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12 OPINIÓN CAMBIO DE GUARDIA PUEBLA LUNES, 5 DE FEBRERO DE 2018 abc. es opinion ABC GABRIEL ALBIAC GRAHAM El televisor no había aún envilecido todo. Ni podía cualquier imbécil imponer mentiras a través de las redes O que queda en la memoria es el plano catedralicio de una rotativa en marcha: autómata. Spielberg recupera, en su prolongada fijeza, la litúrgica solemnidad del cine mudo: aquel tiempo pausado de las cosas, antes de que el vocinglerío humano arruinase las álgebras glaciales del encuadre; esto es, su poesía. Y, para todo aquel que haya amado el cine, en la arquitectura inverosímil de esas movedizas torres de Babel de Brueghel que son las ingrávidas columnas de periódicos camino de lo efímero irreversible, resuena la lírica sintaxis de aquellos engranajes del como reloj gigantesco del puente de Petrogrado, que se abre sobre el Neva en la epopeya más que moral, maquínica de Sergei Eisenstein. Ambos planos dan metáfora de lo mismo: aquello a cuyo espectáculo nunca volveremos a asistir, el fin de un mundo. La Katharine Graham de The Post está lejos de ser una heroína. Sólo un azar trágico la ha puesto al frente de un negocio al que amaba por ser el de su padre. Pero del que, en 1971, no sabía gran cosa. Elegante, convencional, mundana, socialmente perfecta, a Graham nunca se le hubiera pasado por la cabeza entrar en guerra contra su gobierno. Menos aún, arruinar la carrera y la vida de un amigo personal, como lo era el ex secretario de Defensa Robert McNamara. Nadie podía esperar de ella que hiciera algo así. Lo hizo. Spielberg da, con mano de maestro, la intensidad de esa decisión solitaria de la muy convencional dama, que abandona por un momento a sus invitados para dar por teléfono la orden de pulsar el botón verde de las rotativas. Y, en esa orden, poner en envite su empresa, su muy verosímil ruina y la de sus trabajadores. Y desencadenar la más demoledora victoria de la prensa libre en el siglo XX: la destrucción de un presidente corrupto de los Estados Unidos. Era posible entonces. El televisor no había aún envilecido todo. Ni podía cualquier imbécil imponer mentiras a través de las redes. Parece hoy inimaginable, pero hubo un tiempo en el que quien escribía buscaba la verdad, no la exhibición escénica. En 1971, Richard Nixon tenía que forzar los límites constitucionales para hacer que la fiscalía amordazase al New York Times. Y se estrellaba contra el modesto Washington Post. Hoy, le hubiera bastado con repartir un puñado de cheques entre petardas televisivas, youtubers analfabetos, influencers de medio pelo y cero escrúpulo, para silenciar cualquier apuesta de verdad venida del papel impreso. El papel hay que leerlo. Y eso se ha convertido ya en rareza. El periódico era la voz del ciudadano. Se extingue. El ciudadano: aquel sujeto que sabía descifrar letras. De la lectura, apenas queda ya memoria. Ni del ciudadano. Sin lectura, todo es plebe, red social: adoradores de la servidumbre. Hoy. Majestuoso plano de Spielberg en The Post. Como de cine mudo. Las rotativas, deslizando ceremonialmente una verdad efímera y eterna: la del papel impreso. No existen ya rotativas. La escritura se irá con ellas. Y la verdad. Nuestro mundo. L EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA VENCER Y CONVENCER Ahora no hay pólvoras que lamentar, pero la mitad de los catalanes reniegan de la pertenencia a una patria común HORA que Puigdemont parece al fin desactivado, la buena gente respira ingenuamente con alivio, como si el problema catalán se hubiese resuelto; y gente acaso algo menos buena celebra la victoria con mucho regodeo y escarnio. Pero lo cierto es que nada hay que celebrar; pues, aun suponiendo que se haya producido una victoria sabemos bien que vencer no es convencer. Unamuno resaltaba esta diferencia en una ocasión famosa, cuando la pólvora se enseñoreaba del mundo. Ahora no hay pólvoras que lamentar, pero la mitad de los catalanes reniegan de la pertenencia a una patria común; y a esos catalanes no hay que vencerlos, sino persuadirlos. Yo más bien diría que esta presunta victoria ha sido eminentemente disuasoria. Sospecho que los catalanes que hace unos meses renegaban de España ahora tienen alguna razón o sinrazón más para hacerlo; pues hoy se respira en España más anticatalanismo que hace unos meses. El odio que promueve el separatismo necesita ese anticatalanismo para alimentarse, necesita ese españoleo primario que tanto conviene a los pescadores en río revuelto, para llenar sus redes de votos. Como ha escrito Javier Barraycoa, mercadear con el patriotismo español sin querer entrar en el conocimiento de la catalanidad, en su profunda significación y aportación al genio español, nos parece un peligro de dimensiones inimaginables Frente a la exalta- A ción del sentimiento que ha promovido el separatismo no se puede responder con sentimientos reactivos que, lejos de resultar persuasivos, sólo sirven para tornar más odiosa a España. Tampoco puede considerarse que esa persuasión de los catalanes que han dejado de amar a España vaya a lograrse mediante la mera aplicación del Estado de Derecho según la expresión que algunos repiten como papagayos. A un caballo se le puede llevar hasta el río, pero no se le puede obligar a beber de sus aguas si no tiene sed. La aplicación (más o menos natural o sinuosa) del Estado de Derecho tal vez pueda desactivar a unos políticos sediciosos; pero no puede lograr que los catalanes que han renegado de España vuelvan a amarla. Incluso podríamos preguntarnos si la mera aplicación del Estado de Derecho no convierte a España, a los ojos de esos catalanes que no la aman, en una máquina disuasoria y aborrecible. Una máquina, por cierto, que ha conseguido sustituir (tal vez matado) a la España tradicional, en donde como nos enseñaba García Morente el trato podía más que el contrato, y las obligaciones de amistad pesaban mucho más que las obligaciones jurídicas. Para convencer a los catalanes que no quieren ser españoles hay que salir a tratarlos. Como ha escrito Enrique Álvarez: Ni el Rey ni los sucesivos presidentes han hablado jamás a los catalanes como su rey o su presidente. Nunca ha habido un discurso desde la capital de España para convencer y exhortar, con amabilidad y persuasión, a los ciudadanos de esas regiones de las ventajas de seguir en España. Nunca se han dirigido directamente a ellos, ni les han enviado mensajes integradores y atractivos A los catalanes que han dejado de amar España hay que mostrarles con generosidad y esfuerzo que la catalanidad es una de las formas de ser español; y que sin la catalanidad España no puede seguir siendo. Si esto no se logra, comprobaremos que lo que ahora algunos ingenuos y algunos malvados celebran como una victoria habrá sido en realidad la más trágica y definitiva de las derrotas. Si esto no se logra, tendremos que dar la razón a quienes ven en España una máquina disuasoria y aborrecible, un Estado de Derecho sin alma ni sangre en las venas.