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LUNES 26.3.2018 Editado por Diario ABC, S. L. Juan Ignacio Luca de Tena, 7, 28027 Madrid. Diario ABC, S. L. Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción, distribución, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta publicación, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa. Número 37.342 D. L. I: M- 13- 58 Apartado de Correos 43, Madrid. Teléfono de atención 901 334 554. Centralita ABC 91 339 90 00. RAROS Y MALDITOS Moacir Barbosa TODO IRÁ BIEN Los aficionados nunca le perdonaron al portero brasileño el fallo que provocó la derrota frente a Uruguay en el Mundial de 1950. Fue marginado y humillado de por vida. El seleccionador Zagallo le prohibió que visitara al equipo nacional porque pensaba que traía mala suerte. Nadie acudió a su funeral SALVADOR SOSTRES CADENA PERPETUA PEDRO G. CUARTANGO EL PADRE DE JUAN J U N instante puede arruinar una vida. A Moacir Barbosa, portero de Brasil en el Mundial de 1950, le cambió el destino en el minuto 79 cuando Alcides Ghiggia, el menudo y veloz extremo uruguayo, avanzó sin oposición desde el centro del campo, dribló a un defensa brasileño y, apenas sin ángulo de tiro, disparó un lanzamiento raso que se coló entre la mano del guardameta y el poste. Llegué a tocarla. Creí que la había desviado a córner. Pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar atrás. Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro de la portería, un frío paralizante recorrió mi cuerpo y sentí de inmediato todas las miradas sobre mí dijo Barbosa. El gol de Ghigghia ha pasado a la historia como el maracanazo porque dio la victoria a Uruguay en el partido y en el Mundial, algo que parecía imposible a los 180.000 espectadores que asistían a un estadio, el mayor del mundo, construido a toda prisa para la cita. Aquella derrota provocó suicidios, depresiones y tardó décadas en ser digerida. La afición brasileña nunca le perdonó a Barbosa, que jugaba en el Vasco de Gama. Poco antes de morir en 2000, seguía repitiendo de forma obsesiva: la culpa no fue mía. Éramos once Pero lo cierto es que Barbosa, considerado hasta entonces el mejor portero del mundo, apenas podía frecuentar lugares públicos sin ser increpado o señalado como el culpable de aquella dolorosa derrota. La pena máxima en Brasil por un delito son 30 años, pero yo he cumplido cadena perpetua por aquello afirmó. Hay muchas anécdotas sobre la maldición que recayó sobre Moacir, pero merece la pena destacar la humillación Moacir Barbosa La carrera del portero brasileño quedó truncada tras el fallo cometido en la final del Mundial de 1950 en el estadio de Maracaná Una mujer le dijo a su hijo en un supermercado en 1970: míralo. Este es el hombre que hizo llorar a todo Brasil que sufrió en 1993 cuando acudió a visitar a los jugadores brasileños que estaban concentrados para el Mundial de EE. UU. Mario Zagallo y sus ayudantes le prohibieron la entrada al recinto porque estaban convencidos de que su presencia traería mala suerte al equipo. También fue terrible el momento en el que, mientras compraba en un supermercado en 1970, escuchó a una madre decir a su hijo: Míralo, este es el hombre que hizo llorar a todo Brasil Bar- bosa nunca olvidó el incidente: la gente necesitaba un culpable y fui yo Tras retirarse del fútbol a los 41 años de edad en un modesto equipo, Barbosa se ganó la vida como funcionario del departamento de deportes de Río de Janeiro. En 1997, la esposa del guardameta falleció de cáncer y se quedó solo y sin dinero, lo que forzó al Vasco de Gama a pasarle una pensión vitalicia. Murió a los 79 años tras sufrir un derrame cerebral. Sólo unas decenas de amigos y familiares acudieron a su entierro, donde no hubo ningún dirigente ni representante del fútbol brasileño al que había dado tantas tardes de gloria. Moacir Barbosa jamás fue perdonado por aquel fatídico instante que trastocó su vida. Verbolario POR RODRIGO CORTÉS Magro, adj. Animal en forma. UAN tenía 19 años cuando por primera vez su madre le dejó el coche. Fue al cine con unos amigos y de regreso a casa, en una vía de servicio, tuvo un pequeño accidente y pese al cuidado con que había conducido, y la responsabilidad con que había intentado corresponder a la confianza de su madre, volvía con el coche abollado y el temor por la bronca que le caería de su padre. Cautivo y desarmado se presentó en el salón con las llaves en la mano y el relato de lo sucedido, y su padre, mientras le escuchaba, se levantó para coger algo de la mesa, que eran las llaves de su propio coche, y se las entregó a su afligido vástago diciéndole: Ahora mismo vas a dar una vuelta y cuando te hayas dado cuenta de que sabes conducir perfectamente, vuelves El padre de Juan educó a su hijo en la confianza, en lo que esperaba de él, en el aplomo que todos necesitamos para superar nuestros accidentes, y nuestros errores, y crecer. Conocí a Juan hace algunos años y puedo atestiguar que aquella educación le sirvió para ser compasivo y valeroso, buen amigo y muy hábil para sacar lo mejor de los que le rodeamos. Si en alguna medida les gusta lo que escribo, también a él tendrían que agradecérselo. Y aunque a mi hija no le tolero jamás el desdén ni la falta de cuidado en lo que hace, cuando intentando hacer las cosas de la mejor manera todo se le desmorona, el padre de Juan soy yo y he visto que darle más confianza le hace sentir más profundo el peso de la responsabilidad y al segundo intento suele conseguir con éxito lo que intentaba. Todavía espero mucho de ti, Maria. Seamos exigentes pero no nos cansemos de dar esperanza. El relativismo es un cáncer y lo importante no es participar, sino ganar, pero las personas por las que merece la pena vivir suelen cometer los más deslumbrantes errores y si no les diéramos otra vez las llaves viviríamos a oscuras, sin su talento y sin su generosidad. Hacerse hombre es aprender a levantarse, ir a por ellos porque somos lo que defendemos y justo antes de que la furia nos ciegue, tener siempre piedad.