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ABC MARTES, 16 DE ENERO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 13 MONTECASSINO UNA RAYA EN EL AGUA HERMANN DE VÍCTIMAS, HÉROES Y EL HONOR El Rey y las víctimas son el referente ideal para el rearme moral de la nación L Rey de España fue premiado ayer por las víctimas del terrorismo en una ceremonia en el Museo Reina Sofía de Madrid. Lo fue con razón porque siempre, antes y después de asumir el trono, ha mostrado una inmensa empatía y permanente cercanía con todos los compatriotas que han visto sus vidas quebradas por atentados. Siempre fue así. Como ejemplo de ese compromiso solo hay que recordar su presencia este verano en las calles de Barcelona para honrar a las víctimas del atentado de las Ramblas pese al hostigamiento de la canalla separatista organizada. Los muertos demandan recuerdo, respeto y presencia y los vivos merecen apoyo, afecto y reconocimiento. Porque son, como dijo ayer Felipe VII, el ejemplo y la memoria viva del mayor sacrificio que nuestra sociedad ha hecho por defender la libertad, la democracia, la convivencia y nuestro Estado de Derecho Los Reyes demostraron ayer que saben muy bien lo que significan para España nuestros caídos ante el enemigo y sus familias. Mucho mejor que tantos políticos que los tratan como víctimas de accidentes a los que ignoran o utilizan según momento y conveniencia. Como ejemplo y memoria viva del sacrificio las víctimas del terrorismo son el exponente capital de la dignidad nacional. El culto a los héroes caídos da la medida de la dignidad de las grandes naciones. La presencia en la conciencia de la sociedad E de estas vidas y muertes de nuestros héroes es el reflejo del respeto que nos tenemos como nación. De nuestro honor. Y del músculo moral para frotar presente y futuro. Es la autoestima imprescindible para una comunidad humana libre con vocación de crecer, prosperar, superar adversidades y tener la fuerza para defender a los débiles. Si a libertad, democracia, convivencia y Estado añadimos historia, legado y memoria, lo que tenemos es la Patria. Es palabra para muchos hoy tan hueca como la de honor. Ambas merecen volver con fuerza al vocabulario porque nada hay más actual y más necesario que la voluntad de entrega, la capacidad de sacrificio y la disposición a la defensa del bien común. En el ejercicio de estas tres virtudes cayeron muchas de las víctimas que ayer honró el Rey al recoger este premio. Cayeron cobardemente asesinadas y muchos recibieron un funeral semiclandestino. No fue la honra del caído sino la dignidad del Estado y de la sociedad española la maltratada. Más allá de la miserable complicidad de quienes arropaban y arropan a los asesinos, hubo mucha vergonzosa indiferencia. Y desidia. La Fundación Villacisneros reactiva ahora, con fondos privados y sin ayudas, casos de asesinatos aun impunes ¡hay 314! Encuentra lamentables sumarios de atentados de hace tres y cuatro lustros aun impunes que son polvorientas carpetas con apenas unos folios y unas tristes fotos, sin investigación ninguna, que revelan desidia, indolencia y lo peor, olvido. Asociaciones de víctimas y otros intentan luchar contra desinterés y desmemoria. La precaria sociedad civil que es un obstáculo para cualquier causa noble. Pero el estado de cosas no debería generar abatimiento. Hemos estado mucho peor. En 2017 ha despertado en la sociedad española un clamor en una exigencia de respeto mucho tiempo dormida. Que se expresa con la bandera nacional y la imparable demanda del fin a las afrentas a la nación, a su lengua y su integridad territorial. Buena señal es la alarma de los que viven de la debilidad y los complejos de la nación, entre separatistas como hispanófobos en el corazón de España. Insisten en las vías del fracaso centrífugo y la desunión. Pero todo indica que la nación española despierta. Los Reyes y las víctimas son los referentes perfectos para el rearme moral en esta senda de unión, autodefensa, superación y honor. IGNACIO CAMACHO SUS LADRONES La corrupción del nacionalismo rebota en la moral de sus partidarios, blindados en un búnker de victimismo y agravio N todo lo que se refiere al conflicto catalán, llevar razón está sobrevalorado. Desde que el procés entró en su fase de clímax, las evidencias o los hechos objetivos carecen de importancia en un estado de ánimo social dominado por la emocionalidad primaria, la mitología barata o el pensamiento mágico. Contra la oleada de sectarismo iluminado no han funcionado argumentos, ni demostraciones, ni pruebas, ni ha habido modo de que lógica alguna se haya podido imponer a la enajenación colectiva del sentimentalismo barato. Incluso la corrupción del nacionalismo ha rebotado sin apenas efecto en la moral de sus partidarios, blindados en un búnker coriáceo de victimismo y agravio. Si no les ha hecho efecto la fuga de empresas, ni el declive turístico, ni la subida del paro, poca mella les va a causar en su determinación fundamentalista una condena como la del caso Palau Ni siquiera los manejos palmarios del clan Pujol incidieron en la cohesión de un delirio que se ha revelado invulnerable al escándalo. Lo único que ha conseguido el afloramiento de las mordidas del tres por ciento, que al final era al menos un cuatro, ha sido acelerar el desgaste del antiguo nacionalismo moderado. El partido alfa del autogobierno catalán se ha ido deshaciendo entre su propia deriva separatista y la brusca apertura judicial de sus armarios. El tráfico de comisiones era un secreto a voces que la burguesía fingía ignorar con desdén pragmático. Desde la época pujolista, Convergencia cimentó su hegemonía en una suerte de silencioso pacto que proporcionaba cierta estable prosperidad a las élites y a cambio les cobraba un porcentaje de los contratos. Como todo el mundo lo sabía, la revelación oficial de la trama ha tenido poco impacto; a cierto nivel de responsabilidad política o civil, la clase dirigente se dividía entre los que pagaban y los que ponían la mano. Lo que sucede ahora es que el magma convergente se ha disuelto. Ya en la revuelta de octubre quedó demostrado que su menguante poder se desplazaba hacia los radicales y los activistas callejeros. La burguesía se ha quedado sin interlocutores institucionales; el PDCat tiene un liderazgo difuso, con Mas retirado y Puigdemont en fuga, y Junqueras no puede heredar su representación porque está preso. Pero ese vacío en la cúpula no frena ya el desvarío independentista porque dos millones de ciudadanos se han tragado sin objeciones la milonga del destino manifiesto. También eso se equivocó el Gobierno, incapaz de prever que en una comunidad razonablemente instruida prendiera tan llamativa falta de discernimiento. Por eso la sentencia del Palau no va a remover en el soberanismo ningún cimiento. Robaban, sí, pero eran sus ladrones y todo quedaba dentro. Sólo los (demás) españoles, siempre tan avinagrados y tiesos, se escandalizan de haber descubierto ahora lo que en Cataluña eran veteranas reglas de juego. E JM NIETO Fe de ratas