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48 SOCIEDAD DOMINGO, 1 DE ABRIL DE 2018 abc. es conocer ABC La soledad, enfermedad del siglo XXI Quinto reportaje de la serie que la periodista y escritora Mari Pau Domínguez publica cada domingo y en la que recrea Solos y unidos hasta la muerte No hay seres más distantes que los cercanos. VICENTE NÚÑEZ Sofismas A quella fría mañana de enero José María, por fin, se decidió a acudir a la casa donde vivían sus dos hijos, ubicada a escasos quince kilómetros de la suya. La relación entre ellos nunca fue buena, pero empeoró el día en que la madre y esposa de José María los abandonó cuando la pequeña aún no había cumplido 6 años. Por aquel entonces el niño se había convertido en un adolescente que quedaría marcado de por vida por el abandono materno y la torpeza paterna para asumirlo y seguir cuidándolos a pesar de todo. No supo hacerlo. En cierto modo José María también abandonó algo fundamental: su responsabilidad como padre. Hacía casi un año que no sabía nada de ellos. Subió la escalera exterior del modesto chalé adosado en el que sus hijos llevaban viviendo juntos desde hacía más de veinte años. La vivienda exhibía una impúdica dejadez que parecía querer contar que Irene y Luis habían renunciado a su cuidado. ¿Pero habrían renunciado a algo más? Los coches de ambos, aparcados en la entrada, no presentaban mejor aspecto. Tras observarlo todo con igual detenimiento que tristeza, el padre se decidió a llamar a la puerta con la intención de aclarar los malentendidos que los había alejado de una forma radical durante un año. No hay nada que justifique un distanciamiento tan prolongado de los hijos iba pensando mientras insistía con las llamadas, a las que nadie atendía. Se asomó por la ventana del salón pero la mirada solo alcanzaba a ver la mesa con restos descompuestos de comida, lo que le sorprendió. Les llamó a los teléfonos móviles pero volvía a saltar el impenitente mensaje de que estaban apagados o fuera de cobertura. Nosotros sí que hemos estado fuera de cobertura, demasiado José María seguía hablando solo. Iba resuelto a aclarar las cosas ese día, ni uno más podían mantenerse con la distancia y el silencio del último año. Inquieto porque no le pareció normal el estado exterior de la casa, se fue a buscar al cerrajero del pueblo y forzaron la puerta. Nada más abrirla salió a bocajarro una bocanada de desagradable y extraño olor que paralizó el corazón de José María. Supo que algo terrible había sucedido. Sintió que el aire denso transportaba un hecho irreversible. El cerrajero se quedó afuera, esperando, respetando el momento que se presentía. El padre de los dueños de la casa avanzó con temor por el salón y fue rodeando el sofá... La visión de los cuerpos momificados de sus hijos, Luis e Irene, le golpeó con dramática virulencia. Llevarían muertos aproximadamente unos diez meses. Muertos. Solos. Juntos, amarrados por el abandono hasta la muerte extrema. Una muerte que le escupió al padre a la cara la evidencia de que a Irene y a Luis nadie les echó de menos; la certeza de que, aunque no estaban solos en la vida ya que él, además, vivía próximo a ellos, en realidad no tenían a ninguna persona en el mundo que se preocupara por ellos. Vivieron tan solos como murieron. Aislados de cualquier atisbo de cariño. José María cayó de rodillas ante los cadáveres gritando y tapándose la cara con las manos, mientras el cerrajero llamaba a la policía y la culpa caía como una tormenta sobre los sentimientos del derrotado padre. Información sobre el suceso publicada el pasado 9 de enero Soledad en familia No es lo mismo sentirse solo que estar solo. Personas que viven en familia representan tasas de sentimiento de soledad más elevadas que aquellos que viven sin compañía por una elección personal. Son datos del informe La soledad en España (2015) de las fundaciones ONCE y AXA elaborado por Juan Díez Nicolás y María Morenos Páez. Luis, muerto a los 53 años, le sacaba diez a su hermana. De pequeño siempre quiso tener un hermano con quien jugar. Cuando al cumplir 10 años sus padres le comunicaron que por fin iba a tenerlo pensó que ya era un poco tarde. Pero cuando encima supo que se trataba de una niña el enfado fue monumental. Se encerró en sí mismo, dejó de salir con los amigos durante un tiempo y se enojó con el mundo en general. Vio esfumada la posibilidad de compartir entretenimientos o inquietudes, a pesar de la década que les separaba. Sin embargo, no imaginó la complicidad que se establecería con su hermana bajo la forma de perpetua protección. Fue una niña frágil. La ausencia de la madre y la escasa atención del padre, lejos de fortalecerla, hicieron de ella una persona temerosa, retraída y de ánimo quebradizo; una personalidad inestable que despertó en su hermano la necesidad de cuidar de ella, ejerciendo de padre y madre a la vez. Luis era contable. Irene dejó los estudios antes de ir a la universidad, y encadenaba trabajos ocasionales, sumando varios meses de depresión entre uno y otro. La dejadez, la preocupación por el entorno en su propia casa, les llegó poco a poco, igual que el lento avance de los viejos trenes en la España más profunda. Dejaron de cuidar las plantas, de pintar, de arreglar pequeños desperfectos que el uso va dejando como huella. Irene estuvo llamando a su padre durante meses en los que jamás obtuvo respuesta. Luis tiró la toalla mucho antes. Tal vez por su situación familiar, o por la manera de ser, los hermanos se fueron tornando cada vez más re-