Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO, 31 DE DICIEMBRE DE 2017 abc. es cultura CULTURA 65 de lo común, en el lado más oscuro del ser humano. La crónica negra española está escrita con nombres propios de hombres y mujeres convertidos en crueles monstruos que alimentaron sus vidas con la muerte de sus víctimas POR MARI PAU DOMÍNGUEZ todo pasaba a ser sólo de ellos, el dinero y también la eterna desgracia de aquella noche que cambió sus vidas para siempre. Y en el ambiente flotaba un vago aire de sospecha que los acabó rozando a todos. Aunque a los pocos meses se apuntó a uno de ellos... La debilidad de Rafi Rafael Escobedo confesó haber asesinado a sus suegros al considerarlos culpables de que su matrimonio fracasara. De hecho, el marqués se había opuesto al casamiento con su hija, decían las malas lenguas que porque se veía reflejado en él cuando inició su ascenso social al unirse a una Urquijo. Antes de casarse con la marquesa, Manuel de la Sierra no pasaba de ser un funcionario de la embajada de Estados Unidos. Al parecer, tras los asesinatos Escobedo le dio la pistola a su amigo Javier Anastasio para que la hiciera desaparecer arrojándola al pantano de San Juan. Nunca se encontró. Rafi, como si lo hubiera asistido una revelación, cambió su testimonio para defender su rotunda inocencia. Pero la justicia no le creyó. Cada mañana en la cárcel era para él un nuevo amanecer entre tabaco y derrota. Las circunstancias y las malditas drogas acentuaron su debilidad. Un día le echó a un compañero de prisión una mirada vacía, descolgada ya de la vida. Siguió proclamando su inocencia, hasta que la fuerza se le quebró del todo y apareció ahorcado en su celda. Ese podía haber sido el final. Sin embargo, la autopsia reveló que había sido envenenado, iniciándose así el cierre en falso del doble crimen que sigue fijado a golpe de pistola y de historia en nuestra memoria colectiva. Familiares de los marqueses, ante los féretros con sus restos mortales EFE Los marqueses de Urquijo, don Manuel de la Sierra y Torres y doña María Lourdes Urquijo y Morenés, apadrinados por los condes de Barcelona en su boda en 1954, yacían en sendos charcos de sangre a escasos metros el uno del otro. Nadie oyó nada. Como si no existieran. Boli, el caniche, seguía sin ladrar. La cocinera, que dormía en la planta de abajo, ni se inmutó. Al alba, el sol fue abriéndose paso llenando de claridad el chalet de los Urquijo, lo que dejó al descubierto los restos de la sanguinaria noche. La mañana que todo lo cambia Diego Martínez, administrador del patrimonio familiar desde hacía más de treinta años, llegó como todas las mañanas para incorporarse a su trabajo sin tener ni idea de lo que había pasado. Al menos eso dijo, por lo que llamó la atención que se presentara de luto riguroso y más siendo agosto. Sin dar explicaciones, a pesar de que se sentía amenazadoramente observa- Recreación literaria Este relato es una mera recreación literaria de los hechos. Porque lo que en verdad rodeó los crímenes de los marqueses de Urquijo tal vez jamás lo sepamos. Siguen manteniéndose vivos tantos enigmas, tantos cabos sueltos, que cabe pensar que la verdad se la llevaran consigo las muertes de los propios marqueses, de Rafi Escobedo y de Mauricio López- Roberts, marqués de Torremocha, arruinado y alcohólico, condenado a diez años por encubridor. El último implicado, Javier Anastasio, considerado cooperador necesario, se fugó a Brasil tras cumplir tres años de prisión preventiva. do, reunió al personal de servicio que se había ido sumando al escenario de la desdicha. Les dio una orden un tanto extraña: que lavaran los cadáveres con agua hirviendo antes de que llegara la Policía. Después él destruyó buena parte de los documentos que se guardaban en la caja fuerte de los marqueses, mientras seguía llegando gente. ¿Qué haces tú aquí, Rafi? A Miriam no le gustó la visita de su marido. Para entonces mantenía una relación sentimental con un norteamericano, Richard Denis, al que había conocido en el verano de 1977. Pero Rafi no había ido a verla a ella sino a su hermano Juan, con quien mantenía una estrecha amistad desde los tiempos de la facultad de Derecho en la que ambos estudiaron. Juan residía en Londres, por eso tardó horas en llegar a la casa familiar y encontrarse de frente con la tragedia y sus diferentes protagonistas. Él también lo era. Tan víctima como su hermana. El asesinato de sus progenitores los había dejado huérfanos, aunque a decir verdad huérfanos de una madre que sufría en soledad y de un padre tacaño que los humillaba y les negaba el dinero hasta para lo más básico. A Miriam y a Juan los llamaban en su círculo de amigos los pobres Pero ya se acabó. Ahora