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12 OPINIÓN CAMBIO DE GUARDIA PUEBLA LUNES, 2 DE ABRIL DE 2018 abc. es opinion ABC GABRIEL ALBIAC CASUS BELLI Era un casus belli de manual. El modelo resultaba idéntico al del 75 saharaui L 6 de noviembre de 1975, una muchedumbre de fieles al rey de Marruecos violó la frontera española e invadió el Sahara. Tras los 350.000 devotos, avanzaba un ejército de 25.000 soldados marroquíes, prestos al combate. Era un casus belli de manual. La fecha había sido elegida con esmero. España, mandatada por la ONU para garantizar la libre determinación del territorio, vivía tiempos confusos: Franco se estaba muriendo y el vacío de poder era evidente en Madrid. Los 5.000 legionarios del ejército español se enfrentaban a una alternativa por igual tétrica: permitir que la multitud exaltada se apoderase del territorio o hacerle frente. En la segunda opción, se abrirían dos momentos: primero, los pobres siervos que habían sido enviados por el Sultán para hacerse matar caerían como moscas, provocando el lógico horror de la humanitaria comunidad internacional; a continuación, el ejército marroquí intervendría en su auxilio y se abriría una guerra total, que España parecía muy poco preparada para soportar. El Gobierno español optó por rendirse. Fue deshonroso. Pero pragmático. A fin de cuentas, el precio iban a pagarlo otros: los traicionados saharauis. Salía casi gratis. Eso se pensó entonces. El fin de semana pasado, en Gaza, una muchedumbre de decenas de miles de devotos de Hamas fue lanzada por sus oráculos al asalto del muro fronterizo que defiende a los ciudadanos israelíes de ser exterminados por sus vecinos. Parapetadas tras la caótica multitud de exaltados, las milicias terroristas de Hamas aprestaban sus armas. Era un casus belli de manual. El modelo resultaba idéntico al del 75 saharaui. Salvo por un detalle. Todos y cada uno de los españoles que iban a ser expulsados del Sahara, tenían una patria a la cual retornar y en cuyo suelo rehacer razonablemente sus vidas. Todos y cada uno de los ciudadanos de Israel saben, desde su fundación, que aceptar pasivamente la invasión del enemigo no les deja más salida que el mar. Y que una guerra sólo una perdida supondrá su exterminio: tan prometido e infalible como el que Centroeuropa infligió a sus abuelos en los años del nazismo. Y nadie en Israel parece estar dispuesto a aceptar alegremente esa perspectiva. El ejército israelí defendió su frontera. Gaza como Cisjordania fue entregada, sin contrapartida alguna, por Israel a sus enemigos en el año 2005. Un cálculo ingenuo llevó a pensar que esa muestra de buena voluntad sería el punto de partida para un acuerdo de paz. Fue un error. Sucedió lo contrario. Hoy, Gaza es el mayor vivero terrorista del mundo. Y la más inmediata de las amenazas fronterizas para Israel. Si nadie quiere entenderlo en Europa es por dos duras razones: la primera, que no hay país del continente cuyas fronteras estén así de amenazadas; la segunda, que Europa renunció a luchar por su supervivencia, hace ahora exactamente un siglo. Y no soporta el reproche mudo de que haya aún quienes combatan por su libertad y por su patria. Europa odia a quienes se defienden. E EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA BANDERAS DE PASIÓN No existe historia verídica o fabulada que ilustre mejor el escarnio y desfiguración de la Justicia que la Pasión H EMOS tenido un escandalete esta Semana Santa con las banderas arriadas o izadas a media asta en señal de duelo (o duelecito) por la muerte de Cristo. A nadie se le escapa que este izar o arriar de banderas es un aspaviento farisaico, pues el Gobierno que lo ha decretado mata a Cristo cada día con leyes inicuas que han convertido en virtudes democráticas todos los pecados que claman al cielo. Pero arriar o izar banderas a media asta por la muerte de Cristo es una gallofa muy rentable (a la par que barata) que adula al catolicismo pompier, a la vez que permite sacar musculito comecuras a la izquierda genuflexa ante el mundialismo. Además, cuando la izquierda saca musculito comecuras, la incauta parroquia de la derecha se pone en guardia, según el principio de acción y reacción que rige la demogresca. Y así unos y otros sacan tajada. Que izar o arriar banderas a media asta en señal de duelo (o duelecito) por la muerte de Cristo es un aspaviento farisaico lo prueba una sentencia del Tribunal Constitucional, donde se aclara que estas tradiciones no pretenden transmitir un respaldo o adherencia del Estado a postulados religiosos Y se trata, desde luego, de una aclaración perogrullesca, pues sólo un rematado imbécil podría llegar a pensar que un Estado que ha elevado los pecados que claman al cielo al rango de virtudes democráticas pueda someterse a ningún postulado religioso. Lo del izado o arriada de ban- deras no es, en fin, sino la cáscara vacía de una tradición, acorde con un país en el que, a la vez que se vacían las iglesias, se multiplican los semanasanteros. Pero resulta, en verdad, llamativo que un aspaviento farisaico suscite tantos espumarajos en ciertos sectores de la izquierda. Pues, aunque no se crea en la divinidad de Cristo ¡aunque ni siquiera se crea en su existencia puramente humana! no existe historia verídica o fabulada que ilustre mejor el escarnio y desfiguración de la Justicia que la Pasión. Allí se nos habla de la rabiosa conjura de unos poderes inicuos contra un inocente; allí se nos habla de la condena de un hombre que dio testimonio de la verdad, a manos de criminales, embusteros y prevaricadores que no vacilaron en recurrir a las tretas jurídicas más arteras y monstruosas. Una izquierda que no hubiese traicionado sus ideales para conformarse con sacar musculito comecuras habría aprovechado estas señales de duelo seguramente farisaico para convertirlas en una sincera denuncia de los atropellos que los poderosos perpetran, para acallar la voz del inocente que denuncia sus crímenes. Se puede ser aristotélico furibundo y rememorar con duelo la condena inicua de Sócrates (que, desde luego, no fue Dios y podría haber sido un personaje inventado por Platón y otros pocos) ¿Por qué, entonces, ciertos sectores de la izquierda, por muy ateos que sean, se soliviantan cuando se recuerda la condena inicua de Cristo? Por una razón a la vez muy sencilla y muy misteriosa. Saben que en la condena inicua de Cristo nos confrontamos, en último extremo, con una pregunta definitiva: ¿Es Cristo lo que dijo que era ante el Sanedrín y ante Pilatos? Quienes tanto se soliviantan con las banderas izadas o arriadas a media asta conocen la respuesta, porque creen y tiemblan; la conocen mucho mejor que los fariseos aspaventeros, que sólo tiemblan. Si pensasen que Cristo fue un mero hombre como Sócrates, o incluso una bella ficción, nada tendrían que oponer a que se rememorase su condena inicua. El odio teológico es tan desvelado y ardoroso que no transige ni siquiera con los aspavientos farisaicos. Y es, en fin, una tenebrosa prueba de la luminosa verdad que en estos días se ha paseado por nuestras calles, hecha talla de imaginero.