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ABC DOMINGO, 7 DE ENERO DE 2018 abc. es cultura CULTURA 53 Albi se sorprende del interés actual en la historia, del que ha sido precursor ALBERTO FANEGO -Los autores lúcidos de la escuela anglosajona, como Geoffrey Parker, sí reconocen esta revolución cada vez más. En la historiografía europea la omisión de los Tercios en detrimento del modelo sueco o el holandés parece que ya se está revirtiendo. No obstante, la mayor parte de la culpa la tenemos los españoles. Porque no hemos investigado y publicado suficiente. Con los tercios se produjo una democratización de la guerra. Hasta la Edad Me- dia se había dado protagonista al caballero noble, que era por definición un aristócrata con grandes recursos económicos. A partir de la irrupción de los arcabuces se abre las puertas a que un campesino de Zamora arma- do con un arcabuz, que no costaba gran cosa, pudiera matar a un noble a caballo con 16 títulos en su escudo. De repente, los caballeros nobles no solo eran muy caros, sino muy inútiles. -El libro va de Pavía a Rocroi, el origen y el ocaso, pero usted reseña que Rocroi (1643) no fue Waterloo- -Sí, Rocroi no fue el final de los Tercios en absoluto. Escogí los nombres porque me parecieron dos balizas muy claras, pero obviamente los Tercios ni surgieron de la nada en Pavía ni desaparecieron en Rocroi. Fueron unidades muy a tener en cuenta hasta que Felipe V, por inspiración francesa, decidió acabar con los Tercios y convertirlos en regimientos según el modelo galo. No en vano, el pasado glorioso que arrastraban no desapareció de la noche a la mañana. ¿Qué quedó del espíritu de los Tercios en la infantería española? -Hay una serie de características de la infantería española que se han repetido a lo largo de la historia, como la negativa a aceptar la derrota más allá de lo razonable. Son obstinados y, por tanto, son gente que no es fácil de vencer. Además hemos sido famosos por y esto tal vez sorprenda a los españoles por nuestra disciplina. Los observadores extranjeros de la Guerra de África de 1860 elogiando asombrados cómo los españoles en unas condiciones atroces lo soportaron todo y no tenían necesidad de emborracharse como las tropas británicas. En este sentido también les llamaba la atención su alegría. Cada vez que terminaban una marcha se quitaban la mochila y se ponían a cantar y bailar. -Justo recuerda en el libro que los Tercios eran muy disciplinados incluso en los motines. -A veces tenemos unos clichés de nosotros mismos que no responden a la realidad. Los Tercios tenían una disciplina tan ferrea que se mantenía incluso en los motines. Los amotinados expulsaban a los oficiales educadamente, retiraban las banderas y se dotaban de una organización autonoma mientras duraba la negociación. Felipe III se tomó tan en serio como para escribir a Spínola a principios del siglo XVII espantado al enterarse que un tercio de italianos se había adelantado en un combate. Como consecuencia, el maestre de campo fue arrestado y se le abrió un expediente, del que salió absuelto porque pudo demostrar que la situación táctica había exigido improvisar. gran esplendor y cuidar al detalle su imagen. A falta de uniformes, lo más usual era llevar bordada la cruz de San Andrés en alguna parte de la ropa o el sombrero para distinguirse. El vicio de los juegos Los mejor vestidos Algunos tercios recibían apodos tan profanos como el de los Galanes o los Almidonados porque emplearon en galas el dinero de tantos estipendios con celestes dorados y espadas, cintillos de ricas piedras, tahalíes y penachos. Los españoles tenían fama de vestir con Cuadro El milagro de Empel de Augusto Ferrer- Dalmau (2015) Cuando no estaban combatiendo, los soldados se entretenían sobre todo en los juegos de cartas. Incapaces de restringir el juego, los mandos se contentaron al menos con prohibir que se apostara con personas que no fueran soldados y, además, ordenaron que se practicara solo en los cuerpos de guardia, de modo que los oficiales pudieran vigilar que sus hombres no se excedieran en este abominable y diabólico vicio