. Se cree imprescindible para el progreso de China. Traumatizado por las chifladuras de la revolución cultural, la estabilidad es su obsesión. DONALD TRUMP El órdago a la grande Ganó las elecciones denostando el poder blando de Obama y elogiando a los grandes machos como Putin. Su estrategia es previsible: primero truena y vocifera, y se sienta a negociar cuando el rival tiembla de pavor. DUTERTE Alarde de asesinos El presidente de Filipinas presume de ser un asesino, de haber matado a delincuentes y traficantes con sus propias manos y de haber orquestado el asesinato en masa de fueras de la ley. Una caricatura de sí mismo. nes y laicos que animaron la revolución de Tahrir. Y jóvenes y laicos apoyaron el golpe militar. Al final, Al Sisi aplastó por igual a islamistas, jóvenes, laicos, modernos y retrógrados. Todos a la cárcel. Le bastó y le sobró con tener el apoyo saudí y la complicidad internacional en el exterior, y el respaldo interior del Ejército al que se encargó de enriquecerlo debidamente con prósperos negocios, contratas y posesión de tierras. Un tercer caso de líder convencido de ser imprescindible es el presidente chino Xi Jinping. No puede decirse que Xi sea un macho alfa, pero a la hora de barrer rivales no tiene igual. Mao orquestó una sangrienta revolución cultural para deshacerse de sus enemigos. Xi logró lo mismo con puño de seda. Xi es un conseguidor. Ha llevado a su terreno a líderes tan pugnaces como Donald Trump o el norcoreano Kim Jongun. Y no hay dirigente en el mundo que tenga un monopolio del poder tan cómodo como el suyo. A Xi no le hace ninguna falta hacerse fotos enseñando el torso desnudo para demostrar quién es el que manda. Cada clase política tiene su obsesión, y la de los comunistas chinos es la estabilidad y la obsesión por evitar otra revolución cultural. También lo es la de Xi, cuyo padre alto dirigente del partido fue represaliado por aquella chifladura maoísta. Xi sabe lo que es dormir en una cama infestada de pulgas en la cueva en la que fue abandonado en esos años en los que se ganaba la vida transportando estiércol y reparando carreteras. Pero, aún en la cueva, Xi era un príncipe comunista que sabe que el poder se conquista o se pierde, pero no se comparte. El político cargado de testosterona, bien se ve, tiende a la autocracia. Pero este ni es ni será el caso de Donald Trump, quien ganó las elecciones denunciando el poder blando de Obama y elogiando a los grandes machos como el maestro Putin. Pero la democracia norteamericana está muy por encima de estas veleidades, y le ha marcado a fuego los límites que no podrá traspasar. Estados Unidos es un país casi imposible de cambiar, ni para bien ni para mal. Ni lo cambió Obama, ni parece que lo vaya a cambiar mucho Trump. No ha podido cambiar la ley sanitaria de Obama, no tiene dinero para construir el muro con México y, después de amenazar con fuego y furia, está ahora a punto de congraciarse con Guante de seda Xi consigue lo que se propone sin escándalos, sabe que el poder se gana o se pierde, pero no se comparte Marcado por la democracia Es el caso de Trump, un líder que no puede hacer lo que quiere porque dirige una democracia consolidada el norcoreano Kim, el hombre cohete. Trump es predecible. Primero truena, vocifera, amenaza, amedrenta. Y cuando cree que tiene acongojado a su rival... le tiende la mano y busca un arreglillo como todos. Ahora acaba de enseñar los dientes de una guerra comercial a Xi Jinping. Pero si se admitieran apuestas, ganaría la testosterona tranquila del presidente chino. Todo lo contrario del más salvaje de todos los grandes machos de la política, Rodrigo Duterte, el presidente que conquistó el poder de Filipinas presumiendo de asesino. Duterte ha alardeado de matar con sus propias manos a más de un delincuente, de ordenar tirar a un narcotraficante desde un helicóptero y de orquestar el asesinato en masa de fueras de la ley. Unos 7.000 se calcula. Y el tan campante: Podría pasar a la historia como un carnicero ha declarado sin el menor remordimiento. Es lo que ocurre cuando los pueblos se asustan y creen que nadie mejor que un macho alfa para auxiliarles en la dura lucha por la vida.