Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES, 5 DE FEBRERO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL CONTRAPUNTO ISABEL SAN SEBASTIÁN FEMINISMO 3.0 Cuando la doctrina oficial alude a los derechos reproductivos de la mujer se refiere a su antítesis: el aborto A estas alturas de mi vida voy a descubrir que soy una machista repugnante. Una renegada de mi género Una traidora. Siempre pensé que ser feminista consistía en defender, de palabra y sobre todo de obra, la igualdad de oportunidades, derechos, obligaciones y responsabilidades entre las personas, independientemente de su sexo. Con arreglo a esa definición, yo encajaba en la categoría. Nunca he dejado de trabajar. Alcancé la independencia económica al salir de la facultad y la conservo celosamente. He colaborado, mandado, obedecido y competido con hombres y mujeres por igual, sin hacer diferencias entre unos y otras. Eduqué a mi hijo y a mi hija de la misma forma y con resultados similares. Jamás he permitido que me faltaran al respeto personal o profesionalmente, por cara que me saliera esa postura. Resumiendo, he tratado de ser coherente con mi convicción de que cada hombre y cada mujer es un individuo único e irrepetible, aunque como colectivos seamos equivalentes y merezcamos idéntica consideración. Pues resulta que no basta. Ni de lejos. El feminismo fetén, el oficial en este siglo XXI, exige de mí que me ofenda si un varón tiene el descaro de decirme una cosa bonita al verme pasar por la calle. No una ordinariez ni una obscenidad, no; un piropo. Se me pide que abrace la causa del aborto indiscriminado, la barra libre para terminar con la vida de los no nacidos, en nombre de los dere- chos reproductivos de la mujer Ni que decir tiene que he de respaldar sin fisuras la discriminación, por rechazable que me resulte el concepto, siempre que a esa palabra siga el adjetivo positiva Estoy llamada a secundar una huelga convocada el próximo 8 de marzo para protestar contra el feminicidio, la deshumanización y desjerarquización de las mujeres (sic) Debo escandalizarme si las azafatas de la Fórmula 1 llevan voluntariamente uniformes escasos de tela, aunque sea perfectamente aceptable que esa misma modalidad deportiva organice grandes premios multimillonarios en países como Bahréin, Malasia o Emiratos Árabes, donde las féminas carecen de derecho alguno. Y es que a este feminismo posmoderno 3.0, dominado por la izquierda henchida de buena conciencia, la feroz opresión que sufre la mujer en el mundo islámico no parece preocuparle gran cosa. Ellas son punto y aparte. Los velos que se les imponen con el afán de ocultar sus rostros a la lujuria masculina son señas de identidad cultural mientras que los escotes de nuestras chicas constituyen símbolos intolerables de la violencia heteropatriarcal en la que vive sumida esta sociedad. Hemos entrado de lleno en el terreno del ridículo, empezando por el lenguaje. Aceptamos con naturalidad dogmas que no resisten un contraste con el sentido común, porque enfrentarse a ellos equivale a desafiar la dictadura de lo políticamente correcto. Y lo peor es que esos excesos sirven de coartada para encubrir problemas reales que sí sigue padeciendo la mujer por el hecho de serlo. La maternidad, por ejemplo, no es un derecho que enarbole el feminismo actual, a pesar de que constituye un obstáculo a menudo insalvable para la carrera profesional de las madres; nunca de los padres. Paradójicamente, cuando la doctrina oficial alude a la reproducción se refiere a su antítesis: el aborto. La conciliación laboral y familiar tampoco figura entre sus prioridades, aunque para mí fuera una pesadilla cuando mis hijos eran pequeños. Los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas, sí. Y ahí estamos de acuerdo. Es prioritario poner fin de inmediato a esta lacra, aunque para ello haya que dar protección a todas las amenazadas. No por ser mujeres, sino por ser personas. IGNACIO CAMACHO EL ECLIPSE El cine español, virtuoso de la protesta y la queja, se cuidó de que el conflicto catalán no estropease su fiesta L JM NIETO Fe de ratas A elipsis, la clave es la elipsis, como en los guiones de las películas inteligentes o elegantes que eluden la muestra explícita de escenas de crudeza. En la gala de los Goya no se habló de Cataluña porque la gente del cine está tan comprometida con los problemas reales del mundo y de España que nadie consideró necesario ocuparse de esa bagatela. Ni en serio ni en broma, ni en contra ni a favor de la independencia. Un silencio absoluto, que los más clásicos llamarían elocuente, sobre el tema; nada que ver con anteriores pronunciamientos sobre los desahucios o sobre los recortes, y mucho menos con aquella noche gloriosa del no a la guerra. Esos eran asuntos de criterio unánime para los virtuosos de la protesta; el conflicto catalán, en cambio, presenta demasiadas aristas sobre las que es difícil levantar una opinión homogénea. El mundo de la cinematografía española tenía un mensaje que dar, sobre la brecha de género, y no era cuestión de empañarlo o dispersarlo con menudencias. Vaya que fuese a estropearse la fiesta. Ni siquiera Isabel Coixet, brillante triunfadora con una película delicada, emocionante, exquisita, se distrajo en alusión alguna a materia tan nimia. Ella, tan catalana como su propio apellido indica, ha vivido este año una peripecia personal dolorosa por expresarse contra el proyecto rupturista, pero no concedió en sus dos discursos una oportunidad a su postura legítima. Tampoco el actor David Verdaguer, que en los premios Gaudí había formulado guiños soberanistas, mostró sus simpatías en el agradecimiento por su estatuilla. No hubo manifestaciones constitucionalistas, que deben de considerar rancias, ni exhibición de prendas amarillas; sólo una ausencia completa, deliberada, significativa, intencional y disciplinada como la obediencia a una consigna. Pero también clamorosa en su reserva, estridente en su mutismo. Porque para evitar la desavenencia interna, el mundo del cine se escondió en una vergonzante omisión endogámica que lo traiciona a sí mismo, tan aficionado como suele ser a la queja, a la denuncia y al grito. Su pretendida vocación de compromiso civil y político se ha encogido ante la mera posibilidad de enfrentarse a un conflicto. Su sedicente libertad de manifestación se ha amedrentado ante la mayor crisis de convivencia que la moderna sociedad española ha vivido, y frente a un intento de dividir al país, ha recurrido a la ocultación, al disimulo, al eclipse, para no condenar o respaldar, según los casos al independentismo. Claro que quizá sea mejor así, dada la incapacidad que este grupo de supuestos expertos en el imaginario expresivo demuestra para articular un espectáculo con cierto contenido. Si su propio autohomenaje exhibe tal carencia de ingenio, tan aplastante pesadez y tal falta de ritmo, casi es preferible que se abstengan de envolver con ellas cualquier pretensión de mensaje constructivo.