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ABC LUNES, 26 DE MARZO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 EL CONTRAPUNTO UNA RAYA EN EL AGUA ISABEL SAN SEBASTIÁN CAYÓ PUIGDEMONT Construir una nación no es tarea de cobardes. Si lo fuera, Cataluña se escribiría sin ñ y España no existiría L AS naciones nacen de la voluntad común, compartida por una amplia mayoría de los llamados a construirlas, aunque dicho requisito no basta. Es preciso tener, además, un proyecto viable, una meta claramente definida. Pero, sobre todo, es indispensable el coraje. La valentía suficiente para arriesgar la hacienda, e incluso la vida si hiciese falta, en defensa de esa nación cuya existencia no constituye únicamente un deseo, sino una necesidad vital. Una aspiración irrenunciable. Eso nos enseña la historia. Sustituirla por propaganda no solo falsaria, sino burda, aboca a ciertos incautos a cometer errores de bulto. Los separatistas catalanes carecen de masa crítica suficiente para llevar a cabo su delirio, de unidad en lo referente a su punto de llegada, y desde luego del arrojo que demanda una aventura semejante. Por eso han fracasado en su intentona golpista, a pesar de la debilidad con la que les ha respondido el Gobierno. Gracias a que España es un Estado de Derecho, además de una nación muy consciente de sí misma, su desafío ha terminado en un fiasco revelador de la cobardía que habita en muchos de sus caudillos, empezando por Puigdemont, caído en las redes de la policía alemana cuando intentaba pasarse de listo. El Rey Felipe VI asumió cuando debía el liderazgo al que estaba llamado, la ciudadanía hizo oír su voz en la calle, la justicia, con Llarena al frente, ha cumplido con su deber, y las fuerzas de seguridad nacionales han sabido estar a la altura. Rien ne va plus Las naciones se forjan en la renuncia, el sacrificio, la lucha, el dolor. Así surgió esta vieja España, asentada en ocho siglos de combate feroz por reconquistar su derecho a formar parte de la Europa greco- romano- cristiana, cuna de la democracia. Así fueron alumbrados los Estados Unidos de América; sobre un anhelo de libertad individual y colectiva pagado al precio de una guerra devastadora. Los discípulos de Pujol y Mas, los acólitos de Rovira y Gabriel, no estaban dispuestos a tanto. No estaban dispuestos a nada. Pretendían levantar su Cataluña independiente desde el ejecutivo autonómico, con cargo al presupuesto público y a comisiones derivadas de la corrupción más hedionda. Aspiraban a rebelarse contra el marco jurídico que les asigna un lugar privilegiado en el escalafón del poder, conservando todas las prebendas derivadas de representar a la Administración del Estado. Lo querían todo: ser víctimas sin ser mártires; héroes gratis total; personajes de leyenda épica en un escenario de pantomima que ha llevado a muchos de ellos a poner pies en polvorosa a las primeras de cambio. Han quedado reducidos a villanos de opereta. Ahora son muñecos rotos. No tenían un proyecto común compartido ni siquiera entre ellos mismos. Ahí está el rechazo de la CUP para demostrarlo. Nunca han convencido más que a la mitad de la población, ni conseguido otra cosa que profundizar la división provocada por sus políticas. La república de la que se llenan la boca carece de raigambre histórica, de capacidad económica y de reconocimiento internacional. Ni uno solo de los 193 países miembros de la ONU ha mostrado la menor inclinación a respaldarla. En resumen, todo su montaje ha demostrado ser un gigantesco engaño. Y ahora que se destapa el fraude, vemos que al frente del mismo había alguna gente coherente, dotada al menos de dignidad para afrontar con honor las consecuencias de sus actos, y otra vergonzosamente apocada. Otra como Puigdemont, atrapado en plena escapada. Construir una nación no es tarea de cobardes. Si lo fuera, Cataluña se escribiría sin ñ y España no existiría. IGNACIO CAMACHO LA CASA VACÍA La mansión de Waterloo era un presagio que invocaba la derrota. No se puede tentar al karma de la Historia W JM NIETO Fe de ratas ATERLOO era un presagio. No se puede tentar al karma de la Historia. Ese culto nacionalista al victimismo, el de las flores en la estatua de Rafael Casanova, acaba por invocar a la derrota. La revuelta de octubre contenía una inevitable referencia a Companys: en algún momento, los líderes del procés pensaron en el día 6 para formular la declaración de independencia como una especie de desagravio a su memoria. Nadie les hará la foto entre rejas como en el 34, aunque el final ha sido el mismo entonces y ahora; sólo que al menos aquellos insurrectos no lloraban porque su concepto de la rebelión no contemplaba este blandengue sentimentalismo de exhibición lacrimógena. Cuentan las crónicas republicanas que también alguno huyó aquella vez por las alcantarillas de Barcelona; es imposible no recordar, por manida que esté, la célebre cita de Marx y el 18 Brumario, la de la tragedia y la parodia. Con la mansión de Waterloo, Puigdemont había escrito su destino. En clave de farsa, como todo el relato del soberanismo, que no es más que una sarta de mentiras, una tosca invención articulada con la feble lógica de un cuento para niños. La retórica de la secesión ha infantilizado la realidad elaborando patrañas y mitos con un lenguaje de significantes subvertidos: a la justicia la llaman represión; a la cobardía, heroísmo; a la sedición, democracia; a la huida, exilio. La duda es si en su burbuja solipsista los indepes habrán llegado a creerse sus propias trolas, si estarán lo bastante enajenados para engañarse a sí mismos. En una patrulla de carretera: así ha terminado, de momento, la saga- fuga de Puchimón, su pretensión hiperbólica, autosugestionada, de arrojo aventurero. Un torpe, pésimo cálculo de riesgos, un arrogante sentido de la impunidad o acaso una monumental ignorancia del sistema jurídico europeo. Nada en este hombre es serio. Se ha convertido en un fantoche de guiñol deslumbrado por el foco engañoso de un efímero éxito. Se ha emborrachado de falsa legitimidad sin comprender que hasta para sus propios compañeros no era más que un mascarón de conveniencia, un juguete de polichinela, un muñeco. Todavía lo utilizarán un poco más. Como estandarte utilitario para la queja, como coartada simbólica, como pretexto. Una careta que ponerse en las manifestaciones para armar jaleo. Nunca ha sido otra cosa más que eso; hasta los votos que cosechó en las elecciones eran en realidad una expresión de protesta contra el Gobierno. Hace tiempo que estorba a los suyos, deseosos de reformular que no de abandonar el proceso. Su prisión, en Alemania o en España, servirá aún de combustible victimista para la hoguera del enredo. Y la casa vacía de Waterloo será el emblema de otro delirio histórico fracasado, de otro espejismo licuado, de otro sueño de grandeza deshecho. A quién se le ocurre, hombre, elegir precisamente ese lugar para fingir un destierro.