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ABC MIÉRCOLES, 21 DE FEBRERO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL RECUADRO ANTONIO BURGOS MARTA, NO: PEMÁN Ya puestos, Marta Sánchez podía haber tirado de la más hermosa letra de la Marcha Real: la de Pemán A Marta Sánchez el valor patriótico no se le supone, como ponía en la cartilla militar, la verde, cuando nos daban la licencia absoluta en el cuartel. Lo tiene más que probado. Cuando la Guerra del Golfo y la presencia de España con la fragata Santa María Marta fue a cantar a nuestros marineros. En plan Marilyn Monroe si quieren, pero fue. Mientras que otras, por hacer tal, habían pedido una millonada, Marta fue por amor al arte, llamando España en este caso al arte. Ahora da el campanazo y se gana no sólo sus cinco minutos de fama, sino muchos días de popularidad y felicitaciones al sorprender cantando la Marcha Real, con una letra que se ha inventado, como final del recital con el que en el Teatro de la Zarzuela celebraba sus 30 años de carrera. ¿Se lo tenemos que agradecer a Marta Sánchez? Evidentemente; pero también a los separatistas catalanes, que nos han hecho afirmarnos más en la España que quieren destruir. Los independentistas nos han hecho a todos un poco Marujita Díaz, que se envolvía en la enseña rojigualda para cantar el Banderita Por cada bandera de España que han quemado los separatistas han salido diez mil balcones para ponerla orgullosamente como colgadura, en los que todavía permanecen, por cierto, mucho después del 1 de Octubre. El gesto de Marta Sánchez tiene mucho mérito. No como la letra que le puso a la Marcha Real, que con todos mis respetos es un petardo. Eso lo canta en Operación Triunfo y no dura ni cinco minutos en la academia. Dicen que la metió por balada. Po- día entonces haber llamado por lo menos a Manuel Alejandro o a Alejandro Sanz, para que le echaran una manita. Por mucho amor patrio que se demuestre con toda valentía, como hizo, no me negarán que estos versos son un petardo, y además no reutilizable en las próximas Fallas de Valencia: Vuelvo a casa, a mi amada tierra, la que vio nacer un corazón aquí. Hoy te canto, para decirte cuánto orgullo hay en mí, por eso resistí ¿Pero esto del vuelvo a casa qué es, Dios mío de mi alma? ¿Una letra para la Marcha Real o el anuncio de los turrones El Almendro por Navidad? Hombre, ya puestos, en vez de autoconstruirla en plan Ikea, Marta Sánchez podía haber tirado de la más hermosa letra de cuantas se le han puesto a la Marcha Real que compuso Manuel Espinosa de los Monteros a finales del siglo XVIII por encargo de Carlos III y pasó a ser himno nacional con la Reina Isabel II: la de José María Pemán. Leo a Alicia G. Arribas que desde 1843, que se encargó a Ventura de la Vega, hubo muchos intentos de poner letra a la Marcha Real, para evitarnos el lo, lo, lolo del tarareo de las finales de Copa. Eduardo Marquina, en 1927, también lo intentó. Pero como Cádiz es mucho Cádiz y de letras para músicas ya escritas se sabe allí tela, tela del trapo del Juan Sebastián de Elcano la más hermosa fue la que compuso Pemán hace ya casi un siglo. Que no es franquista. Que es de 1928. Lo que pasa que a don José le jugó Falange tras la guerra la mala pasada de cambiarle en su letra las frentes alzadas por los brazos en alto y los yunques y las ruedas por los yugos y las flechas. No hay razón sostenible para que la Marcha Real no sea cantada con esta casi centenaria letra de Pemán: Viva España, alzad la frente, hijos del pueblo español, que vuelve a resurgir. Gloria a la Patria que supo seguir, sobre el azul del mar el caminar del sol. ¡Triunfa España! Los yunques y las ruedas cantan al compás del himno de la fe. Juntos con ellos cantemos de pie la vida nueva y fuerte del trabajo y paz. Viva España, alzad la frente, hijos del pueblo español, que vuelve a resurgir. Gloria a la Patria que supo seguir, sobre el azul del mar el caminar del sol ¡Igualito de hermoso el azul del mar y el caminar del sol en la maestría de la hímnica que tenía Pemán, que la reserva de habitaciones de Marta: Guárdame un sitio para descansar IGNACIO CAMACHO EL LABORATORIO En el laboratorio nacionalista de la escuela, la defensa del castellano tiene la importancia de una cuestión de Estado AMINO cegado: con las becas Wert tumbadas por el Tribunal Constitucional, el Gobierno tendrá que buscar otra fórmula para garantizar en Cataluña la enseñanza del y en castellano. En realidad, el método de la LOMCE hace tiempo que estaba en punto muerto, toda vez que apenas se habían acogido a él un centenar de familias al año y ni siquiera consta que Hacienda hubiese reclamado a la Generalitat el dinero adelantado. Fue un error político, aunque bienintencionado, y ahora sabemos que también una chapuza jurídica condenada al fracaso. Pero la cuestión de fondo sigue pendiente y debe ser abordada con la irrenunciable importancia de un verdadero asunto de Estado. Sobre la inmersión lingüística cabe un debate pedagógico sobre la velocidad de aprendizaje, la cohesión escolar, los resultados académicos o la segregación de los niños. Sin embargo, su existencia no responde tanto a un paradigma educativo como a un programa político. Eso es lo que interesa de veras al nacionalismo: el sometimiento de la enseñanza a su principal objetivo, que es el de la construcción de una sociedad identitaria concebida con principios unívocos. El soberanismo catalán, que carece de soporte étnico, religioso o ideológico, se aglutina a partir de la lengua como base de sus mitos; el idioma es la característica primordial de su sentido de pertenencia, el marchamo diferencial con que se identifica a sí mismo. Y su imposición excluyente en la escuela, concebida como laboratorio doctrinal, constituye la herramienta decisiva para la creación del imaginario adánico, fundacional, de un pueblo involucrado desde la misma infancia en la conciencia de un destino. Por tanto, no se trata de una discusión, siempre posible, sobre los métodos didácticos o su potencial de rendimiento, sino sobre la libertad de elección y la igualdad de derechos, sobre la marginación del castellano como lengua común de los españoles y sobre un marco de convivencia civil basado en la tolerancia y el respeto. Y también, por supuesto, sobre el cumplimiento de la ley y de unas sentencias que las autoridades catalanas han considerado siempre inoperantes ante su terco empeño. Se trata de que España sobreviva como proyecto, de que siga siendo una nación de ciudadanos iguales o se convierta en una simple agregación de territorios acogidos a diferentes fueros y privilegios. El Estado no puede desfallecer en ese esfuerzo. Está obligado a encontrar la manera de preservar su propia existencia sin resignarse al abatimiento. El veredicto del Constitucional no sólo demuestra que la Ley Wert estaba mal hecha sino también que acaso el reparto de competencias estatutarias haya ido demasiado lejos. Pero eso ya no tiene remedio. Lo que sí lo tiene es la sistemática voluntad nacionalista de implantar de forma unilateral su modelo. Y hay que hallarlo pronto porque ya se ha perdido demasiado tiempo. C JM NIETO Fe de ratas