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ABC DOMINGO, 7 DE ENERO DE 2018 abc. es cultura CULTURA 57 de lo común, en el lado más oscuro del ser humano. La crónica negra española está escrita con nombres propios de hombres y mujeres convertidos en crueles monstruos que alimentaron sus vidas con la muerte de sus víctimas POR MARI PAU DOMÍNGUEZ le empezó a contar una historia absurda a la que ella no atendía porque ya caminaba a paso rápido hacia el baño siguiendo el reguero de sangre y sin imaginar que era de su Emilio. Al verlo lanzó un grito de pánico y huyó al dormitorio, agarrándose el abdomen como si quisiera proteger del mal al ser que gestaba. Aunque de nada sirvió. Jarabo, con una frialdad que asustaba, le descerrajó un tiro en la nuca. Pasó la noche en el piso. A la mañana siguiente se cambió de ropa, vistiéndose con un traje del muerto, y se marchó con el suyo metido en un maletín. Como era domingo, esperó a las ocho de la mañana del lunes para ir a la tienda con la llave encontrada en el piso de Emilio. El socio llegó puntual y se desencadenó una tragedia similar a la del sábado. Ante su negativa a entregarle lo que había empeñado, y tras una fuerte pelea en la trastienda, dos tiros acabaron con Félix. Dejó tirada su ropa ensangrentada y volvió a coger otro traje para abandonar la tienda estrenando su nueva vida de asesino camino de la tintorería. Crónicas de Cañabate Respondiendo al interés que suscitaba en la opinión pública el caso de Jarabo, en ABC queda la constancia de innumerables páginas, hasta seis en una misma edición, en las que se reproducían íntegramente los interrogatorios durante la vista oral. Con la precisión de un bisturí, Antonio DíazCañabate describió todos los detalles en su Crónica escrita junto al banquillo ñantes y se apeó con un aire chulesco y un tanto épico que recordaba al protagonista de un folletín. Jarabo no opuso resistencia al ser detenido. Se giró a las jóvenes que lo observaban atónitas desde el interior del taxi y les guiñó un ojo cómplice que, en realidad, era ya la mirada de un perdedor. ¿Acaso pensó que el sobrino del presidente del Tribunal Supremo jamás iba a ser cazado? No renunciar al lujo Trasladado a la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, decidió que otro tipo de juerga debía continuar y, como condición para confesar, pidió para todos una botella del mejor coñac francés y comida nada menos que de Lhardy, uno de los más lujosos y elegantes salones de Madrid, al que solía acudir con frecuencia, siempre invitado por la acompañante femenina de turno. Y morfina, la necesitaba, era adicto y además no había dormido en toda la noche. Al disponerse a ser pinchado, Jarabo detectó una mancha en el traje que debió de haberse causado durante el trasiego de la detención. Frunció el ceño y se pasó la mano varias veces sacudiéndola. Porque no importaba que se le atribuyera la mancha de cuatro crímenes; lo que un caballero como él no podía permitirse era una mancha en su atuendo, porque nunca, jamás, hay que perder la elegancia... ni en la vida ni en el patíbulo. Pero esto último qué más daba... el garrote vil sería para Jarabo la última ordinariez de la vida. Y la vida sigue Demasiados sucesos para poco más de un día y medio, que le pasaron por delante a la velocidad del vértigo que no sentía. Al caer la noche salió de la pensión hecho un pincel. Traje oscuro impecablemente planchado, pañuelo asomando en pico en el bolsillo alto de la chaqueta y zapatos brillantes como la nieve de enero. Recorrió varios de sus locales favoritos, en los que hombres y mujeres de la alta sociedad madrileña no reparaban en gastos a la hora de abonar sus pequeños vicios, para acabar recalando en uno de los sitios de moda: Chicote. En el bar de la Gran Vía la juerga solía prolongarse hasta la madrugada. Aquella noche bebió champán como si la vida se le fuera a acabar. Arrimaba sus labios insinuantes al borde de la copa Pompadour dedicándole cada nuevo sorbo a las dos esplendorosas mujeres cuya atención consiguió captar para que lo acompañaran en la mesa. Una rubia y otra morena, pero ambas con unos cuerpos en los que la lujuria se desharía pulverizada. Se agarró a sus caderas a la salida medio borracho del local y cuando quiso hundir la nariz en el abismo del escote de la morena, la rubia le susurró al oído: mejor en un lugar más discreto, ¿no te parece? y remató con un mordisco en la oreja, breve e intenso como un parpadeo eléctrico. Su deseada Beryl y los cadáveres ensangrentados de sus cuatro víctimas fueron cayendo en el olvido difuminados en la nebulosa del alcohol y el desenfreno. Dieron tumbos por hoteles y pensiones en busca de una habitación donde culminar el sexo furtivo a tres, pero no lo consiguieron, así que continuaron su recorrido en taxi por los locales que aún permanecían abiertos. Hasta que con el frío sol matinal tomaron café y a media mañana acompañaron a Jarabo a la tintorería a recoger el traje y el maletín. Al llegar al establecimiento, en la calle Orense, advirtieron la presencia de varios coches de policía. En lugar de huir besó en la boca a sus dos acompa-