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ABC LUNES, 5 DE FEBRERO DE 2018 abc. es ENFOQUE 5 DIARIO DE UN OPTIMISTA FELIZ COMO JUDÍO EN FRANCIA POR GUY SORMAN A veces se producen incidentes en la periferia norte de París, donde conviven militantes sionistas y militantes árabes y propalestinos A prensa estadounidense de derechas (The Wall Street Journal) y de izquierdas (The New York Times) proclama que se ha vuelto imposible vivir en Francia para los judíos; la conclusión que yo saco es que estos periódicos no conocen ni la historia de Francia ni lo que fue el antisemitismo. En ningún momento, en los mil años que llevan los judíos en Francia, hemos estado tan poco expuestos a la hostilidad. Recordemos que, en Francia, el antisemitismo fue una ideología bendecida por la Iglesia, el Ejército y numerosos intelectuales desde la Edad Media, pasando por el caso Dreyfus y el régimen de Vichy. Cuando mi familia huyó de Berlín y del régimen nazi en 1933 para refugiarse en París, sabía que iba de lo malo a lo menos malo, sin hacerse ilusiones respecto a la acogida que le dispensarían, y solo porque EE. UU. y también España, se negaban a abrirle sus puertas. Luego vino la guerra; los gendarmes franceses enviaron a la mitad de mis padres y primos a unos campamentos de los que no regresaron. Yo sobreviví, con un nombre falso. Después de la guerra, en mi instituto, el antisemitismo seguía siendo algo común que practicaban nuestros profesores y mis condiscípulos. Y luego todo cambió radicalmente por una serie de vuelcos que hay que haber vivido para entender su alcance: el proceso de Eichmann, en 1961, que ridiculizó para siempre la ideología antisemita; la Guerra de los Seis Días, en 1967, que enseñó al mundo que los judíos sabían defenderse; y el Vaticano II, en 1965, que volvió a unir a los católicos con sus raíces judías. Desde entonces, el antisemitismo institucional se ha convertido en Francia en un fenómeno histórico, y ya no es una experiencia que se viva. Como muestra de ello, cuando un judío (Laurent Fabius) alcanzó la presidencia del Consejo Constitucional (nuestro Tribunal Supremo) nadie lo cuestionó, y nadie se ofende por que la ministra de Cultura (Audrey Azoulay) también sea judía. Ser judío en Francia se ha vuelto intrascendente y, quizás, esta misque los judíos emigren más porque son judíos. En resumidas cuentas, por experiencia personal y tras consultar las escasas cifras que existen sobre el tema, verdaderamente no hay nada que permita pregonar que exista un éxodo judío especial en Francia. Cuando se sabe que, cada año, cerca de 100.000 israelíes abandonan Israel para instalarse en EE. UU. donde son un millón, ¿se debería sacar la conclusión de que huyen de Israel por el antisemitismo que reina allí? Preguntémonos más bien por qué oscuras razones se realiza una campaña que da a entender que se produce este éxodo de judíos de Francia. El activismo sionista es, sin duda, un factor decisivo, muy presente en la comunidad judía francesa de origen magrebí. La inquietud de estos judíos magrebíes, expulsados hacia la metrópoli en la década de 1960 tras la guerra de independencia de Argelia, por el crecimiento demográfico de los franceses de origen árabe es otro factor; su temor, arraigado en su historia, me parece ahora infundado, ya que los árabes desean integrarse en la sociedad francesa. Y una prueba de ello es el índice de matrimonios mixtos con no árabes, que es del orden del 50 por ciento. Y, por último, aunque sea difícil de cuantificar, la inquietud alcanza sobre todo a los judíos de origen magrebí, es decir la mitad de los judíos de Francia, y no a los demás. Esta distinción entre los judíos llamados askenazíes (de rito alemán) y los sefardíes (aunque Sefarad significa España, los sefardíes vienen del norte de África y siguen el que antaño fue el rito español) es innegable; su cultura, sus ritos y sus historias siguen siendo diferentes, aunque estas comunidades tienden a acercarse, especialmente a través de los matrimonios. Puede que los judíos askenazíes procedentes del centro de Europa, que han sufrido realmente persecuciones, sepan reconocer mejor su suerte de ser franceses; mientras que los judíos que vienen del Magreb, que no han conocida la Shoah, la temen sin razón, porque no la han vivido. Finalmente, como parece que cada pueblo necesita chivos expiatorios, es innegable que los árabes han sustituido a los judíos en ese papel. Es posible demostrar que se es feliz como judío en Francia, pero el ser feliz como árabe todavía está lejos. L CARBAJO ma intrascendencia perturbe a algunos judíos a los que les gustaría seguir siendo distintos. Es cierto nadie puedo negarlo que a veces se producen algunos incidentes en la periferia norte de París, donde conviven desde militantes sionistas hasta militantes árabes y propalestinos. Estos reproducen en Francia la guerra entre Israel y Palestina. Pero no creo que el antisionismo de estos militantes y el de los grupúsculos izquierdistas pueda confundirse con el antisemitismo histórico. Antaño, el judío odiado era un ser mítico, y ni siquiera era necesario que existiese para que el antisemitismo se manifestase; en los tiempos del caso Dreyfus había menos de 50.000 judíos en Francia. En cambio, los sionistas y los palestinos no son criaturas míticas, sino actores reales; el hecho de que el conflicto entre palestinos e israelíes llegue a Francia, donde viven grandes comunidades judías y árabes, es uno de los aspectos de este conflicto concreto. Pero estos enfrentamientos callejeros, poco frecuentes, no reflejan la situación objetiva de los judíos ni de los árabes; la mayoría de los árabes en Francia consideran que Palestina está muy lejos y numerosos judíos franceses se muestran favorables a la creación de un Estado palestino. Otra objeción que se puede hacer a mi análisis optimista es que los judíos huyen de Francia; la cifra se calcula en 7.000 salidas al año desde 2015. Pero la fuente es discutible, ya que se trata de la Agencia Judía en Francia, una organización sionista cuya función es fomentar la emigración a Israel. Esta cifra no distingue entre los que suben a Israel por motivos religiosos sin ninguna relación con la sociedad de la que salen, los que se marchan porque les persiguen o porque se consideran perseguidos, y los que obedecen a imperativos económicos, ya que Israel también es una tierra de oportunidades. Esta estadística no cuenta a los que vuelven a escondidas (yerida, en contraposición con aliya) y que son numerosos (un 30 por ciento según un estudio del periódico Libération) los que viven a caballo entre varios países y los que quieren escapar del fisco; estos se van más bien a Florida. Por último, Francia vive un periodo totalmente nuevo de emigración económica de sus élites, judías y no judías; todavía queda por demostrar Pasado El antisemitismo institucional se ha convertido en Francia en un fenómeno histórico