Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC VIERNES, 19 DE ENERO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 EL BURLADERO UNA RAYA EN EL AGUA CARLOS HERRERA ESTE PAÍS SERÁ SIEMPRE NUESTRO Graben esta frase en su memoria. Es toda una proclama de intenciones N O hay nada más cándido que un español constitucionalista. Nada más bizcochable. Viene un independentista, pone cara de contrición, apela a un impostado pragmatismo y a un disimulo falsamente cándido, como si lamentara con la boca pequeña el alcance de sus prácticas e, inmediatamente, todo bicho viviente se pone a palmear como un comulgante cursi y a celebrar que todos nos podamos entender cada uno con nuestras ideas y así. El catalanismo está redactado por cursis, sí, pero el constitucionalismo bobo está formado por cursis de raíz, de manual para la posteridad, de política correcta, de bondad idiota y cándida. Me recuerda aquel tiempo en el que los políticos de los ochenta se pasaban el día diciéndoles a los canallas de Herri Batasuna que les estaban esperando ansiosos en las instituciones para que debatiesen sus propuestas democráticamente: Que vengan, aquí estamos deseando verles con los brazos abiertos Fue Felipe González el que puso pie en pared, quiero recordar, y dijo que no podíamos estar esperando a que dejasen de matar cuando ellos quisieran, sabiendo que desde este lado íbamos a estar encantados de recibirles. Pareciera que la misión de los demócratas fuera ponerles alfombra roja para que entraran en la democracia por la puerta grande. Felizmente se les puso fuera de circulación (el Estado y la democracia le debe mucho al juez Baltasar Garzón) y la historia cambió. Ha bastado que en el Parlamento catalán aparezca un presidente con discurso melifluo para que todos celebren un supuesto cambio de tono que ven- ga a llenar la esperanza de los políticamente correctos. Un tal Torrent, de trayectoria perfectamente descriptible, elabora un discurso pretendidamente moderado, algo más realista, y se sueltan las campanas creyendo que estamos ante un nuevo pulso que anuncia tiempos de entendimiento y pragmatismo. Minutos antes de que este alcalde que multó a un individuo por colocar la bandera de España en la fachada del Ayuntamiento de su pueblo, habló el Maragall de más edad con un escalofriante discurso: Esta país será siempre nuestro Ningún bienintencionado traductor de discursiva política ha querido detenerse en esa frase, cuando es toda una declaración de intenciones: podréis tener más votos, podréis ser de aquí o de allá, podréis sentiros una cosa o la contraria, pero la finca y el negocio son nuestros, de los nacionalistas, de los independentistas, de los que somos dueños de la finca, de los que administramos la pertenencia o no a la nómina de catalanes de verdad. Perded toda esperanza de consideraros como nosotros. Seréis, como dijo el facineroso Arzallus a quien la historia tenga en su inodoro, como alemanes en Mallorca. El exabrupto de Maragall ha quedado tamizado por las afirmaciones estratégicamente camufladas de Torrent, que no quiere meterse en líos de momento y que juega a regalar caramelos a los buenistas profesionales que conforman el parque móvil de la opinión pública políticamente correcta. La misma Nuria de Gispert, carne de la peor gentuza política que jamás haya poblado el territorio catalán, la que advirtió a Inés Arrimadas que debía volverse a Cádiz (siendo ella de Jerez, lo cual es una diferencia notable para gaditanos y jerezanos) ha dicho claramente que la vencedora de las elecciones fue reina por una noche y nada más, debiendo orillar cualquier esperanza, ya que los independentistas jamás se van a arriesgar a perder poder y a perder negocio. El que ideó Pujol. ¿Nadie va a poner reparos a ello? El constitucionalismo español lleva años creyéndose que el independentismo catalán es conllevable. Y unas veces porque los precisan para gobernar y otras porque creen que quedan bien en la foto haciéndose el demócrata exquisito, se entregan espacios de ventaja estratégica de la manera más estúpida. Este país será siempre nuestro graben a fuego esta frase en su memoria. Es toda una proclama de intenciones. IGNACIO CAMACHO QUINIELAS Confiar en un ataque de sensatez soberanista es un rasgo de generosidad intelectual susceptible de acabar en melancolía HORA sí toca esperar. Toda la pasividad que el Gobierno ha desplegado en el conflicto de Cataluña cobra, quizá por primera vez, sentido en la expectativa de la investidura de un nuevo presidente. En otras razones por la fundamental de que ni el Gabinete ni los partidos constitucionalistas poseen la iniciativa en un procedimiento que el soberanismo debe resolver salvando sus propias contradicciones entre la legitimidad presunta y la ley cierta. En esta ocasión, y no en otras en que pudieron tomarse decisiones políticas que no se adoptaron, el Estado sólo tiene a su alcance una estrategia: aguardar a que el Parlamento autonómico mueva ficha y dejar que la Justicia resuelva, evitando especulaciones fantasiosas que en medio del desvarío separatista tendrían el mismo valor, o menos, que apostar en una quiniela. Esos tipos están tan enajenados que pueden hacer cualquier cosa, desde tratar de investir a Puigdemont por whatsapp hasta tirarlo ellos mismos al basurero de la Historia. Hipótesis esta última ante la que tampoco conviene alborozarse porque si algo tienen demostrado es su capacidad para tumbar cualquier expectativa ilusoria. Confiar en que sufran un ataque de sensatez sobrevenida es un rasgo de generosidad intelectual susceptible de acabar en contrariedad melancólica. Conviene, pues, estar en alerta ante cualquier posibilidad, incluida la de que el fugado intente presentarse en la Cámara clandestinamente para aparecer, deus ex machina, a ultimísima hora. Por extravagante que parezca, ese plan ha sido considerado, lo que demuestra el grado de chaladura al que ha llegado esta bufonada estrambótica. Ante semejante estado de trastorno, la única opción posible es la de esperar y ver, con todos los resortes judiciales y policiales, en su caso engrasados para reaccionar ante un eventual desafío. En esta oportunidad el Estado dispone de una ventaja llamada artículo 155, que no le sirve ante el Parlamento pero le otorga el control del poder ejecutivo; otro gallo hubiese cantado el 1 de octubre de haberse utilizado a tiempo esa herramienta con coraje político. Sin embargo, y precisamente porque ahora es el que manda en Cataluña, el Gobierno carece de margen de error: no puede permitirse otro ridículo. Ni siquiera una humillación simbólica, que es lo que va a intentar, como mal menor, el independentismo. Los precedentes no son optimistas porque también ante el falso referéndum parecía estar todo previsto. Cualquier análisis racional conduce a la conclusión de que, tras un sainete más o menos foclórico para salvarse a sí mismos la cara, los nacionalistas acabarán aceptando la legalidad y optarán por un desenlace sensato. Pero en este conflicto hace tiempo que se evaporó la razón en medio de un clima trastornado. Ante el riesgo verosímil de que la lógica no vuelva, les va a tocar a los tribunales tumbar las apuestas de los chiflados. A JM NIETO Fe de ratas