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ABC VIERNES, 26 DE ENERO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 EL BURLADERO UNA RAYA EN EL AGUA CARLOS HERRERA LA INFATIGABLE PELEA CONTRA EL PESIMISMO El Rey ha vuelto a ser, como el 3 de Octubre, un banderín de enganche y una ventana abierta en habitaciones recalentadas IENTO la monserga, pero escribo lo que sigue por aplacar el avance inexpugnable del pesimismo, ese tan español, tan fatalista, tan inevitable al parecer. Agárrense a la intervención del Rey en Davos: europeísta, sereno, moderno, oportuno, brindó una lección de la que todos deberían tomar nota. Ejerció su principal papel, además de desarrollar el deber de equilibrio que le confiere la Constitución: fue un extraordinario embajador. Cualquiera que viera a Felipe VI desarrollar un discurso compacto homologable con lo mejor del Continente y lo quiera comparar con las astracanadas del Payés Errante como lo llama Sostres verá que el contraste es inevitablemente cruel. No habrá observador internacional que tenga la más mínima duda de con quien quedarse, con qué argumento y con qué exposición. El Rey ha vuelto a ser, como el 3 de Octubre o el día de los premios Princesa de Asturias, un banderín de enganche y una ventana abierta en habitaciones peligrosamente recalentadas. El temor, por otra parte, a que este cansino asunto se alargue en el tiempo cuenta con argumentos para su disolvencia y su desvanecimiento. El Gobierno presentó ayer los pasos a dar para impugnar la candidatura de Puigdemont, lo cual es una manera de anticiparse a cualquier tentación de nombramiento como presidente de lo que sea. La forma en la que han reaccionado S los sediciosos demuestra que la iniciativa no va mal encaminada. Por demás, el escenario tiene dos caminos de salida: investir a distancia o hacerlo presencialmente. Lo primero, bien telemáticamente o mediante delegación de voto, está lastrado por los escritos de los letrados y los recursos debidos. Lo segundo no va a ser fácil con todos los controles de Interior, y aunque no imposible, resulta un esfuerzo inútil que sólo podría rentar, en el peor de los casos, alguna fotografía incómoda pero tan olvidable como impactante pueda ser. Se ponga como se ponga, Puigdemont no será presidente de nada. Quedan, por tanto, dos posibilidades: convocar elecciones o nombrar un candidato alternativo. Desconfíe de lo primero. Los independentistas mayoritarios en la Cámara saben que su mayoría es notablemente endeble: igual que usted está harto o harta, la ciudadanía, incluida la más fanática, sabe que Cataluña no va a ser independiente. Sabe que la empresas se siguen yendo, los turistas dejan de venir y a los inversores no se les ve el pelo. Muchas criaturas viven del pesebre público y bajo ningún concepto quieren arriesgar el generoso maná con el que son regados. Riesgos los justos. Por más que el victimismo les resulte muy rentable y cada rasgar de vestiduras parezca una ceremonia colectiva de tribus salvajes convocando la lluvia, añoran secretamente una cierta normalidad que les permita seguir manejando la mamandurria. Ello solo será posible con un candidato distinto y libre de cargas judiciales. Ni siquiera Junqueras, fíjense. ¿Eso cuándo pasará? Pues a punto de sonar el pitido final, supongo. ¿Y esa persona quién será? Probablemente un Pujol. Pero no se altere, ningún miembro del clan maldito: puede ser Eduard Pujol, antiguo director de RAC 1 y hábil conocedor de los trucos de maquillaje necesarios para desenvolverse en esa pequeña batalla. Puede también ser Artadi, pero me inclino por el anterior. Créame si le digo que estoy deseando dejar de escribir artículos sobre esto; tanto como usted dejar de leerlos, cosa que agradezco no haga. Hay tanto cansancio que no habrá más remedio que buscar una solución siempre acorde con la ley. Ese pesimismo que viene de la mano del hartazgo tiene también argumentos para ser rebatido. La intervención del Rey es uno de ellos. La necesidad de seguir caminando, aunque no se sepa bien hacia donde, es el segundo. IGNACIO CAMACHO PRESUNCIÓN DE CULPA La corrupción de su mandato invalida a Camps como político, pero en ocho años nadie ha logrado probarle ningún delito Francisco Camps, expresidente de la Comunidad Valenciana, la corrupción de su partido le costó la carrera cuando sólo se trataba de indicios. Luego, esos indicios se convirtieron en evidencias jurídicas y políticas. Las políticas le afectaban de pleno en su responsabilidad de dirigente, y la asumió o fue obligado, por quien podía obligarle, a hacerlo. Las jurídicas, sin embargo, no le alcanzan. Fue excluido de la causa Gürtel hace años y absuelto de la única acusación el ridículo cohecho impropio de los trajes con que la Justicia consiguió enjuiciarlo. Ha sufrido investigaciones ad hominem, pesquisas judiciales radiográficas y hasta endoscópicas, y ha salido de ellas indemne. Salvo para la calle, donde el juicio mediático paralelo le ha convertido ante la opinión pública en culpable. Lo era, lo es, en el plano político. La mugre moral y estética de la trama de Correa y el Bigotes le salpica porque sucedió bajo su mando. Por tanto, si no la consintió o favoreció, tampoco supo o quiso limpiarla, y ese desentendimiento mancha su trayectoria y le inhabilita para el cargo que, efectivamente, tuvo que dejar de modo más o menos forzado. Su amistad fraterna con los delincuentes, ignominiosamente constatada en unas grabaciones, era motivo suficiente para descarrilarlo del liderazgo. La organización que dirigía estaba podrida y ha causado a su propia causa, la del centro- derecha español, un inmenso daño. Camps, un hombre de apariencia sensata y carácter moderado, sufrió en algún momento mal de altura, se emborrachó de poder y dejó que su gente convirtiese en una ciénaga al PP valenciano. Todo eso ya lo ha pagado porque la ejemplaridad en la vida pública es un intangible que hay que administrar con suma delicadeza y tacto. El derecho penal, empero, necesita cargas probatorias que hasta ahora nadie ha aportado. Ni siquiera la confesión tardía de Ricardo Costa, que trata de obtener indulgencia en su segura condena, las contiene más allá de su propio testimonio. Si de esas revelaciones, con indudable e ingrata repercusión en la imagen global del marianismo, pudieran deducirse quebrantamientos de la ley es probable que en todo caso hayan prescrito. Camps no va a librarse ya nunca del baldón de todo lo que ocurrió cuando tenía la autoridad para y la obligación de impedirlo. Su reclamación de honorabilidad es alicorta y hasta patética en ese sentido. Pero más allá del juicio ético, social y político no ha sido posible acreditarle la comisión de ningún delito. Y eso ha de quedar claro porque la presunción de inocencia es a menudo una trampa lingüística. En un Estado de Derecho la inocencia, la condición de no culpable, no es una presunción ni una conjetura sino un atributo esencial de la naturaleza libre de todo ciudadano. Hasta que se demuestre lo contrario, que en el caso de Camps, después de investigarlo durante ocho años, no se ha demostrado. A JM NIETO Fe de ratas